La muerte de la ironía

Esto ya lo sabía mi sensei Lindyhomer desde hace tiempo, y de hecho lo expresó mucho mejor (y menos cínicamente) con un post en la lista de Mondo Brutto con el que, por lo visto, sólo me impresioné yo. Ahora no lo tengo a mano, pero básicamente acusaba de cobardes y miserables a quienes se escudan demasiado a menudo en el cómodo refugio de la ironía, ese jijiji-jajaja para amiguetes que, la mayoría de las veces, no conduce a ningún sitio, ni dialectica ni moralmente. Yo, aún entendiendo y admirando su postura, no terminaba de verlo claro, supongo que porque yo mismo me he rendido a los encantos del Manejo De La Ironía muy a menudo. Es que es fácil: ¿no te gusta una película? Hablas de ella exageradamente bien. ¿No te gusta un juego? Hablas de lo que molaban todos los anteriores de su responsable, cargando las tintas. ¿No te gusta una canción? La tarareas con deje quedón.

Las señales acerca de lo equivocado que estaba me llegaban desde hacía tiempo. Concretamente, desde los primeros tiempos de los Focomelos. Aún hoy (hace un par de días, de hecho) me llegaban a mi correo emails de gente que acaba de descubrir los Focomelos, nos felicita por nuestro sentido del humor, patatín, patatán, y dice cosas como decía este nuevo fan, que ”felicidades por el tono hijoputil de “Mami, me he tragado el disco de Depeche Mode”. ¿Qué? ¿Tono hijoputil? Le respondí: “No sé exactamente en qué momento de la canción nos has malinterpretado, pero yo la veo como una canción más bien tirando a ingenua”. Es más, y lo siento si derrumbo algún mito, porque estas cosas no deben hacerse (explicar, no se debe explicar; tampoco se debe explicar que se está explicando; ya h hecho las dos cosas, diantre): la interpretación correcta de “Mami…” es LITERAL. Es decir, es una canción que trata sobre un niño que se traga un disco y su madre le dice que se ha tragado otro y no le pasa nada, así que no se preocupe, cosa que es obviamente falsa, porque ESTÁN CANTANDO. Ese es el punch-line, ni reflexiones metagenéricas sobre la vacuidad del tecnopop (esto lo he llegado a leer, se lo crean o no) ni sarcásticos mecanismos de autoconmiseración electroclash (esto no lo he leído, pero fijo que alguien lo ha escrito). Lo peor del abuso de los códigos irónicos es que acaba con la literalidad, que es una de las grandes bellezas de nuestro idiomas. Si no se pueden interpretar las cosas exactamente como te las están comunicando, ¿qué sentido tiene, para empezar, el comunicarlas? Si la interpretación irónica exige buscarle los tres pies al gato en todo momento, ¿cuándo nos daremos cuenta de que la mayoría de las veces el gato tiene cuatro?

A mí la cosa que me pasa es que soy extremadamente simple. Nunca he servido para interpretar las dobles lecturas, y por eso no las proporciono. A mí los Monty Python nunca me parecieron irónicos, porque siempre me ha hecho más gracia sumergirme en el absurdo de la literalidad que en una leve variación hiriente de la realidad. Es un escudo bastante cobarde, porque es muy sencillo ser irónico, es extremadamente fácil. Lo complicado es hacer reir, llorar y gritar sin el colchón de “Ah, no, es que estaba siendo irónico”. Es la diferencia entre el PutoKrio (que nunca, ni en vivo ni en diferido ha sido irónico) y El Club de la Comedia, la diferencia entre estar vivo y ser un zombi.

Y que sepan que la culpa es de ustedes por preguntar si “Ponme una raya y llámame tonto” va en serio.

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