Azul y rojo es él

Vi Spider-Man 2 y, por algún motivo indeterminado, no me gustó. A partir de aquí, ojo, SPOILERS del amor. No es de extrañar, tal y como estoy últimamente, pero ya les adelanto que no se debió ni a ningún tipo de integrismo en relación a los tebeos originales, ni a los típicos fallos de guión que todo el mundo parece detectar con tanta facilidad (“es que en la secuencia final no se sabe donde se engancha la telaraña” y similares) y que, por norma general, me la sudan. Quizás mis mayores quejas se deban a que yo tengo un concepto muy mío de los superhéroes y que se restringe básicamente a que son gente disfrazada que se infla a hostias por cualquier tontería. Descerebrados que tienen la violencia como único modo de solucionar los problemas. Por eso, que el clímax de la película lo solucionen dialogando me parece mal, pero no mal porque traicione-la-continuidad ni nada de eso. Me parece mal porque no me interesa: podían haber dialogado desde el principio. A mí los superhéroes, conceptualmente, me atraen porque sus superpoderes son una maldición que les llevan a arreglar las cosas por medio de la acción directa, y eso les sumerge en una espiral de violencia de la que sólo pueden salir de modo traumático. Me gustan porque su propia existencia demuestra que son una estupidez. Si Spider-Man se da de hostias con Octopus, pero acaba diciéndole “Pero recapacite, hombre, recapacite”, y va el otro y recapacita, a mí no me parece una forma de transmitir al espectador que el héroe está dentro de cada uno de nosotros (cuestión harto discutible, por otra parte), sino una forma de renegar de las dos horas anteriores, como “Pst, que esto no es una película banal, que aquí se habla de seres humanos”, cuando yo pagué la entrada para ver cualquier cosa menos seres humanos, que trato cada día con más de uno y más de dos. Y maldta la gracia.. Y esta actitud cobarde y renegosa me cabrea, porque los superhéroes pueden ser profundos, intensos y humanos sin necesidad de sacarse la máscara.

Que esa es otra. La facilidad con la que este chico se quita la careta. Que no es tanto lo de “Es que en los tebeos todo el mundo tardaba más en averiguarlo” (que lo veo más como un fallo de los propios comics que otra cosa), como lo de quitarle toda la importancia a la máscara y a la entidad doble. Si a excepción de J. J. Jameson (estaría bueno) todos los personajes secundarios acaban averiguado, por activa o por pasiva, que Peter Parker es Spider-Man, la fuerza icónica de la máscara se pierde. Y miren, que a estas alturas ya me da todo igual, pero permitan que al menos me sienta decepcionado si yo a lo que iba es a una película de superhéroes. Por eso mismo, y como ya señalaba Aureal, el plano final de Mary Jane, observando a su recién estrenado maromo con orgullo pero, sobre todo, con cierta inquietud al ver venir una bien gorda en el tercer episodio, vale toda la película.

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