Mi cinefobia galopante no me impide acudir de cuando en cuando al cine, sobre todo bien acompañado y a ver películas que han elegido otros, lo que me permite refunfuñar sobre los resultados sin sentirme especialmente estúpido. El viernes acudí agarrado a la Bella Laia a ver Shrek 2 (eligió ella: obviamente, el fin de semana que viene toca Spider-Man 2).
La primera parte siempre ha llevado a agrias discusiones y aún más agrias conclusiones en los Focomelos Studios. Aún reconociendo sus virtudes, la película presenta una diarrea moral que no se aclara: si el mensaje durante toda la película se basa en que la belleza está en el interior (mensaje que, por otra parte, es mentira, o si no no se me llenaría la boca cada vez que menciono a la Laia –Bella-), ¿cómo se atreven a hacer que el ogro acabe emparentándose con una ogra? ¿No habría sido mucho más transgresor (cómo se les llena la boca a los suplementos de fin de semana con esta palabra, demonios) hacer que la princesa se enamorara del monstruo? Aún así, lo que más me repatea de Shrek es la reacción de su público, convencidos de que están ante una dosis de humor para adultos disfrazado (como un Woody Allen animado), cuando hay productos Disney de los que tanto se ríen que son mucho más adultos (y transgresores, ya que se lo preguntan). Me vienen a la mente Alicia en el País de las Maravillas, El Libro de la Selva y Lilo & Stitch, quizás mis tres películas Disney favoritas.
Pero nos estamos dispersando (otra vez). Shrek 2 está muy bien. Mejor que la primera, más intensa, con un manejo del humor mucho más sutil y aplicando más juiciosamente los mecanismos del gag (con grandes ejemplos de dos de mis técnicas favoritas – y más complicadas-: la acumulación y la pausa). Igual de, ejem, transgresora (no vuelvo a decirlo, palabra) que su predecesora, o incluso puede que más, ya que esta no tiene mensaje, Shrek 2 supera a su precedente porque guionistas y directores han optado, más que por hacer evolucionar a sus personajes, por zambullirlos de lleno en un mundo con reglas propias, excelentemente ejemplificado en un chiste protagonizado por el Gato Con Botas cuando está encadenado en una mazmorra junto a los protagonistas, y que no pienso destripar aquí. Abundan los anacronismos, que suelen aburrirme bastante, pero hay profusión de grandes gags, la animación es técnicamente impresionante, y hay veinte minutos de delirante sindiós que comienzan con la detención de los protagonistas por parte de las fuerzas del orden del Reino Muy Lejano (con la mejor parodia de la película) y que desencadena una avalancha de gags estupendos (incluído un homenaje a Los Cazafantasmas) y un apocalipsis mágico que hace suspirar por que esa avalancha de ritmo desenfrenado y humor (este sí) agresivo hubiera estado presente en toda la película. Aún así, mucho mejor que la primera. Si eso les sirve de orientación…
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