Soy fan de Los Vengadores (no los superhéroes, claro: la serie de televisión) hasta la náusea. Ya sé que es un lugar común de la cultura pop añeja, como Barbarella, la serie televisiva de Batman o las películas de los Beatles, y que ni siquiera puedo esgrimir un enamoramiento púber de la señora Peel como motivo de mis desvelos, como hacen –con todo el derecho- pajeros con descendencia y un fondo de archivo muy superior al mío. Como a los B-52’s o a Devo, descubrí tarde a Los Vengadores (supongo que no cuenta mi fanatismo preadolescente por la fabulosa “Purdey” de Siniestro Total -“Me gusta cuando luchas contra un criminal / Al servicio de Su Graciosa Majestad”), cuando ya eran un icono, y pude ver mis primeros episodios de la serie sólo al darme esa oportunidad la televisión digital. En la nunca suficientemente añorada Album TV pude ver unas cuantas aventuras entre temblores de placer, y con el canal Palomitas me aprovisioné de paciencia y cintas de vídeo vírgenes, y grabé todo lo que pude. Ahora espero una edición en DVD definitiva y, por dios santo, subtitulada. Hace tiempo que quería volver a ver la película, denostadísima por los fans y que a mí, francamente, no me pareció en el momento de su estreno tan obscenamente mala como se decía por ahí. Supongo que al no tener algún virginal recuerdo de infancia relacionado con la serie, la infamia fue menor, pero…

Veamos: el productor Jerry Weintraub (from the Karate Kid fame) compró los derechos de la serie en 1987, y estuvo diez años sin encontrar un guión adecuado (¿oigo murmullos al fondo?), hasta que apareció uno del guionista Don McPherson, autor de la muy bizarra Absolute Beginners, fan fatal de la serie original y que replicaba con frenético ritmo (hasta ese inquietante punto en el que la veneración se transforma en neurosis) todos los lugares comunes de la serie original. Reparto de estrellas, director también muy fan de la serie y hala, a correr.
A diferencia de otros fans, creo que el guión de The Avengers es delicioso. Se permite licencias no demasiado importantes (mostrar cómo se conocieron los personajes, o explicitar un romance al que en la serie nunca se llegó), pero por lo demas, es un sabroso batiburrillo de guiños para fans: esa asociación metereológica de rimbombante nombre (Wonderland Weather Corporation), esos –algunos intrincados, otros más obvios- continuos homenajes a Carroll y su Alicia, esa anciana que no es lo que parece, esa mansión del villano llena de trampas, laberintos, trampantojos de doble filo y filiación escheriana… y sobre todo, esa fenomenal tendencia a la abstracción que, dicen, en la serie original se debía a limitaciones presupuestarias, pero que en la versión fílmica es imitada con delirante rigor. Son las imágenes de la bella, inquietante (y extremadamente vacía) campiña inglesa, o de ese fenomenal arranque de la película, en el que Steed se enfrenta a unos cuantos habitantes de pega de un pueblecillo desolado que, en metafórico guiño, parece un decorado porque es un decorado. O también de ese Londres devastado en el clímax final, en el que vemos caer hechos trizas algunos monumentos emblemáticos, pero a ni una sola persona. Es propio de la serie, en fin, todo lo que rodea al villano interpretado con algo de desgana por Sean Connery: el maquiavélico plan de manipulación de fenómenos atmosféricos, el duelo final, sus aristocráticos dominios, la reunión de ositos de peluche (quizás la imagen más icónica y absurda de la película), los coqueteos con la heroína, el misterioso doble de la señora Peel, el laberinto formado con setos…
El problema, cómo no, está en los actores. A pesar de un muy adecuado gesto entre narcotizado e infantil de Ralph Fiennes en su encarnación de Steed, a su interpretación le falta la ironía del original. Uma Thurman como la señora Peel es, sin duda, lo peor del conjunto: la culpa es suya por aceptar un papel de tal carga icónica que nadie en su sano juicio se atrevería a intentar rehacer, pero en cualquier caso, confunde la enigmática sonrisa de Diana Rigg con pura y simple antipatía y un aire sabihondo que la distancia (y no precisamente para mejor) de la Peel original. La falta de química entre los protagonistas es total: una pena, porque alguno de los otros nombres que sonaban para dar vida a la simpar dama (Elizabeth Shue en cabeza) podría haber dado más de sí.
Lástima de guión… y lástima de oportunidad desaprovechada. Tardaremos en volver a ver a Steed y la señora Peel por las salas de cine.
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