“La Espada del Inmortal”, a tajos con la tradición
Mi intención era no hacer comentarios de tebeos en el blog focomelo. Primero, porque no quiero aburrirles con pajerismos. Segundo, porque Beleg lo hace mucho mejor en su Comics Asylum del amor. Pero ayer me divertí tanto leyendo el primer volumen de La Espada del Inmortal, que quería recomendarla a tutiplén.
Independientemente de la narración prácticamente sin palabras, que me confunde y me excita a partes iguales, me ha entusiasmado esa manera de pasarse por el puente de waterloo los códigos de honor de los samurais, que su autor Siroaku Samura ridiculiza sin piedad, en una defensa del todo vale marcial y el combate rastrero y efectivo que me ha enternecido por su brutalidad. Es el antídoto perfecto para El Último Samurai y su bushido de tres al cuarto. También me ha entusiasmado un aspecto del protagonista que se acentúa según va avanzando la historia, y que espero que se desarrolle (incluso que se caricaturice) en sucesivos volúmenes: Manji, el protagonista, es un espadachín de habilidad casi sobrehumana, pero inmortal. Lo cual le preocupa porque, lógicamente, al no poder morir, su habilidad con la katana se está resintiendo, ya que le resulta imposible perder los combates y no se esfuerza tanto en las escaramuzas en las que se ve envuelto con pasmosa facilidad. Este detalle (importante) hace que muchos de los combates los termine mutilado, desangrándose como un cerdo… y ensartando a su enemigo por la espalda, que ya lo daba muerto desde hacía un rato. Para cualquier fan de Kurosawa y del castrador comportamiento del Japón feudal más honorable (que los hay, y lo primero no me extraña, pero lo segundo…), un modo de zanjar así las peleas entre samurais tiene que resultarle poco menos que sacrílego. A mí, por eso mismo, la lectura de La Espada del Inmortal me ha resultado francamente revitalizadora. Espero que se mantenga el nivel.
Miren, igual les vuelvo a hablar de tebeos. Dentro de un orden.













