Como de costumbre, se me adelantó David, pero los Focofans también tienen derechos (aunque pocos). Ha terminado El Ciclo. Es decir, ya está a la venta el tocho que David y un servidor hemos escrito sobre la trilogía Matrix, y que se llama, para bien o para mal, Dentro de Matrix. Ha quedado (dicen, que yo aún no lo he visto) bonito, está lleno de fotos raras, de paréntesis y de datos absolutamente inútiles. Ha pasado un año y pico desde que empecé con él, algo menos desde que le pedí, asfixiado, ayuda a David, y unos pocos meses más hasta que Dolmen lo ha sacado a la venta.
Por supuesto, a David le reservé las partes difíciles del libro, y yo me quedé con lo facilón: las pajas mentales. Mientras él recopilaba datos en una labor enciclopédica monstruosa, yo miraba al techo y pensaba “Mmmm… ¿y si dedicamos un capítulo a Alicia en el País de las Maravillas?” Y luego Lindyhomer: “Oiga, hable de Castaneda”. Pues claro. Y la Chili y Beleg: “Pues en casa tengo el juego de rol ese inspirado en Neuromante que…”. Claro, claro. Al final, por suerte, tanto el nombre de David como el mío aparecen en portada con el mismo tamaño y se nos han olvidado todos los agobios que convirtieron un proceso simplemente estresante en uno que por momentos adquirió visos de desembocar en una crisis esquizoide grave. Todos los que han puesto su grano de arena, de un modo u otro, en que esto salga adelante, tienen su puesto en los agradecimientos del libro, pero tengo que recordar aquí, ahora que no tengo problemas de espacio (todo un peligro) a Chili y Beleg, que lo corrigieron prácticamente todo y cuya ayuda en el capítulo dedicado a la literatura de ciencia ficción que inspiró Matrix fue determinante para que la cosa quedara completa de verdad; a Lindyhomer, ya que sin él el capítulo que habla de Castaneda, simplemente, no existiría, y con el que tuve largas, larguísimas conversaciones acerca de los vericuetos e interpretaciones múltiples de Reloaded y Revolutions; a Jordi SN y Happy Outcast, que vía messenger dieron muchísimo apoyo moral; y a la Bella Laia, claro, que vio (intuyó más bien) que pasaba horas y horas delante del ordenador y nunca dijo ni mu cuando el puñetero libro arruinaba algún plan.
Y ya está. Tanto David como yo estamos convencidos de que el libro mola, al menos más que el videojuego. Creo que transpira el entusiasmo del fan (que lo somos), pero del fan razonable, que es el que da gusto presumir de ser. Y en cuanto se nos olvide la agonía, igual repetimos. De un modo u otro. Con un tema u otro. Mientras, ya tienen ustedes lectura para rato.
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