Friday, July 2nd, 2004
Dios
Les contaba que recuperé con sumo gusto el Gigamesh (a ver si me atrevo a comprarme el 37 o la cosa se queda en fantasía pajera para contar en el blog) debido a lo que menos me había interesado en otras ocasiones de la revista: la ficción. Siendo honestos, hay un excelente reportaje (“PulpEdiciones: ¿Piratería o ’descuido’?”, de Alberto Cairo), extenso, documentado y parcialísimo sobre la editorial PulpEdiciones, y que es un buen ejemplo de los males que conlleva que los fans se pongan a editar profesionalmente. David y yo conocemos otro caso, pero no es este el lugar para comentarlo.
La ficción, venga. El relato que menos me ha gustado es “Mosquito” de Richard Calder, un refrito de William Gibson y sucesores, de cyberpunk arrastrado y de temas que a mí al menos me tienen aburridísimo: la inteligencia artificial y sus emociones replicadas, el sexo múltiple y desapasionado, la tecnología absurda y puntera, los suburbios sacados de Blade Runner. De Fredric Brown se dice que no se le conocen obras malas. Es muy poible (yo, al menos, no he leído ninguna, y en cualquier caso, a alguien que ha escrito Marciano, Vete a Casa le perdono lo que haga falta): aquí hay un simpático cuento, “Mitkey cabalga de nuevo”, secuela de su famoso “El ratón estelar”, que mantiene el tipo bastante bien, a pesar de su tono decididamente menor. Pero lo que me ha fascinado hasta un extrmo que, miren, dos posts ya con la tontería, es Ted Chiang, autor de –agárrense-, “El Infierno es la ausencia de Dios”, un sencillo pero extraño cuento que, por lo visto, se adscribe en un subgénero en el que, sin duda, tengo que internarme, al que llaman “ciencia ficción cosmogónica”.
“El infierno es la ausencia de Dios”, ganadora del premio Locus al mejor relato, es la historia de tres personas y su relación con Dios. Apariciones angelicales les marcan de por vida, o matan por accidente a seres queridos. Cada uno, devoto o no, tiene planes que se contradicen con los divinos, o quizás sólo quieren entender Algo de lo que les pasa. Ya, aguanten un poco. Lo fascinante del relato de Chiang es que no hay en ningún momento un cuestionamiento de la existencia de Dios. Existe. Punto. No se le comprende, pero las apariciones de ángeles se pueden prever (hay lugares, como sabemos nosotros y nuestras abuelas, donde las manifestaciones marianas y otra causística divina son más frecuentes) y usar en beneficio propio, aunque las consecuencias pueden ser irreparables. Se sabe si una persona va a ir al cielo o al infierno (de los que se habla como si fueran cubículos de oficina, desapasionadamente, sin referencias al hipotético dolor o placer que produce la estancia en ellos) según cómo haya muerto cada cual, y ese es el arranque del cuento. El estilo sencillo, sin florituras, perfectamente comprensible, deja anonadado a cada página, sobre todo porque no hay porqués. El protagonista sabe que su mujer ha ido al cielo al morir en un accidente por culpa de un ángel. Pero él no puede amar a Dios por eso mismo, y por tanto irá al Infierno. Pero quiere reencontrarse con ella. Es casi matemático, cómo tratar con lo sobrenatural de forma lógica. Me recordó, en cierto sentido, a los delirios del Phillip K. Dick más iluminado, el de VALIS pero sin parte delirada. Otro caso: una chica tiene una deformidad que siempre ha interpretado como una bendición del cielo, ya que cuando era un feto, su madre vio a un ángel. Un día, milagrosamente, la deformidad se cura. ¿Cuál es el sentido de esta nueva decisión divina? ¿Si le deformó y supero su diferencia a base de fe, a qué viene ahora esto? Los personajes dudan acerca de las verdaderas intenciones de Dios, pero no de Sus manifestaciones. No hay cruces entre Dios y el hombre, es el Antiguo Testamento adaptado a la fría sensibilidad actual, se nos describe a una divinidad lejana e inalcanzable, incomprensible, que se inmiscuye continuamente en las frágiles existencias de los humanos. Lo más curioso de todo es que no tengo la menor idea acerca de si Chiang tiene creencias religiosas o no. Y no quiero saberlo.

Con sus más y sus menos, le debo demasiadas cosas a la revista Gigamesh. Gracias a sus primeros números, que compré en mis ultimos años en BUP, comencé a leer ciencia ficción y a oír hablar de autores que en ese desierto cultural que es Murcia Capital ni se encontraban en las librerías. Sobre todo, agradezco el esfuerzo que me obligó a hacer: la revista tenía un tono que para nada era introductorio al fantástico en la literatura. Sin amigos (ni uno, oigan) a quienes les interesaran estos temas, tenía que leer y releer cada número de la publicación (aún en la difusa frontera entre la autoedición y las obvias ansias de profesionalización) para quedarme con los nombres que se mencionaban más a menudo. Los autores que descubrí por aquella época gracias a Gigamesh (Disch, Pratchett, Williamson, Cordwainer Smith) siguen estando entre mis favoritos. Así, cada nuevo número (por aquel entonces la revista tenía una muy llevadera periodicidad trimestral) era más comprensible, menos escarpado que el anterior, y mi sensación como lector con ganas de aprender (qué tiempos, lejos de este tono resabiado y pasado de vueltas que tengo ahora) era que estaba sacando ago de todo aquel esfuerzo. Quizas por ello, en mis años como faneditor (que comenzaron acto seguido, y cuyo espíritu espero que se haya filtrado en parte al Focoblog), siempre odié hacer de introductor de lo obvio.












