La Afirmación, o perdiendo la única que queda
Acabé, con cierta sorpresa por mi parte, La Afirmación, una pequeña novela de Christopher Priest (también autor de la mucho más conocida El Prestigio, a la que le tengo bastantes ganas por su filiación a una temática que me apasiona, el de los magos-espectáculo) que me temía se me iba a hacer complicado -llevo una temporada en la que, literariamente, estoy para pocas hostias) por su abierta filiación borgesiana. Al fin y al cabo, lo pone en la contraportada… ¿se puede ser más obvio? Y no. La Afirmación se lee en un suspiro, y sí, es un libro muy borgesiano. Pero es un Borges pulp, desintelectualizado, pajero.
La historia arranca con las reflexiones en primera persona de Peter Sinclair, un joven con una vida desastrosa que decide empezar a escribir su autobiografía. Cuando descubre que su memoria no es especialmente fiel a los hechos, decide añadir elementos de ficción a su creación, y cambiar los nombres a los lugares y personajes. Pronto, crea un Peter Sinclair alternativo, del que a los pocos capítulos comenzamos a saber con más detalle: este alter-Peter ha ganado una lotería gubernamental que le permite recibir un tratamiento médico que le dotaría de vida eterna, pero a cambio de perder todo tipo de recuerdos. Por eso, se le sugiere escribir lo que recuerde sobre sí mismo, para que pueda recuperar su memoria cuando acabe la operación. Ya pueden imaginar por dónde va el embrollo: realidades que se entremezclan, varios petersinclairs simultáneos que se retroalimentan, y sobre todo, olvido. Un olvido continuo, a chorro neuronal
La Afirmación habla de la necesidad de olvidar, y de la conveniencia de la memoria selectiva, de recordar lo que nos construye como personas para evitar la autodestrucción inherente al exceso de datos. ¿Parece abstracto? Bueno, La Afirmación tiene un tramo final muy, muy abstracto: los personajes sólo hablan con símbolos, y casi manejando sólo Conceptos Importantes pero, ¿saben?… En ningún momento resulta aburrido. Quizás sea la necesidad de tener relaciones destructivas, quizás sea la necesidad de Peter de crear para ir creándose a sí mismo, quizás sea la vividez con la que Priest la sensación de que estamos todos sólo a escasos centímetros de perder definitivamente el contacto con la realidad, pero he visto mucho de mí mismo tanto en Peter Sinclair como en Peter Sinclair. No es algo que pueda decir de todas las novelas que me echo al rostro.













