Hace tiempo que tengo el cofre con la serie entera de Pesadilla en Elm Street, gracias a un momento de enajenación que no le recomiendo a nadie, y sistemáticamente, a mi ritmo (que es un ritmo my pausado, ya no me pego esos atracones de tres películas en una tarde), me las estoy volviendo a ver. Estoy recordando, con cierto escalofrío placentero, por qué tuve una adolescencia completamente marcada por la serie. En muchos casos han perdido algo de la capacidad original de sorpresa, pero siempre, hasta en los peores casos, me hacen reir y gritar como la primera vez. Soy fan, siempre lo he sido, pero he tenido que volver a ver la serie, en visionado correlativo y con las condiciones de audio y vídeo óptimas para, por primera vez, abandonar complejos de pajero zumbado, y sentirme completamente orgulloso de ser un freddy-zombie comme il-faut. Intentaré, en sucesivos posts, desvelar mis impresiones sobre cada una de las entregas de la serie, algo que a ustedes les da igual pero a mí no, y seguro que entre todos llegamos a alguna conclusión.
La primera entrega es, cómo no, y debido a su muy bien ganada condición de clásico moderno, una de las más difíciles de juzgar. Me sigue fascinando, por encima de todo, que Wes Craven (un cineasta que siempre me ha parecido muy irregular, pero también un tío muy, muy listo) diseñó a Fred Krueger con un tono curiosamente fundacional, como sabiendo que ahí estaba el germen de un personaje con continuidad. No hay más que ver la secuencia de créditos, con Krueger construyéndose las famosas uñas. O la vestimenta perfectamente definida -el sombrero y el jersey de rayas que ya comienzan a extenderse por todas las secuencias oníricas como un virus corrupto, como en el pasmo final, en el que al descapotable de Nancy y compañía les aparece un techo con los mismos colores que el jersey del asesino-. O la propia interpretación de Robert Englund, con esa manera tan rara de mover las piernas, como si tuviera cuatro testículos, todo está grabando en piedra unas características muy definidas. A diferencia de la serie de Viernes 13, que tardó un puñado de entregas en encontrar una estética definida para el asesino, Freddy es como es y lo que es desde el mismo arranque de la serie. No ha necesitado cambiar, a grandes rasgos, en ocho películas, porque su diseño es perfecto. El mismo nombre, a diferencia de “Jason Voorhes”, es inolvidable, un prodigio de musicalidad jevimetalosa.
También resulta asombrosa la tendencia al efecto especial espectacular que se impone en cada uno de los asesinatos, y que como no podía ser de otro modo, se iría acentundo con cada entrega hasta llegar a un punto completamente paroxístico en la cuarta entrega. En esta ocasión, sorprende que con sólo un millón de dólares pudieran filmarse cosas tan salvajes y espectaculares como el asesinato de Tina, una especie de versión ciega de speed de una secuencia muy similar de Poltergeist, o la muerte del personaje de Johnny Depp, con ese interminable chorro de sangre dejando la habitación hecha un cristo (“¿Ha llegado el forense?” � “Está en el baño, vomitando”, comentará la policía más tarde). En ambos casos se adivinan unas técnicas de efectos especiales rudimentarias y contundentes. Otros tiempos.
Todo esto son perogrulladas. Lo que me sigue pareciendo admirable de esta primera entrega (aparte del mensaje, tantas veces comentado por aquí, ese fascinante y muy cierto “Pagarás TÚ los pecados de tus padres”, y de, por descontado, la pegajosa atmósfera que recrea con pasmosa fidelidad la textura de las pesadillas �hasta tal puto que, cuando yo tengo alguna, mi cerebro elabora un miniplagio interactivo de la serie) es la tendencia a autoimponerse reglas �algo de lo que ya hablamos en referencia a Temblores-, y sobre todo, cómo eso condiciona la narrativa de la película. Es decir, Pesadilla en Elm Street inventa cómo narrar una pesadilla y cómo crear ese ambiente de onirismo constante (que se contagian a las secuencias en las que los personajes están, digamos, despiertos), y el resultado es tan bueno que no puede evitar inspirar al resto de la serie �llegando a niveles ya directamente metafísicos con la cuarta entrega-. Por ejemplo, recuerden las secuencias en las que un personaje da una cabezada y, sin cambiar de plano, el peso de su propia cabeza le despierta, y abre los ojos. Da un sorbito de café, o se restriega los ojos, o revisa el despertador, o da un paseíto. Y entonces, descubrimos si está despierto o sigue dormido. O bien no lo descubrimos y nos quedamos con la duda hasta que el guionista decide que podemos averiguarlo. Este meter sueño y vigilia en la misma dimensión gracias a no cambiar de plano (si lo hicieran, si la secuencia se montara en dos planos distintos, sabríamos de inmediato que hemos pasado de vigilia a sueño) es cine fantástico en estado puro, de ese que subvierte no sólo lo que es real y lo que no, que eso lo hace cualquiera, sino también las apolilladas reglas de la gramática fílmica. Todo un logro.
Y luego está la boca de Heather Langenkamp, claro. Pero ahí sí que no puedo añadir nada que no hayan soñado ustedes. Húmedamente.
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