Iconografía variada

Agotado el poder evocador -el mensaje, digamos-, que antes tenían los tebeos de superhéroes para mí, sigo refugiándome de forma pauloviana casi, como un poseso sin sentido de la medida, en la estética. La estética de máscaras, disfraces, paranoia, desequilibrio y violencia que todo comic-book lleva tatuada, aunque sea contra su voluntad. Por eso casi he acabado prefiriendo un buen libro de láminas y posturitas con capas ondeando al viento que la enésima revisitación de los orígenes y las motivaciones del altruísta enmascarado de turno.

De todos los logos y símbolos que el género ha dado, quizás mis favoritos sigan siendo los de DC, héroes mucho más conceptuales que los homeless/inadaptados/nerds/megalómanos hipervitaminados de la Marvel. (Otra cosa es que hasta ahora mismo hayamos tenido más acceso a los llorones de Marvel. A partir de ahora… veremos). En DC los poderes de los héroes apelan a conceptos mucho más básicos (“hombre todopoderoso”, “hombre zoomórfico que da miedo”, “hombre que corre muy rápido”, “supermujer”) sus trajes son más pop y las señales con las que comunican su condición tienen una cualidad atávica muy superior: de ahí que los logos que ostentan los pechos de, por ejemplo, Flash o Green Lantern, sean perfectos de puro esquemáticos, prodigios de diseño simbólico que no ha cambiado (ni cambiará, posiblemente) en décadas. La única excepción posible es Superman, cuyo abigarrada “S”, digan lo que digan los teóricos pop, siempre me ha parecido un horror anticuado y feúcho. El premio gordo, cómo no, es para Batman, cuyo murciélago ha cambiado con el paso de los años (mi preferido es el de los años cuarenta, de largas alas que se extienden hacia los sobacos del héroe, aún sin el círculo amarillo que le propinaría Carmine Infantino en los sesenta), pero que sigue siendo, por encima del arañote de Spider-Man, mi logo heroico favorito.

Y pareja a su evolución como héroe (esta sí, fascinante en casi todas sus etapas) han ido las mutaciones de la cabecera de los tebeos. En esta galería que encuentro a través de Oink! tienen todas las formas que ha tomado la palabra Batman encabezando los comic-books protagonizados por el hombre murciélago. ¿Mis favoritos? Sin duda, el de 1965 y el que señala el autor como mejor, creado en 1972. Curiosamente para el año que es, el de 2003 también es contundente, simbólico y tenebroso. Los peores, como no podía ser de otro modo, los de finales de los ochenta y principios de los noventa, aunque la atormentada oblicuidad de la batsilueta que rodea al título en la cabecera de 1987 también es un prodigio de diseño atemporal.

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