Vuelvo a tener pesadillas (2)
La segunda parte de Pesadilla en Elm Street está unánimemente considerada como la peor entrega de la serie. Por una vez, coincido con los fans: es cierto. Y eso que Jack Sholder, su director, es uno de los grandes misterios del fantástico de las últimas décadas: condenado ahora a filmar encargos más o menos lamentables (Arachnid, la secuela de Wishmaster), es responsable de una de las mejores películas de terror y ciencia ficción de los ochenta, Hidden. Cierto pulso y cierta tendencia a macabrizar los elementos más cotidianos de la vida adolescente si que se le nota en la primera secuela de las aventuras de Freddy, pero al final, significativamente, tanto que pedimos innovacion y originalidad en las secuelas, y resulta que la única película que intenta distanciarse agresivamente del canon freddyniano es la que menos nos gusta.
El problema está en que Sholder y su guionista David Shaskin confunden a Freddy con un fantasma cualquiera, con un generador de poltergeists que lo aleja momentáneamente de su faceta de comeniños. Y así, muchas de las manifestaciones de Freddy van acompañadas de un tipo de efectos que aburren soberanamente: muebles que se mueven, objetos que se incendian (aquí, en interesante variación del tópico lo que se incendia es un periquito vivo), puertas que se cierran solas, ruidos de procedencia desconocida… Sholder y Shaskin no respetan lo más fascinante de la primera entrega: las reglas autoimpuestas como mecanismo de limitación de las pesadillas. Y se inventan una trama en la que el nuevo habitante de la casa de Nancy, Jesse (Mark Patton) es poseído por Freddy para cometer nuevas tropelías. El elemento mejor definido de la serie (las pesadillas como un lugar de terror infinito, sin reglas coherentes) se pierde para dejar paso a una trama mucho más tópica: la de las pesadillas como portal para que un mal insondable invada nuestro mundo. La secuencia en la que Freddy sale del cuerpo de Jesse y ataca a un grupo de adolescentes completamente despiertos es recordada con justicia como la más penosa de toda la saga, por cargarse de un plumazo las abundantes y tenebrosas ideas de su predecesora.
Sin embargo, la película parece no ser capaz de desligarse del todo del componente onírico que empapa toda la serie, y hay apuntes, brillantes ideas, imágenes inquietantes que, si bien no directamente relacionadas con Freddy, sí dan cierto aire simbólico, de pura pesadilla, a esta entrega. Empezando por la fascinante escena, siempre olvidada, de los dos perros con cabezas humanas que custodian la entrada a la fábrica abandonada donde murió Freddy. Y siguiendo con la increíble interpretacion de Mark Patton como Jesse, quizás el personaje de toda la serie que más ha acusado el cansancio al que se ven sometidos los adolescentes de Springwood que no se atreven a penetrar en el inseguro mundo de los sueños. Irritable, tenso, obsesionado, sudoroso, su interpretación lleva al límite el agotamiento físico y mental de la amenaza constante de Freddy. Finalmente, tenemos el curioso y no del todo comprensible simbolismo gay que rodea al protagonista. Acosado por un entrenador de tendencias sadomaso que recibe un salvaje castigo en las duchas del instituto, Jesse cada vez está más agobiado por una identidad sexual que no está clara: Freddy sale a la luz cuando él y su novia están a punto de hacr gimnasia horizontal, y hay continuos embites de sus depilados y fornidos compañeros de equipo (Jesse tiene que soportar los insultos, con cierto tono lúbrico, de uno de ellos) y, en fin, alusiones acerca de la virilidad de Jesse y embarazosas conversaciones familiares que sugieren algo pero que no llegan a ninguna parte. Freddy habita, por primera vez, en el subconsciente del protagonista (todo el sueño de las duchas y el entrenador, que comienza con un paseo por un club gay, lo deja tan claro como la obvia carátula de la película, donde es el protagonista el que empuña en su propio reflejo el guante afilado del monstruo), una idea fascinante y sobre la que volverá la serie con desigual fortuna, que podía haber hecho de esta seguda entrega una apetitosa versión adolescente de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por desgracia, y una vez tirada al retrete la posibilidad de filmar una continuación convencional de la primera Pesadilla…, Sholder tampoco se atreve a exprimir al máximo los elementos más inquietantes del guión. Penita.
(Pueden leer mis impresiones sobre la primera entrega de Pesadilla en Elm Street aquí)













Anonymous
November 1st, 2007 at 2:08 pmmercury?
Krugger?
Prince junior??