Está vivo
Les supongo enterados de la noticia. En una intervención realizada en el Centro de Rehabilitación de Levante, en Valencia, un paciente ha logrado salvar su brazo después de tenerlo amputado y conectado a la pierna. Nueve días después, el brazo fue restituído a su lugar original. Se anuncia la cosa como todo un avance en materia de cirujía, cuestión acerca de la que no tengo la menor duda.
El caso es que viendo las fotos no he podido evitar pensar en Brian Yuzna, uno de mis directores de cine de terror predilectos, genuíno cerebro tras la serie de Re-Animator y clon de Ned Flanders. A pesar de sus abundantes chufas, como las tiene cualquier autor de serie B (aquella cosa absurda de Progeny, o la secuela de El Dentista), Yuzna tiene una sensibilidad muy especial y un discurso sobre las irregularidades del organismo humano que le convierten a veces en un reverso tuno de David Cronenberg. En Society diserta sobre los límites morales del cuerpo creando algunos de los monstruos más infernales de los noventa, un empacho de látex moldeado con la zona chunga del cerebro, esa que nadie más usa. En Mortal Zombie daba luz a una de las historias de amor más morbosa y delirantemente románticas de todos los tiempos, usando el cuerpo y su fugacidad como límite para los sentimientos. Pero a quien me ha recordado este pobre hombre es a las dos últimas entregas de la serie de Re-Animator, especialmente la primera secuela, La Novia de Re-Animator. Que sin ser tan brillante como su precedente, funciona como una auténtica ametralladora de ideas visuales. La pregunta que hace la película es: ¿necesariamente las partes sumadas forman un todo? La forma de responderla puede parecer estúpida, pero a mí siempre me ha fascinado: Herbert West, el reanimador, inventa un suero que devuelve a la vida a órganos y miembros del cuerpo, no a cadáveres enteros. E intenta crear a la mujer perfecta, muy frankensteniano él, cosiendo unas manos de pianista, unas piernas de bailarina, unas tetas que pintaban mejor en su cuerpo original y el corazón de la amada del siempre atribulado doctor Cain. El resultado, obviamente, un espantajo. Por el camino, cose cinco dedos y un ojo, les aplica unas gotas del suero y crea la mascota animada por stop-motion que siempre deseé tener.
Pues estas monstruosidades (y también a las de la réplica de serie Z de la película de Yuzna, la magnífica Frankenhooker) se me han venido a la cabeza cuando vi las imágenes de ese brazopierna, de esa minipierna extra, y me imaginé a la mano palmoteando compulsivamente sobre la rodilla cuando se acabara el suero, y me imaginé comportamientos extraños en las noche de luna llena, y me imaginé insospechadas nuevas formas de masturbarse. Y la conclusión a la que llegué, después de todo ello, es que me tengo que centrar de una vez.













