Locuras
Al fin he recibido mi primer número de suscripción a MAD, el 440. Venía envuelto en este papel blanco con mi nombre, el logo de la revista y el mensaje “Este papel puede ser usado como bandera blanca para rendirse ante ciudadanos franceses”, o algo por el estilo. La primera, en la frente.
Dicen los expertos que MAD ya no es lo que era. Puede que sea cierto. Wally Wood, Jack Davis, Kurtzman, Don Martin, los grandísimos ya no están. De los clásicos sólo quedan Al Jaffee con sus legendarias portadas plegables, y ocasionales apariciones de un Alfred E. Neuman que ahora exhibe un grafismo algo menos agresivo. MAD ha sido contaminado por la generación MTV, y no lo digo sólo por los innumerables anuncios que puntúan las páginas (hace no demasiado tiempo, inexistentes) y por el hecho de que una revista que antes se leia en horas ahora se lea en un puñado de minutos. Es algo de la esencia, que se ha perdido.
Y sin embargo… MAD es grande. Sólo por el hecho de que tienen la tendencia de reírse de todo. Pero no siempre con una intención paródica, sangrante o aleccionadora al estilo de El Jueves. MAD conserva, después de tantas décadas, un gusto por el absurdo que hace que no importe que la mayoría de los chistes se le escapen a un no-norteamericano. La parodia de El Retorno del Rey, por ejemplo, no sólo se burla de sus carencias, sino que reduce todo lo que es Solemne e Importante en Ese Tostón al ridículo puro y duro y a la chanza máxima. Más moderno imposible: MAD lo deconstruye todo, la propia realidad, y no sólo un puñado de películas y programas de televisión. Tanto, que después de la lectura de un número de la revista, es imposible no disfrutar, aunque sea por unos minutos, de la mirada MAD para iniciados, que nos permite reir hasta la asfixia con viñetas tan legendarias como esta de abajo, motivo más que suficiente para que mi suscripción, por mucho que decaiga el nivel de la revista, se prolongue hasta el fin de los tiempos.














