Pero hostias, hostias
Llegué tarde en Sitges para ver Ong-Bak: estaba deseando hacerlo por lo que había leido sobre ella, y llegué a Barcelona justo el día siguiente del último pase. Cuendo le pregunté a José Luis Rebordinos, jurado de Orient Express (sección en la que Ong-Bak triunfó silenciosa pero merecidamente) que qué tal, me dijo “Muchas hostias”. Y apostrofó “Pero hostias, hostias”. Y es verdad. Lo de Ong-Bak no son hostias normales. Son lo que se conoce popularmente como hostiazos.
La relación que tengo con el cine oriental hace que mi interior funcione por ondas, como esa sustancia en la que están ustedes pensando. Todo está en calma, y de repente, aparece algo, una película, un actor, una secuencia, una pista que lo desbarata todo, y me convierte en un consumidor enloquecido de una esquina concreta y parcial del cine de Oriente. Tras el empacho (que siempre hay empacho), vuelvo a calmarme. Hasta que alguien lanza otra piedra. Me ha pasado sucesivamente con cada uno de mis descubrimientos o redescubrimientos. Primero (¿hace ya cuánto? ¿seis o siete años?) John Woo, luego Jackie Chan, luego el cine de acción de Hong Kong de los ochenta (es la única impresión que aún no he superado… siguen siendo las mejores películas de la historia), luego las coreografías cableadas de los noventa, luego el terror japonés, luego el retomar el cine clásico de la Shaw Brothers de los sesenta y setenta, luego las comedias coreanas… Con Ong-Bak he sentido unos cosquilleos de placer que no experimentaba desde que asistí estupefacto a las primeras películas de Corey Yuen, a los clásicos hongkoneses de Cynthia Rothrock y Michelle Khan, a los stunts demenciales de la serie Ultraforce. Ong-Bak vuelve a los ochenta, a Police Story, a todas esas películas que me han modificado el sistema nervioso de tal manera que sea incapaz de ver una película de Arma Letal sin quedarme sopa.
Ong-Bak recupera el carácter honesto de la caligrafía visual de aquellas películas. Ni cables, ni retoques por ordenador, ni exceso de coregrafía, sólo hostias y stunts de una plástica absurdamente agresiva. Sin diálogos, sin preámbulos, sólo gestos cripados, sentimientos básicos y dolor. Gran parte de él intuyo que real. El protagonista, un campesino que va hasta la Gran Ciudad para recuperar la cabeza de una estatua robada que su pueblo necesita, es experto en kickboxing tailandés, o Muay Thai, y renueva las coreografías marciales a base, atención, de codazos y rodillazos. Saltos kilométricos, acrobacias agresivas, secuencias rodadas desde dos o tres ángulos, un glorioso abuso de cámara lenta… y la mejor escena de persecución a pie que han visto estos ojos. No estoy exagerando: ¿se acuerdan de aquella kilométrica persecución a pata en Le Llaman Bodhi, con Keanu Reeves corre que te corre entrando y saliendo de casas, saltando vallas, esquivando coches, cayendo desde alturas absurdas, partiéndose tobillos? Pues mucho mejor. De verdad, nunca se había rodado una persecución así. El protagonista, stuntman metido a actor, Phanom Yeerum tiene una fotogenia primitiva, basada sólo en lo estólido de su jeta. Pero a fin de cuentas… ¿ustedes saben lo complicado que es emocionarse hasta el punto de vitorear, yo sólo, a la pantalla del ordenador, a estas alturas, con una película que roba parte del argumento de Kickboxer (sí, la de Van Damme… y Tarantino cree que es cool..)?
Tócame los huevos, Ang Lee de mierda.













