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Gente Mierda

Entrada publicada el 14 de Septiembre de 2004 por John Tones

Fui a ver Chicas Malas. Cómo está Tones con las comedias inanes, se dirán ustedes. Para nada, también he visto la de Riddick y Dodgeball, pero no se me ocurre nada para decirles que ustedes mismos no hayan inferido solitos. Pocas sorpresas: la primera me gustó y la segunda me encantó. La labor social del Focoblog, sin embargo, debe realizarse con títulos como Chicas Malas, que posiblemente haya pasado desapercibida, una película que me dejó medio anonadado ante la avalancha de amargura que desprende en cada uno de sus diálogos. Dense una vuelta, por cierto, por la web oficial, que ya linkó hace unos días El Gran Mimón: pura metanarrativa de papel couché para adolescentes. En resumen: Cady (Lindsay Lohan, musa de esta casa desde ya mismo) va a asistir por primera vez al instituto, después de haber pasado toda su infancia y adolescencia viviendo en África y recibiendo clases particulares. Completamente ajena a la compleja mecánica de las relaciones juveniles, se hace amiga de Regina, una pijaza recacitrante que se hará pasar por su amiga para putearle despiadadamente al poco tiempo. Resentida, Cady decide vengarse desde dentro: permaneciendo en el moralmente devastador grupo de Regina y dándole donde más le duele. Es decir, dejándole sin novio, sin amigas y sin autoestima.

Vaya, la he contado entera. Pues no. Esto es el arranque. En realidad, en una comedia adolescente convencional eso que les he contado sería la película entera: caída en las garras de las pécoras, arrepentimiento, venganza simpática, catarsis, fin. En Chicas Malas es sólo el punto de partida para sumergirse en el auténtico núcleo de la película: contemplar cómo Cady cae, irremediable y muy gustosamente, en una espiral de excesos sociales que le repugnan, pero le fascinan. Bajo la excusa de seguir averiguando cosas sobre sus enemigas, permanece dentro del gruo, mutando, convirtiéndose en una de ellas, hasta que se ha transformado en otra puta sin sentimientos, capaz de renunciar a sus amigos (un par de freaks de sexualidad difusa o directamente alternativa –en un instituto, al menos-) a cambio de un pellizquito de reconocimiento social. Un reconocimiento perfectamente retratado en la película con ironía y agudo sentido crítico, en secuencias –como la de la tipología de habituales del comedor, o el análisis de la desintegración de Lo Que Importa a las Chicas Malas- que, si pertenecieran a una película de los ochenta ya serían veneradas como “certeros análisis de la juventud coetánea”, o algo.

El caso es que Cady le pilla el gusto a putear y a mentir a espaldas de quienes le rodean, y disfruta envidiando y siendo envidiada. Chicas Malas es, entre otras cosas, una disección de la nauseabunda atracción de cualquier hijo de vecino por el Lado Oscuro. Pero no el de Star Wars, abstracto y grandilocuente, sino ese apestoso caramelo podrido que se agazapa en nuestras conciencias, ese que nos hubiera gustado saborear cuando éramos marginados en el intituto por medir levemente más o menos, pesar levemente más o menos o pensar de forma levemente distinta a la que imponían las jerarquías de la cantina y el patio. Por eso, la conclusión de la película, en la que todo cambia para que todo siga igual, está doblemente envenenada: puede que la protagonista llegue a la conclusión de que se ha comportado como una arpía, pero en el proceso, nos ha hecho partícipes a los espectadores de una ascensión social llena de zancadillas y traumas. Y nos ha gustado. Brrrrrr…

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