DVD: House of 1.000 Corpses

Bienvenidos a la sección deuvedera del Focoblog. Ocasionalmente, cuando me dé la gana, postearé reseñas de películas que voy viendo o revisitando en mi santa casa. No vamos a analizar los DVDs y sus extras con precisión quirúrgica (salvo excepciones… bah, olviden esta regla). De hecho, esta sección se llama así sólo por eufemismear (no me refiero a “DVD”, no; tiene todos los votos para llevarse el gato al agua el palíndromo fonético “¡Debe de ser! ¡Es DVD!”; enhorabuena, Casimiro), porque ya saben que me nutro en gran parte de la mula y su ritmo trotoncete. EN REALIDAD, no había necesidad de hacer una sección, pero es sólo la punta del iceberg que supondrá la estructuración por categorías del Focoblog, que se producirá en algún momento esta semana, si a nuestra webmistress la Focomela le conceden la gracia de permitirle salir algún día del curro antes de la once de la noche, cosa que nos agradará a mí, a ustedes, y sobre todo, a ella misma. Permanezcan atentos. Mientras, disfruten de la primera entrega: La Casa de los 1000 Cadáveres.

LA CASA DE LOS 1.000 CADÁVERES
Título original: House of 1000 Corpses
Dir: Rob Zombie
Int: Chad Bannon, Karen Black, Erin Daniels.

Aunque sólo funcionara como sentido (sentido desde las tripas, casi sentado) homenaje al raw horror de los setenta y primeros ochenta, a las películas de violaciones y a los psicópatas del gótico americano sin domesticar, La Casa de los 1.000 Cadáveres ya cubriría todas mis expectativas. Sin embargo, su caligrafía costrosa y su obscena intención de ofrecer las imágenes de mayor impacto vistas en una película de terror comercial desde que los ídolos confesos de Rob Zombie comenzaron a filmar telefilmes para ganarse las habichuelas, esconden en realidad pulsiones más elaboradas que el simple impacto directo.


La Casa de los 1.000 Cadáveres
es, en cierto modo, la antítesis estética y moral del reciente –y, por otra parte, estupendo- remake de La Matanza de Texas. Mientras que la película de Marcus Nispel ha intentado imitar el perverso ambiente de putrefacción de su modelo a través de un elaborado y muy industrioso discurso de tranformación del bajo presupuesto en alto, para volver a disfrazarlo de bajo en un proceso mareante, la película de Rob Zombie sólo tiene que limitarse a ser ella misma. Igual que Tobe Hooper sólo tuvo que filmar la película que podía filmar partiendo de unas intenciones (dar miedo apelando a las pulsiones más elementales del espectador) y un presupuestomuy definido (cero). Del mismo modo, La Casa de los 1000 Cadáveres sólo tiene que ser la película que puede ser: economia reducidísima, voluntariamente alejada (la economía y ella misma) del cine de terror de Hollywood, y sin avergonzarse lo más mínimo de dónde tiene los modelos. Y sale lo que sale. Una película, a su manera, más honesta que las nuevas Amanecer de los Muertos y La Matanza de Texas, ya que el batiburrillo de referencias no es un guiño para fans. Es su propio esqueleto. Por eso, en su crudeza, en su humor borde y en su atmósfera de demencia radica su fuerza: no son pose. La Casa de los 1000 Cadáveres es así de animal por naturaleza. Da miedo, ¿eh?

A diferencia de otras películas (esas mismas obras originales de las que beben estos 1000 cadáveres) que comienzan presentando a personajes con los que el espectador se puede identificar con facilidad, aquí se capuza a éste de golpe en un universo de locos, en el que un tío vestido de payaso regenta una estación de servicio que también hace las veces de show de freaks disecados, en el que despacha a un par de atracadores como la buena tradición redneck enseña: a través de la humillación y la fuerza bruta. Igual de reveladora es la rubia Baby, que inmediatamente sabemos de qué lado está. La película es tan honesta con sus propios monstruos y con el espectador que resulta desconcertante, acostumbrados como estamos a que la ocultación de bios e intenciones de los personajes sea parte del trato que, como espectadores, firmamos implícitamente al comenzar cualquier película de terror.

Sabemos que en cualquier película de terror posterior a Viernes, 13 los jóvenes extraños al entorno donde se desarrolla la acción son carne de matadero. La noticia compensatoria es que La Casa de los 1.000 Cadáveres no juega a disimularlo, sino a subrayarlo. La Casa… es un monumental eco del tópico, y en vez de debilitar el mito, lo fortifica, porque no lo desgasta: lo apuntala. El hecho de que los chicos estén escribiendo un libro sobre la América profunda y su cultura, masticándolo y frivolizándolo de paso para que lo consuman los niñatos de la ciudad, es decir, el hecho de que sean teóricos de la cultura redneck a los que la praxis les da con un mazo en la jeta, es una curiosa vuelta de tuerca a lo chicos desbordantes de sensualidad y colocones que tropiezan con la barrera moral del gótico americano. Pero Rob Zombie no lo plantea a través de un juego de espejos ni de una parodia post-Scream, sino que lo hace hiperevolucionando todos los referentes setenteros. En ese sentido, que el cicerone de los jóvenes, el Capitán Spaulding dirija un tren del terror decorado con famosos asesinos en serie rednecks es la actualización perfecta de la ocupación como matarifes de la familia de La Matanza de Texas. Imposible ser más preciso e inteligente con la actualización: ¡los posmodernos son las víctimas, no Rob Zombie!

Esta honestidad se contagia a la atropellada sintaxis fílmica: el uso del montaje y el sonido es hiperexpresivo. Rob Zombie inaugura (o hereda) una forma redneck de hacer cine. Los golpes, las carcajadas enloquecidas, los coscorrones, los disparos, las hemorragias están subrayadas con repeticiones de plano, con ecos, con distorsiones, dando lugar a la película de terror más sensorializada desde los primeros giallos de Dario Argento, con los que esta película comparte un inesperado buen gusto a la hora de extender su paleta de colores, de plasmar su fotografía. Los mejores ejemplos: los espeluznantes créditos iniciales, una pequeña obra maestra de collage bruto, y las cortinillas que convierten los atroces hechos que cuenta la película en una especie de fruto de la MTV regurgitado desde la América Del Terror después de un empacho de televisión de madrugada: películas oscuras de los años cuarenta + teletienda + porno blando. En la media hora final, la banda sonora está compuesta casi íntegramente por ruidos guturales, gritos, onomatopeyas y palabras inconexas o inexistentes. Como colofón de este jamcuco redneck contagiado a la gramática como cineasta de Rob Zombie tenemos a los menús del DVD, con los tres principales asesinos de la película contando chistes, presentando contenidos extras y soltando flatulencias entre carcajadas y grititos: absolutamente contraproducentes para aquellos que gustan de tomarse el género en serio, pero ideales para quienes piensan que Escóndete y Tiembla era la versión gozosamente ebria de La Matanza de Texas. Y todo ello camuflado (pero orgullosamente) de subproducto terrorífico para consumo juvenil, presumiendo de un semiartificial hálito de película maldita gracias a los oportunos vaivenes que tuvo la película antes de ser distribuida. Un encaje de bolillos, vaya.

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