Thursday, April 29th, 2004
Eek el geek
Hace no mucho me preguntaba un visitante (creo que fue Juanjo) qué es un geek. Es complicado de explicar, porque al igual que ser fan de Labyrinth, ser geek es primordialmente un estado de la mente. Aunque hay iconos físicos muy identificables. El caso es que hace nada me topé con este test para determinar el grado de geekismo de cada cual. Antes de que hagan sus cábalas: me considero poco o nada geek. Me atrae el mundo pajero desde una perspectiva frivolona, pero la ciencia, las matemáticas y la informática son áreas del conocimiento humano que me repelen, más allá de acercamientos recreativos que todos imaginan. Echándose las manos a la cabeza
Al final he obtenido un 23.4714% de cuota geek en mi organismo pajero, o sea que estoy en la categoría “Geek” puro y duro, por encima de “Tendencias geek” pero por debajo de “Geek total” y, por supuesto, cosas como “Dios geek” o “Geek disfuncional”, para lo que supongo que habrá que ser una chica y tener un sable de luz real construído a mano en casa manipulando reactores nuclearos conseguidos apostando a traves de la palm en partidas de Magic. O algo así. En fin, el test es un poco largo, pero es inteligente (por ejemplo, la categoría mínima de geekismo ya presupone cierto nivel implícito… si no, ¿por qué narices iba nadie a hacer semejante test?) entretiene y avergüenza a partes iguales con preguntas como “Sé mi edad en código binario”, “He destrozado cosas sólo para ver como funcionan” o “He jugado al Risk hasta el final”. Brrrrr… hay cosas sobre uno mismo que, definitivamente, no habría que averiguar.

Al fin he recibido mi primer número de suscripción a MAD, el 440. Venía envuelto en este papel blanco con mi nombre, el logo de la revista y el mensaje “Este papel puede ser usado como bandera blanca para rendirse ante ciudadanos franceses”, o algo por el estilo. La primera, en la frente.
Supongo que los adictos a la blogosfera lo tendrán más que visto, pero por si acaso, aquí tienen,
Dando tumbos por esas redes de la humanidad me topo con
Ya sé que no les estoy descubriendo nada, lectores asiduos a las publicaciones de tendencias más vanguardistas, fanáticos del rythm’n’blues más cachondón, adictos a la MTV, pero tengo que recomendarlo por si hay alguien a quien se le ha ido el santo al cielo. El nuevo disco de N.E.R.D., Fly or Die, a pesar de lo que diga la intelligentzia del pop (que yo no la diviso por ningún lado), que afirman que es burdo y comercialote como él solo (dos adjetivos que por aquí nos mojan las bragas), mola, y mucho. Está lleno de ruiditos, de “uh”s de “ah”s, de plagios a Stevie Wonder y Michael Jackson, de palmitas, de canciones centradas única y exclusivmente en el ayuntamiento carnal y de frases tan legendarias como “Her ass is a spaceship I want to ride” (que luego tuvieron los cojones de visualizar en el ya mítico videoclip de las cabecitas; por lo que a mí respecta esta es la máxima del año, igual que la del año pasado fue “You’re a superstar / At the gay bar”). Fly or Die es como el disco de Justin Timberlake, pero sin canciones de relleno (suena lógico si conocen la trayectoria como productores del dúo de pajerotes formerly known as The Neptunes, aunque para mí su culmen en esta labor es el par de obras maestras en forma de singles hecatómbicos que les parieron a los N*S*Y*N*C). Y también es algo más: el primer disco de pop masivo que me parece sencillamente redondo de principio a fin desde hace muchos, muchos años. Igualen eso.
Lo que se conoce como un adelantísimo: dos nuevas canciones de nuestros amigos y maestros La Rubia Montoya, que irán incuídas en su nueva maqueta, ya están
(incluída la la increíbla y sentida Soy una supernegrata, que incluye el ragamuffin’ más demencial de la sociedad contemporánea), váyanse al Soulseek. Vagos.
Torque: Rodando al límite, claro. Esa intuición que me llevó en su día a descubrir, sin información ni recomendaciones previas, pequeñas maravillas como Josie y las Melódicas o Han llegado, me susurraba al oído que esta montaña rusa iba a ser una A todo gas a la que le hubieran quitado lo que le sobraba: el argumento. Recordando con escalofríos de placer los mejores y más flipados mometos de xXx (tambien algo sobrada de guión para mi gusto, pero un peliculón al fin y al cabo), convencí a papá y acerté de lleno. Torque es sólo (¡sólo!) velocidad, adrenalina, descerebre, sensualidad y tunning hasta un extremo casi obsceno. La película parece una actualización de la planificación de Sergio Leone pasada por una sobredosis de speed visual: cada plano, cada movimiento de cámara es efectista, tremebundo, exagerado, videoclipero (pero de videoclip necio, magistral). Los personajes son monigotes, el guión es inexistente, pero las secuencias de acción son caricaturas de una secuencia de acción ya de por sí caricaturizada, todas retocadas por ordenador, todos los planos convertidos en retablos hiperexpresivos hasta en las secuencias de diálogo (que no son más que sucesiones de frases hechas). Grandes angulares, ojos de pez, iluminación supercontrastada y mucho, mucho flipe: peleas de western entre putarracas subidas en moto, competiciones de chulería hormonada y cuarenta minutos finales prácticamente mudos, llenos de fuego y dolor y que culmina con la persecución más gozosamente asfixiante de todos los tiempos. Un flipe.











