Cinefobia
Se acabó. Cuando mi grupúsculo de correctores oficiales acaben de destrozarme los papiros, consideraré oficialmente acabado mi último hit, que enviaré esta noche al jefazo. Y ya lo leerán cuando llegue el momento. Y luego me pondré con otra cosa que llevo retrasando desde hace meses, primero por imponderables y luego porque este texto que he acabado hoy me ha tenido dos semanas sin pensar otra cosa.
Pero basta de criptología for dummies.
Quería comentarles, antes de que se me olvide del todo, mis últimas experiencias con esa raza aparte (aparte de mí, o mejor aún, “¡apártate de mí!”) que son los cinéfilos. Los cinéfilos de mierda. Llevo ya bastantes meses, casi yo diría que todo el último año o más, que el cine me parece una soberana gilipollez. “Todo el cine es una gilipollez”, como concepto, quizás sea ir un poco lejos, pero ustedes dirán: si el noventa por ciento de lo que veo me parece una mierda, va a ser que no es una mala racha. Es que el propio medio es una mierda. De un tiempo a esta parte todo me cabrea en todas las películas: que tengan que durar hora y media, que tengan esa estructura de planteamiento, nudo y desenlace tan torpemente grabada a fuego, que sean siempre tan previsibles, tan tópicas, tan repletas de lugares comunes. Odio el lenguaje del cine, odio que a un plano medio en una conversación le siga un primer plano, y a ese otro plano medio, y que esos planos duren siempre exactamente lo mismo, y que siempre tengan el mismo ritmo. Me aburro mucho, y además voy descubriendo que no es que sea cosa del cine de ahora, es que veo películas de hace cinco, quince, treinta, sesenta años y tengo que verlas en casa, empinando el codo y en tandas de media hora. Que si no no hay manera. A ver, siempre habrá grandes películas. Y dudo que cuando me toque ver por vigesimoséptima vez Society no me vaya a parecer tan cautivadora como las veintiséis veces antetriores, pero son excepciones. Me cago en el cine como medio de comunicación, como industria, como entretenimiento y como tema de conversación.
Y a esta actitud tan tontorrona no ayudan, desde luego, los cinéfilos.
Porque yo fui cinéfilo.
Cuando la Focomela y yo estudiábamos, nos íbamos cada mañana a la videoteca de nuestra Facultad y veíamos películas. Toda la mañana. Cada día, dos o tres. Desde clásicos ocultos a clásicos indiscutibles, pasando por clásicos modernos. Y la Focomela menos, pero yo leía teoría del cine sin parar. Historia y lenguaje. Y miles de revistas, y venga amontonar iconos sin parar: biografías, fotos, textos, su puta madre. Con cierta predilección por según qué géneros, claro, pero El Cine nos parecía bien en general. Vaya par. Pero ahora…
El miércoles estuve en una tertulia radiofónica en la COPE. Me llamaron para hablar de, agárrense los machos, “Héroes”. Y pusieron la banda sonora de En Busca del Arca Perdida, Superman y Star Wars. Claro que sí. Se hacen una idea de por dónde iban los tiros, ¿no? Junto a mi, un pajero cinéfilo de pro, y el presentador, pues El Presentador del Programa de Cine de la COPE, no se puede decir más en menos. Dos cosas de la cinefilia recordé (ya no me junto con este tipo de gente) y odié a lo largo del programa. Primero, esa tendencia absurda a dar siempre la puntilla a todo con un comentario o anécdota de Correo del Fotogramas. “Ah, ¿pues sabes que el director de esa película tuvo una gastroenteritis que le impidió rodar la famosa escena de la bañera, y la tuvo que dirigir el propio actor?” – “Cdado, podque ya tenía adgo de expediencia en aqued epizodio de “Zueños Modbozod” que didigió y pdotagonizó” – “Claro, claro” – “Hombde…” Es esa pasión de la gente por buscar los fallos de raccord, es esas revistas como “Acción” hechas sólo de anécdotas que no le interesan a nadie una puta mierda (ojo, que una cosa es que a mí cualquier cosa con el logo de los Cazafantasmas me parezca orín celestial, y otra muy distinta que haya alguien que se comporte así con todas las películas). Es amar el Cine como concepto, es el Mal.
Segundo, está esa adoración por Los Actores. ¡Los actores! ¡Lo peor de una película con diferencia! Yo, que nunca he sido capaz de distinguir un buen actor de un mal actor (¿por qué todo el mundo se mete con David Bowie en Labyrinth y luego se supone que Harrison Ford en La Calle del Adiós está bien? Más aún: ¿Por qué Jim Carrey en El Show de Truman está tan bien si ESTÁ TAN BIEN COMO SIEMPRE?). Para mí, los actores son buenos si dan risa, y las actrices si están buenas. Esa es mi clasificación. A la mierda el star system de los cojones. Por supuesto, aquí el primer mitómano soy yo, pero a mí me gustan los iconos, a mí me gusta la cabeza rapada de Vin Diesel, y la barbilla de Bruce Campbell, y John Belushi bajándose botellas de whisky de un trago. Y me gustan las tetas de Jennifer Love-Hewitt, y la mirada de “fui lolita, campeón” de Selma Blair, y el mohín de putón de Alicia Silverstone. Me gustan los iconos, supongo que porque en el fondo, hay una parte de mí que quiere seguir amando el CINE, pero los actores me dan igual. Muy igual. Quizás es por eso que la gente es capaz de darse cuenta de que Pilar López de Ayala es una supermegactriz y yo sólo veo una tía buena.
Y luego están esas teorías como de escuela de cine de lo que es un “guión bien estructurado”, “una correcta dirección de actores”, “un diseño de producción majestuoso” o “una planificación innovadora”. Todo lugares comunes para hacer referencia a películas caducas, muertas antes siquiera de concebirse, tostones que no dudaría en cambiar ni por un momento por tres viñetas de Dylan Dog o por una vida (una sola) al Buble Bobble.
Y no me hagan hablar de los cortometrajes. No me hagan hablar…













