Mata, mata, mata
Me propuse hablarles de Kill Bill desde el mismo momento en el que salí del cine, pero me da una pereza terrible, porque no tengo ni una opinión original al respecto. ¿Qué voy a decir que no hayan oido? Que es ultraviolencia non-stop, que sale una colegiala japonesa letal, que hay una furgoneta tuneada, que como mola el mono amarillo de Uma, que el intermedio anime es brutal… tsk, tsk… lo de siempre…

Sólo se me ocurre citar una de las opiniones más curiosas sobre el tema de la avasalladora labor de multicita de Tarantino que he leído, la de Ángel Sala en la revista Imágenes, que decía que los referentes de Kill Bill eran en su mayor parte una serie de películas que recordamos, por nostalgia o pajerismo, como mucho mejores y más divertidas de lo que en realidad son. Que el gran logro de Tarantino es hacer que todas esas películas se conviertan mágicamente, a través de la impostura y la suplantación, en grandes epopeyas de acción. Es decir, que en nuestra cabeza seguirán siendo epopeyas hiperkinéticas y violentísimas lo que en realidad eran seriesbés que funcionarían mucho mejor con veinte minutos menos de diálogos, más acción y algo más de medios. Lo que les ha insuflado Tarantino.
Independientemente de manías personales (como decía Lindyhomer, todo tiene cierto tufillo a ya visto, sobre todo para los que llevamos años rebozándonos en cine oriental… aunque no se confundan, no es el mismo tufillo que el de Tigre y Dragón o Hero), y de que la película ganaría con aún menos argumento, la verdad es que me pasé todo el tramo final deseando que no acabara. Al menos me resulta más reconfortante una película de la que salgo deseando ser azotado por la protagonista que una como Lost of Translation, que me quedé con ganas de darle un cachetín a la zagala. A ver si espabilaba.













