El sexo es cero

Al fin saqué un rato para ver Sex is Zero, la versión coreana de American Pie que Lindyhomer me llevaba recomendando a grandes voces desde hacía meses. Y como se veía venir, es una maravilla. Me ha retrotraído de una colleja a los tiempos de Desmadre a la americana y Porky’s, los tiempos en los que las comedias adolescentes eran como la propia adolescencia: pajilleras, impulsivas, vergonzantes, enternecedoras, patéticas, imprevisibles, neuróticas y desconcertantes. Y de paso, rubrica la máxima que John Hughes clavó en nuestras psiques a golpe de Molly Ringwald, y de la que la serie American Pie ha acabado huyendo con el rabo entre las piernas: el único amor verdadero es el adolescente.

Sex is Zero cuenta las pajeras tribulaciones de Eun Sik, un tío de 28 años que acaba de empezar la universidad por cuestiones en las que no se entra demasiado. Forma parte de un equipo de resistencia marcial, de los que rompen tablones con la cabeza (grandes momentos de jackassismo los que proporciona esta afición), y se enamora perdidamente, cómo no, del bombón del campus. Y ya está. A pesar de un interludio dramático en el último cuarto de película que no hace sino reforzar el mensaje profundamente inmaduro del conjunto, la película no es más que una serie de gags -más o menos conectados entre sí por una serie de personajes entrañables- sobre la masturbación, los intentos (frustrados casi siempre) de fornicación adolescente, las tetas, la soledad y el teenage angst. No hay más que un acercamiento extraordinariamente radical y con generosas dosis de slapstick a la vida cotidiana del universitario feúcho y solitario, y una avalancha de chistes tan necios como descacharrantes sobre las diferencias fisonómicas entre los dos sexos, las inflamaciones traumáticas, y todos los chascarrillos que puedan imaginar acerca de La Paja y sus implicaciones. De hecho, creo que nunca había visto tal cantidad de tíos fingiendo un desahogo en una película comercial como aquí. Y todo esto, regado con abundantes dosis de carne de ambos sexos. Nada de planos generales o de frustrantes elipsis. Sex is Zero nos pone en la piel del adolescente haciéndonos comprender los porqués (y menudos porqués) del desbarajuste hormonal propio de esa edad.

Lo que hace grande, sin embargo, a Sex Is Zero, son las suaves pero innegables dosis de amargura que puntúan su argumento. Principalmente, causadas por la edad del protagonista –toda una fuente de continuas roturas-, cuya presencia entre un hatajo de jóvenes diez años menores que él es desconcertante para el espectador. Ignoro si se trata de un guiño metafílmico a todas esos falsos adolescentes de treinta y pico años que llevamos viendo en el teen cinema de todos los tiempos. La película también tiene ese tono apagado y ese ritmo tristón, propio de los orgasmos masturbatorios, que caracteriza a puntales del género como Porky’s, Un perdedor con suerte, No puedo esperar, Los feos también mojan o los clásicos de John Hughes.

Despelote, risotadas agridulces y mucha tontería. Con las cosas que me van ustedes a ver al cine, considero Sex Is Zero no ya recomendable, sino directamente necesaria.

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