ZonaDeVicio Reloaded: Axel Boys Quartet

Como saben bastantes de ustedes, al principio no había nada, y luego estuvo ZonaDeVicio, una web con estructura de protoblog antes de que la mayoría de los bloggers que nos asolan aprendieran a decir “gugú”. Allí conocí al Adultolescente y a numerosos comentaristas y colaboradores de este Focoblog y de Mondo Pixel. Decidido a recuperar parte de su legado, les ofrezco repasado y corregido uno de los artículos más extensos que escribí para su sección de música: un repaso a la breve pero sublime carrera de los fenomenales Axel Boys Quartet.

Partamos del principio universalmente aceptado de que el sentido del humor es saludable. Entonces, ¿por qué demonios es tan difícil encontrar en la música pop no ya sentido del humor, que sería de perogrullo, sino gags musicales, chascarrillos cantados y rimas de la risa? En España siempre hemos tenido ejemplos más o menos tristes de lo que se ha acabado popularizando como “rock tuno”, es decir, Mojinos Escozíos, Inhumanos y No Me Pises Que Llevo Chanclas. Y aunque aquí hay grupos con coña infinitamente mejores que los citados (ese Siniestro Total de mis amores, gran parte de los conjuntos de la movida), y allende los mares sí que hay ejemplos de chanzas pop de qualité (ejemplos no, gracias, que sería completamente injusto elegir a unos y a otros no, aunque no me resisto a citar a The Bloodhound Gang como uno de los surtidores humorísticos más depurados de la reciente historia del pop), hace falta, en general, más ligereza, más coña inteligente y menos poses atormentadas de postalita para asustar a adolescentes.

De lo que hay notoria ausencia, en Europa al menos, es de más de lo que los americanos llaman novelty, un subgénero que clava sus raíces en los mismos orígenes del rythm & blues y el jazz en lo musical, y en el music-hall en lo filosófico. El novelty fue evolucionando al mismo tiempo que el rock y el pop, siempre replicando y parodiando las listas de éxitos, y poniendo en evidencia los tópicos y el mamoneo que han alimentado, desde siempre, las pantanosas aguas del rock’n’roll. Actualmente es un señor subgénero en Estados Unidos, con artistas ya clásicass como Weird Al Yankovic o Dr. Demento, que se burlan de todas y cada una de la estrellas de la música popular que en el mundo han sido. El equivalente musical a lo que los primeros números de MAD fueron a los tebeos.

Pues bien, Axel Boys Quartet es un grupo novelty… danés. Salido de una calenturienta imaginación centroeuropea que aún no tengo identificada (el juego de espejos y seudónimos es tan denso que aún no sé si detrás del invento hay cuatro, diez o treinta personas), Axel Boys y los suyos agarran las convenciones estéticas y, por qué no decirlo, morales del pop de los noventa, las devoran y las regurgitan. El resultado es un producto (porque Axel Boys Quartet es un producto de laboratorio, por suerte para todos, y a mucha honra), absolutamente único y desconcertante, que duró, hasta donde sabe un servidor, dos únicos discos: el contundente y redondo “Everybody Else”, y el irregular pero aún así magnífico “Casino Royal”.

Axel Boys Quartet se disfrazan… ¿o no? ¿es real esta gente? Asumamos, por ejemplo, que los B-52’s o Marylin Manson son reales… ¿por qué no van a serlo Axel Boys y compañía? ¿No seremos más bien nosotros quienes vamos disfrazados?… Se disfrazan, decía, de ultracool y maxigroovy pequeña orquesta sesentera / setentera (según el caso) de música lounge. Por etiquetar así a la ligera. Axel Boys es un crooner (con perdón del abuso de extranjerismos, pero en España, por desgracia, no hay equivalentes para estos términos, y así nos va) acompañado de tres músicos de excepción y que, como cualquier cantante de su estilo que se precie, no compone, sino que hace suyos éxitos ajenos. Axel Boys es una parodia (insisto: si yo he entendido el chiste; que también es posible que Axel sea tal cual… en cuyo caso estaríamos hablando, directamente, de una divinidad encarnada), de hecho, una parodia hipervitaminada y llena de mala leche de gente como Frank Sinatra o, aún más claramente, Tom Jones: mujeriego, seductor, algo paleto, teledirigido por un cerebro en la sombra (dos en este caso) y con mucha, mucha clase, como él mismo se encarga de proclamar a los cuatro vientos en la rumbosa versión que se marca de “Mr. Vain”. Esa clase y ese estilo de cartón piedra propio de Las Vegas, como ellos mismos harían explícito en “Casino Royal”, y que utilizan para, alternativamente, deificar y defenestrar los últimos éxitos del pop intrascendente. La música de ascensor, los excesos orquestales, los arreglos de posproducción entendidos como un plato de spaguetti al que siempre se le puede añadir más y más sustancia, pero manipulados para que sirvan de arma arrojadiza hacia nuestros prejuicios y nuestro limitadito sentido de la ética y la estética musical. Veamos cómo lo lograron.

El primer disco de Axel Boys Quartet se titula “Everybody else”, es decir, “Todos los demás”, primer dardo envenenado de un disco de versiones que, así, divide al panorama pop en dos: Axel Boys Quartet, y el resto. Un guiño cómplice al legendario ego de los crooners clásicos. La vanidad casi clasista de Axel Boys y los suyos no acaba ahí: el libreto de “Everybody else” cuenta cómo los cuatro componentes del grupo se conocieron en el colegio debido a que “tenían un interés mutuo en la música no sólo como oyentes, sino también como contribuidores a la afluencia contemporánea de melodías agradables”. Y concluyen con una sarcástica, y también paródica frase propia del típico ego de la estrella del pop: “La gente suele decir que tenemos suerte. Es extraño, cuanto más duro trabajamos, más suerte tenemos”. Y eso no es todo: el libreto incluye la biografía de los pretendidos cerebros del proyecto, dos terroríficos gemelos que se hacen llamar Juhl Brothers, que creen que “cualquiera, independientemente del país en el que viva, responderá favorablemente a una buena canción, sobre todo si está bien interpretada y el tempo es el correcto para bailar”. Todo parece fácil en el universo Axel Boys, cuando “los candelabros están encendidos, se sirven bebidas exóticas sin alcohol y durante los descansos en la grabación todos pasean por el maravilloso parque que rodea los Axel Boys Studios”.

La ironía, intermitentemente cruel, está clara. Todo esto podría ser serio, pasado de moda si se quiere, pero serio, si se estuviera hablando de los típicos standards de toda la vida: “Strangers in the night”, “My way”, “Green, green grass of home”, “Come Dance With Me” o “I’s not inusual”, es decir, lo que vino a ser el estupendo pero algo señorito “Swing when you’re winning” de Robbie Williams. Pero es que las canciones versioneadas en “Everybody else” son clásicos del eurobeat, ese estilo mezcla de electro masticadito y pop verbenero que arrasó en las pistas de baile durante los noventa: “Scatman”, “Saturday Night”, “Give it Up”, “Dub-I-Dub”… genuínos ejemplos de lo peorcito de la música de usar y tirar de los noventa, que en manos de Axel Boys se convierten en… piezas de cámara. En efecto, los arreglos de, ejem, los Juhl Brothers a base de percusión caribeña, una sección de vientos impresionante y esos típicos ritmos melifluos y lánguidos de música de consulta de dentista, destapan nuevas virtudes de estas canciones, que hasta escuchar a Axel habían pasado inadvertidas.

Porque así, desde luego, nos damos cuenta de la gloriosa estupidez, puro caramelo pop, de letras como la de “Dub-I-Dub”, cuyo estribillo es el magnífico “Dub-I-Dub-I-Dub-I-Dub-Dub-Dub, Dub-I-Dub-I-Dub-I-Yes! Dub-I-Dub-I-Dub-I-Dub-Dub-Dub I don’t need your love… anymore”, o de “Give It Up”, que dice “Lalalalalalalalalalalalalala, baby give it up, give it up, baby give it up”. Es decir, en un contexto de música disco no nos percatamos de la desnudez estética de estas canciones, porque estamos acostumbrados a que las letras sean machaconas y básicas, pero cuando la música es tan sofisticada, rebosante de arreglos orquestales, como la de Axel Boys, cuando las repeticiones interminables no se deben a los samplers o a los efectos sino a que los propios cantantes y coros repiten una y otra vez las mismas frases, de una candidez y una torpeza emocional enternecedoras, ahí es donde Axel Boys y compañía brillan con luz propia.

Porque Axel Boys Quartet no sólo dignifica a sus referentes por la vía del efecto boomerang (y eso), sino que alcanza momentos de genuíno sub-lirismo, ese que sólo pueden pellizcar (y enseñar) los arqueólogos de la antibelleza, aquellos superdotados capaces de escarbar en la basura para encontrar auténticas perlas de preciosismo deformado. Por ejemplo, “All That She Wants” de Ace of Base, que ya era todo un taladro de primera categoría para bouquets del pop-kleenex. O “It Must Have Been Love” de Roxette, ese clásico del baladorrio noventero para discopubs de relumbrón, que alcanza aquí cotas de lirismo insospechadas gracias a los arreglos que convierten a la canción en una deliciosa serenata de tópicos pop. O la también estupenda “Saturday Night”, transformada aquí en delirante chá-chá-chá bastardo, tan bailable como el original y con la fuerza de esos coros ya convertidos en un clásico del eurobeat. Es decir, que Axel Boys utiliza la ironía para reivindicar a la inversa, para poner en su justo lugar a sinfonías del descerebre como todas las que conforman “Everybody Else” (a excepción de dos canciones originales, las respectivas sintonías para unas presuntas serie de televisión y película que yo daría el brazo derecho por que se rodaran).

Lo que hace que Axel Boys no acabe convertido en el cabecilla de una fanfarria de pueblo, o directamente una tuna, es que el chiste está construído de forma creíble. Es decir, los componentes de Axel Boys Quartet van vestidos como una genuína orquestilla setentera que se ha dado un trastazo en el túnel del tiempo y ha aparecido a finales de los noventa. Musicalmente son impecables, casi diría yo que son músicos de conservatorio: convierten en sinfonías pop lo que antes eran piececillas de usar y tirar, música construída para escalar en las listas y ser olvidada poco después.

Este peculiar proceso de deconstrucción del pop de las dos últimas décadas prosiguió con “Casino Royale”, un trabajo que confirmó las sospechas que apuntaba “Everybody Else”: los logros de su debut no eran casuales. Procedían de una estudiada pose de francotirador musical, camuflado no en la espesura de la jungla, sino en el mismo corazón de la jet set. El enemigo estaba dentro. Los fans hubiéramos preferido quizás una ampliación de las tesis de “Everybody Else”, como por ejemplo un disco dedicado íntegramente a las frívolas divas del eurodisco en una demolición paso a paso del curioso papel de las féminas en la siempre abominable cultura de club en los albores de la década pasada. Pero Axel Boys Quartet prefirió avanzar por un tipo de versiones de tipo más cómico, ya entrando directamente en el terreno de lo extremadamente pop-ular.

El mensaje de “Casino Royale”, por una parte, redunda en el de “Everybody Else”. Cualquier cosa puede ser melódica, parece entonar Axel entre gorgoritos y la quincuagésima capa de arreglos barrocos (pero pop). Es más, si en su debut la coda de esta moraleja era “De hecho, jamás sospecharías que algo así puede ser melódico”, en esta ocasión, la apostilla es “Y tú ya sospechabas que esto podía ser melódico”. El juego de espejos en “Casino Royale” es mucho más obvio, pero igualmente fascinante: los modelos elegidos ya no proceden de la discoteca, sino de las sesiones vespertinas de la MTV. Will Smith, Whitney Houston, Aqua, No Doubt… lo más granado del pop reciclable de los últimos tiempos.

En “Casino Royale” se juega a resaltar lo obvio, a hacer evidente un juego de placeres culpables que (lo he comprobado) confunde profundamente a pretendidos melómanos pop para quienes St. Germain son el ejemplo perfecto de un lirismo del tres por cuatro. La labor de Axel Boys Quartet es aquí mucho menos de reinterpretación, y más de demostración: en efecto, no hace falta un gran esfuerzo para convertir en joyas camp y festivas a clásicos de la cultura de la necedad como “Barbie Girl” o “All ‘bout the Money”.

El único pero, por esa misma razón, que se le puede echar en cara a “Casino Royale” es la mecánica precisión con la que se llevan a cabo las versiones, de tal modo que, por primera vez, hay canciones levemente olvidables: lo son cuando los originales son mediocres y no tienen relevancia ni como megabasura pop ni como bisutería disco. Es el caso del “Believe” de Cher o el “Men in Black” de Will Smith, pavisosos originales transformados en marchosos standards, gracias al inefable estribillo y el delicioso control de la voz de Axel en la primera, y el equivalente lounge al rapeado de Will Smith en la segunda, plagando el tema de esos neologismos y convenciones del hip hop para todos los públicos de los noventa. Gustan, pero no marcan.

Dejando estos dos peros de lado, el resto del disco es una delicia, a pesar de algunos momentos odiosamente obvios: hay, de nuevo, un tema original, “Casino Royal”, pletórica parodia de esa fusión conceptualmente absurda entre ritmos latinos y lujo lounge de andar por casa tan típica de hace unas décadas. Pero los mejores momentos llegan con la demencial selección de canciones pop versioneadas. Por ejemplo, “Axel’s Back”, un remedo orientalizado del “Backstreet’s Back” de Backstreet Boys en el que apenas hay que modificar nada para dotarla de comicidad, dada la divertida estulticia de la letra original, que aquí funciona como una sarta de tópicos abstractos absolutamente descontextualizados, entre los que destaca la frase, eterna y fascinantemente estúpida, de “Wave in the air like you don’t care” de la que ya se cachondearon lo suyo Bloodhound Gang. En la misma onda se mueve “Barbie Girl”, una absoluta delicia que podría haber convertido a Axel Boys en un grupo masivo: maravillosa intervención de las cuerdas e increíble dignificación del original, que ya era una de las mejores canciones de pop masivo de los noventa. Lo mejor de este “Barbie Girl”, sin embargo, es el videoclip (incluído, en varios idiomas, en el CD original de “Casino Royale”), toda una declaración de principios, en los que los Boys de Axel discuten acerca del terco protagonismo que éste acapara en todas sus intervenciones a pesar de que para nada es el cerebro del grupo. Otra irónica vuelta de tuerca a los tópicos del grupo de rock, sus roces y sus miserias, en un videoclip que explota al cien por cien la aberrante estética de lentejuelas y esmoquins del grupo y su sonido insultantemente sobón. Otro éxito coyuntural transformado en épica dramática de cartón piedra es “Don’t Speak” de No Doubt, el “It Must Have Been Love” de “Casino Royale”: gracias al tono frívolón y de falso dramatismo de Axel y los suyos, la sarta de tópicos que compusieron los americanos se convierte en una exquisita remezcla de la canción original que contiene el estilo de las baladas para adultos de los noventa, swing refrito y easy-listening flojero. Una joyita.

Más pop atorrante ofrece la que es, junto con “Barbie Girl”, el gran hit del conjunto: “I’ll Always Love You” (con el ojo puesto más en la versión de Whitney Houston que en la original de Dolly Parton, obviamente). El logro está en mezclar, con diáfana mala baba, la letra original con la pegadiza melodía del estandarazo “It’s not inusual”, con lo que el homenaje es doble y la potenciación de la tragedia de cartón piedra del original, sublime. Conceptualmente inmensa y musicalmente divertidísima, “I’ll Always Love You” es la prueba definitiva de que Axel Boys estaban muy por encima de, por ejemplo, su competidor más directo, Mike Flowers Pop, que a pesar de aciertos puntuales en su “Groovy Place” (la versión del “1999” de Prince, el medley de antihits de la Velvet), adolecía de un defecto que, hasta donde yo recuerdo, nadie le echó en cara: Mike Flowers, realmente, creía que payasos como Björk, Oasis o The Doors molaban, por encima de pequeñas chanzas en versión lounge. Es decir, cuando Mike Flowers se quita el pelucón, se pone un disco de los Chemical Brothers. Axel Boys, pelucón aparte, siempre dan la impresión de que cuando no están acompañados de una orquesta de cámara, siguen escuchando a Roxette, a Whigfield y a Tom Jones. Que todo eso es compatible, porque yo lo hago: el chiste de Axel Boys Quartet es infinitamente más compacto que el de sus muchos imitadores y precedentes.

Hay más, mucho más en “Casino Royale”: “All’bout the Money” recupera el tono de “Everybody Else” con una dignificación de otro clásico menor del eurobeat, esta vez con el mítico estribillo “It’s all about the money / it’s all about the dum-dum-daradi-dum / I don’t think it’s funny”: otro ajuste de cuentas sin prejuicios de género. Mucho antes de que a Metallica le diera por orquestar sus turros metaleros, Axel Boys ya tuvo esa idea, despachándose a gusto con el clásico melenudo “Nothing Else Matters”, una apropiación del mensaje implícito en la canción –totalmente coherente con las intenciones de Axel & Co.- en clave de swing marchoso, que puede hacer que se desestabilicen los prejuicios del blackmetalista más cejijunto, y que redunda en una inquietante moraleja, también aplicable a la algo tuna pero absolutamente sublime “The Final Countdown” al estilo mariachi que cierra este trasto. Y, como no, esa “Macarena” versión balada chorreosa para cuarentonas cuya comicidad es pelín más obvia de lo que acostumbra Axel Boys… lo que no suaviza, por otra parte, ni un ápice de la mala baba que destila.

Un artefacto, en fin, que supone un triste adiós (y a pesar de las imitaciones, ignorado… actualmente es imposible encontrar ni rastro de información decente sobre ellos) para uno de los conceptos más atrevidos del pop moderno. Particularmente, me recuerdan a Sigue Sigue Sputnik: vilipendiados en su momento, ignorados hasta hace nada (ni a los más modernos del lugar les gustaba hace dos años “Love Missile F1-11”)… pero cada vez que recuerdo la gloriosa consigna del BoSSS “Evolution will be televised” se me ponen los pelos como escarpias. Pues más de lo mismo para Axel & Co.: nadie se acuerda de ellos, pero veremos en unos años qué resulta más genuíno, si “Saturday Night” o los intragables mohínes de Björk.

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