Vuelvo a tener pesadillas (3)
Pesadilla en Elm Street 3 supuso un nuevo cambio de rumbo estético y temático para la serie, y en cierto sentido es la primra entrega de la saga tal y como la conocemos hoy. Después de los titubeantes inicios en la penumbra del porche de Nancy y algún paso en falso de turbadoras sugerencias oníricas, la serie se convierte en la idea que tenemos hoy de ella: un festival de efectos especiales, una orgía de látex y gore para adolescentes y una leccion magistral acerca de cómo convertir al villano de una película de terror en un icono pop.
Para muchos fans es la mejor secuela de la serie, y razones no faltan: los sueños se convierten por primera vez en realidades tangibles, de clara inspiración surrealista (esa serpiente �de nuevo de inequívocos tintes freudianos cuando se traga a su víctima-, esos colores hiperalimentados, esos muros que se desvanecen), y todos los esfuerzos de producción se orientan a convertir las secuencias oníricas en festivales de Sucesión de Impactos, y a Freddy en un ser cada vez menos terrorífico, pero también, cada vez, más imprevisible. Que Freddy diera más miedo era imposible desde el mismo momento en el que se filmó la primera secuela, así que se optó por potenciar el talante todopoderoso de Krueger dentro del mundo de los sueños. Cambia de forma, es omnipresente hasta un extremo metafísico (las pesadillas ya no son sólo un lugar donde habita el monstruo: a partir de aquí, las pesadillas son ÉL, y por primera vez, efectos y diseño de producción juegan con esa idea) y se multiplican los one-liners y chistecillos puntuando las muertes (la serie era aún joven e innovadora, con lo que el componente sádico del humor era infinitamente más agresivo que el de las últimas entregas).
Pesadilla en Elm Street 3 tiene algo de lo que pueden presumir pocas películas de teen horror: el espectador llega a preocuparse por los personajes y por lo que pueda pasarles. El motivo está en el ambiente trágico y ominoso que respira la película, y eso se debe a que por una vez, los protagonistas no son despreocupados campistas o miembros de un barrio residencial, sino jóvenes habitantes de Springwood con severos desequilibrios psicológicos debido a la falta de sueño. En efecto, no se atreven a dormir por miedo a Freddy, y el café + el pánico + la presión de los adultos comienza a pasar factura en sus enclenques sistemas nerviosos. Una vez en el hospital psiquiátrico, conocen a Nancy (de nuevo Heather Langenkamp), que les orienta en su lucha contra Freddy y les ayuda a controlar sus sueños.
El control de los sueños, los sueños lúcidos, buf… menudo tema. Todas las películas de Pesadilla en Elm Street entran, de un modo u otro, en esta materia, pero es en esta en la que se hace una aproximación más inequívocamente juvenil a la cuestión: cuando están dentro de los sueños, los jóvenes adquieren poderes que les ayudan a enfrentarse a Freddy. Superfuerza, agilidad, poderes mágicos, cada cual con habilidades distintivas y que, en cierto sentido, se complementan u oponen a sus peculiaridades durnte la vigilia. ¿Les suena? Por supuesto: el grupo se convierte en una especie de X-Men oníricos que demuestran que Chuck Russell se tiene muy bien aprendida la lección sobre la auténtica esencia de los superhéroes Marvel en general y de los mutantes en particular: gente convencional que se topa sin quererlo con unas habilidades sobrehumanas que les sitúan a un nivel cósmico. Y de estos heredan también esa melancolía que no se pueden sacudir de encima, y que hace de Pesadilla en Elm Street 3 una película inusualmente amarga, de ritmo enfebrecido en sus secuencias terroríficas, pero también, muy tristona en el resto, que se aproxima de manera singular al escabroso mundo de los suicidios adolescentes. A lo largo de la película, los adolescentes tienen que convencer a los adultos que les rodean de que hay alguien amenazándolos, pero Freddy se encarga de eliminarlos de manera que parezcan suicidios: rebanándoles las venas, lanzándolos desde lo alto de una torre…
Quizás la entrega más equilibrada, y poseedora también de algunas de las pesadillas más memorables y de los mejores insultos (“Welcome to Prime time, bitch!”), Pesadilla en Elm Street 3 es pieza básica del horror juvenil de los ochenta, y no sólo porque comience a tantear en los orígenes del mito (fruto del embarazo de una desprevenida monja, violada por cien maniacos), sino también porque hurga, con enfermiza curiosidad, en la viscosa esencia que conforma las pesadillas.













