No sabiendo que era pecado
La añorada Sarah Ingram posteó recientemente en la lista brutta las direcciones de un par de webs con estructura de blog colectivo que posiblemente los más modernos del lugar ya conocían, pero que a mí me han tenido absorto durante un par de días. Uno de ellos es GroupHug.Us, y el otro, Not Proud. Ambos son recintos abiertos para el desahogo anónimo, en el que se entra, se exabrupta un pecado, pecadillo o pecadote, y sale uno por donde ha entrado, sabiendo que su lloriqueo va a ser pasto de millones de voyeurs virtuales. Lo triste, lo excitante del caso es que nadie ofrece apoyo, no hay posibilidad de comentarios, es simplemente un grito furioso, muchas veces desesperado, buscando una redención que no va a llegar porque nadie verdaderamente implicado en la onda expansiva de ese pecado va a escuchar la catarsis o a saber que la está escuchando. Es la gran miseria de internet a la enésima potencia, y es maravilloso precisamente por eso. Not Proud, que organiza sus confesiones por pecados capitales, ha editado un libro recopilando las mejores y más extraordinarias confesiones que han llegado hasta ellos, pero francamente, no creo que el formato impreso tenga el impacto de la web, posiblemente debido a que las palabras de la web se las lleva el viento virtual, lo que las hace aún más tristonas y melancólicas. Lo fascinante, creo que lo que realmente me desarma de todo esto es la variedad de tonos entre las dintintas confesiones: desde el grito desgarrado (¿cuántas he leído ya que acaban con “I LOVE YOU!!! COME BACK!!!”?¿quince? ¿veinte? ¿cincuenta?) hasta el adolescente que se siente culpable por tonterías (“¡ni siquiera sabía que era pecado!”… me encanta). Cada confesión es un mundo y cada lectura, un cosquilleo culpable.













