Selena Silver lo tiene claro
Cruel.com me confirma que el porno ya no es lo que era. Ustedes, como cool freaks que seguro que son, prefieren los peludos ochenta o los broncos setenta como motivo de fantasías audiovisuales masturbatorias. Yo, a excepción de las tetas torpedo de Traci, soy mucho más de los noventa: estética de Playboy TV, rubias de pote con aspecto de muñeca hinchable y, en el lado curiosamente opuesto, la obsesión casi (o sin el casi) enfermiza por la estética teen y sus derivados. Pero en una cosa estoy de acuerdo con ustedes: la pasión y la entrega de producciones e intérpretes de hace quince años para atrás, supongo que propia de una industria que está en bragas (o recién quitándoselas, ya me entienden), parece haberse difuminado, y ni siquiera la fiebre amateurística que inunda Internet parece poder hacerle sombra.
La prueba definitiva está en esta penca llamada Selena Silver, cuya ansia de profesionalización (es casi un sindicato del porno ella sola y su invisible marido, aunque no me cuesta imaginarlo como un clon –más- californiano de Ron Jeremy) daría miedo si no diera tanta risa. De medio perfil se parece a la Tamara de los boleros de mierda, y en el resto se parece a alguna mujer que he intuído por esas noches perdidas de las manos de Dios. Observen que no deja nada al azar: especifica géneros, posturas, medidas, mediciones, curriculum, aspiraciones, transpiraciones, exigencias y ofertas. Hasta un nivel absolutamente absurdo para ser una profesional sin apenas carrera. Garantiza, eso sí, tomas inolvidables (bajo la estricta mirada de su marido / manager), una pureza de riego sanguíneo digna de mejor causa, y unas tarifas de contratación más que asequibles. Leer su página del tirón es como leer un ensayo de treinta páginas sobre por qué la gallina cruzó la carretera.













