Méome
A grandes rasgos, abomino del rollito prank, que tan de moda se puso en los noventa. Es decir: la broma pesada, normalmente telefónica, grabada y difundida para gozo y disfrute de fanáticos del humor chusco. Una actividad saludable, e incluso necesaria en grupos reducidos de inadaptados sociales de nivel suave acabó hastiándome, como no, gracias a la penosa importación del concepto que trajimos a esta zona del hemisferio. No había programa radiofónico de los odiosamente llamados “despertador” (en cabeza, ese titán del malrrollismo vocal llamado José Antonio Abellán) que no tuviera su sección de chascarrillos telefónicos, y que consistía básicamente, en llamar a un anciano, un analfabeto o un facha (o las tres cosas a la vez, que abundan) y decirle que si ha encargado él un ataúd en el que suena Highway to Hell por unos altavoces incorporados y que le cargan el costo del tuneado a su cuenta bancaria, o que tienen en el almacén su pedido de trescientos cincuenta vibradores tailandeses, y que le han enviado uno envuelto en celofán a su suegra con una nota dedicada. Bromas en las que, en un momento dado, y tal como tengo los chakras hasta las doce del mediodía, yo mismo o cualquiera de ustedes podríamos picar, pero que no tienen ningún mérito: con un cómplice y unos cuantos datos personales más o menos íntimos, cualquiera puede convencer a otro cualquiera de cualquier cosa.
Hay otros tipos de pranksters, ojito, que sí que me hacen gracia. Hasta el flato de la risa. Uno de ellos es el que usa su propio cuerpo o su propia imagen de bromista como blanco del chiste, que suele ser de una puesta en escena práctica espectacular. Estoy hablando de Jackass y derivados, por supuesto: un caso, además, en el que mis carcajadas por lo cómico/épico de las bromas se tiñen de una turbia admiración complicada de explicar, y mucho más de justificr. Mi otro tipo de bromista disculpable es el que elige a sus víctimas no al azar o según su ingenuidad o inferioridad comparativa, sino que lo que escoge es la situación. Busca un ritual, una costumbre, una regla, una ley que tiene algún agujero y usa la broma para forzarla. Hasta donde pueda. Hasta el infinito teórico, que se puede a menudo. Es decir, hasta que la situación se vuelve insostenible, hasta que la víctima de la broma se ve envuelta no en una situación incomoda ni embarazosa ni irritante, sino sencillamente demencial. Una de las bromas de ese tipo que más me ha hecho reir últimamente, por su sencillez y efectividad, es la Broma de la tarjeta de crédito. En ella, el bromista intenta responder a la pregunta “¿Hasta qué punto puedo enloquecer mi firma al pagar con tarjeta de crédito sin que me llamen la atención?”. Los resultados son hilarantes, y les recomiendo que no se pierdan ni las instantáneas de las firmas ni los comentarios del hijodeputa: equis, celdas llenas de recuadros, ¡¡monigotes!!, ¡¡¡¡”Zeus”!!!! Y la cosa se pone mucho mejor, con un segundo bromista que le busca las cosquillas al sistema capitalista desde sus mismas tripas. Para nuestro solaz y diversión.
Y no se pierdan el resto de la web Zug, llena de momentos dignos de sketch del Flying Circus, como los imaginativos intentos de comprar viagra on-line para llevar a cabo la muy conceptual performance de zampársela en la iglesia, o las mil y una posibilidades cómicas de la frase (registrada) “I can’t believe it’s yogurt!”. No es el tipo de gente a la que invitaría a mi boda, pero sí, desde luego, de la que invitaría a mi entierro. Total, yo iba a ser el único a salvo…
Nota: Hoy han colgado un mp3 y temen que el tráfico de las descargas les deje el ancho de banda hecho unos zorros, así que si no les tira, inténtenlo mañana. That’s life.













