Entrada publicada el 29 de Junio de 2005 por John Tones
Con Eunice comentaba el otro día cuestiones acerca de plagios, inspiraciones y disimulos, a colación de este anuncio de Nike para un tour de skate por la Costa Oeste de Estados Unidos o algo así. La cuestión es que el parecido pasa de obvio y entra en el pantanoso terreno de los homenajes no confesos. Particularmente, suelo tener siempre muy buena fe con estas cosas, y creo que el hecho de que el color de la imagen esté virada de un modo tan idénticamente agresivo y, sobre todo, el guiño de Minor-Major, me hacen pensar que quien creó el anuncio no iba por el camino de “Uy, qué bien pensada esta imagen, seguro que nadie la conoce, vamos a copiarla”, sino que más bien se planteó hacer una reverencia velada a un icono de la cultura skate. El problema no está en la-malvada-corporación-ultracapitalista-Nike, sino…
… en los receptores. El cartel está dirigido a un público que, por su edad y, lamentablemente, su base cultural, no conoce al referente. Tampoco seamos ingenuos: Nike lo sabe, y se aprovecha, y si bien no creo que haya que cagarse en Nike por pervertir una imagen clásica de la cultura más radicalmente alternativa de la música popular de las últimas décadas, tampoco confío en que sus intenciones hayan sido honestas en un ciento por ciento. En Dischord, el combativo sello de Ian MacKaye, están que trinan. Oviamente, porque para ellos (y conociendo a MacKaye, no me extraña nada), Nike sí que es EL MAL. Me parece bien, y miren, les apoyo y les doy una palmaditas en las espalda.
En la famosa cadena del infierno, pse una canción de Minor Threat entre mis all-time favourites, y declaré así como quien no quiere la cosa que la voz de Ian MacKaye me cambió la vida. Bien, es cierto, aunque no es tan dramático como suena: es mucho más simple y directo que todo lo que están imaginando. Descubrí a Minor Threat con quince años, a través del EP “Salad Days”. La velocidad, la contundencia y el nervio me llevaron a indagar en el género y, desde los posteriores Fugazi a otros hitos como Black Flag o Descendents, hasta cosas que a veces me temo que solo conozco yo, como Badtown Boys (qué fue de ellos, demonios) o Nomeansno, fui avanzando y retrocediendo en los abismos del jarcor, sumergiéndome también en los abismos de sellos como Alternative Tentacles, y comprando prozines como el lloradísimo Reptil K.O. (prometo… no… JURO post sobre la revistilla en un futuro). Curiosamente, nunca me sumergi en los abismos del thrash o en otros géneros de sufijo –core, más dependiente del metal pesado, supongo que porque no tenía a nadie que me guiara.
Eran días bellos.
Pero ahora lo son más, no me quejo. Pero sí, hay algo claro en todo esto: sólo hay un momento en mi vida en el que he escuchado por primera vez Salad Days o esta joyita que les pego aquí, Good Guys (Don’t Wear White). Si les resulta chocante (para lo que era Minor Threat) el punzante sentido del humor, eso es porque la letra no es de ellos: se trata de una versión de The Standells moderadamente respetuosa con el magnífico original, y en la que MacKaye y los suyos levantaban discretamente el pie del acelerador, pero no de la furia. Escuchada hoy, sigue poniéndome los pelos de punta.
Good Guys (Don’t Wear White)
Minor Threat
I’m a poor boy born in a rut
Some say my manners aint the best
Some of my friends made a whole lot of trouble
And some towns are better than the rest
But tell your momma and your papa
Sometimes good guys dont wear white
Everyday I work hard
At night I spend restless time
Those rich kids and all their lazy money
They can’t hold a candle to mine
So tell your momma and your papa
Sometimes good guys dont wear white
Good guys, bad guys
Which is which?
The white collar worker
Or the digger of the ditch?
Man, who’s to say who’s the better man?
I’m doin the very best I can
Best I can
You thought I had a dirty mind
All those messed up chicks
Of the changing times
Love-filled and easy livin
Can’t come close
To the love that I’ve given
So tell your momma and your papa
Sometimes good guys dont wear white
They don’t wear white
They don’t wear white
They don’t wear white
They don’t wear white
Ah, y otra cosilla: esta noche actualizamos Museo Pajero con nuevo y muy, muy precioso ítem. Perdonen el parón. Vuelven los ítems del demonio.
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Entrada publicada el 27 de Junio de 2005 por John Tones
Cuando creía que volvíamos a ponernos über-cools y les iba a linkar esta maravillosa galería de cintas de cassette, caigo en la cuenta de que ya lo había hecho hace unos cuantos MESES Papel Continuo. No está de mal recordarlo, ahora que parece que, oficialmente, el cassetismo es retro. Como las cintas beta. Los VHS no, los VHS siguen siendo cosa de analogismo rupestre mal considerado.
Irritado y llorón, pues, les dejo con algo de humor basto: 50 razones por las que El Señor de los Anillos apesta. Ya, parece el típico manifiesto del mal, ¿no? Bueno, no. Una de las razones es “¿Homenaje o robo?: El concepto de “enano violento” está basado en Al Pacino”, así que entramos ya en categorías de humor mucho más afines con este blog. Disfruten de razonamientos conceptualmente tan atrevidos como “¿Por qué Frodo no podía ser interpretado por Christopher Walken?”, y de paso, miren lo que se perdieron el viernes, cortesía de la pizpireta Eunice, como esa instantánea del ensayo previo.
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Entrada publicada el 23 de Junio de 2005 por John Tones
Emoción sin límites, orgasmos simultáneos, origamis espontáneos.
Humbert Humbert, P.A.J.E.R.O. y Pig Crust, el sábado a las 00.00 en el Nasti. Sean puntuales que dicen que cualquier tiempo pasado fue peor y que esa fea costumbre del pasado nástico de empezar a las mil se ha esfumado como por arte de magia, y ahora son como clavos. Si dicen a las 00.00, ustedes allí a las 00.00 y punto. Ocho eures del minimalismo.
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Entrada publicada el 21 de Junio de 2005 por John Tones
Hay cosas indisculpables en Pesadilla en Elm Street 6: La Muerte de Freddy. Y que arranque citando a Nietzsche no es la peor. Sin duda, una de ellas es el dubitativo rumbo que toma, siempre en tierra de nadie, siempre a medio camino entre la juerga para adolescentes de la cuarta y el supuesto retorno a los orígenes de la quinta entrega, pero no saltando de un tono a otro, sino creando una especie de mixtura fungosa y desalmada, de eterno desconcierto. Y nada de desconciertos lisérgicos, que quizás son los que buscaban los responsables de la película: desconcierto bobo, inepto. Siempre he creido que lo peor de la sexta parte es esa intención de matar a Freddy, ese mensaje implícito (malamente) y explícito (peormente) de “Esto ya no es lo que era: matemos a Freddy, los fans lo agradecerán”. Cuando, creo yo, los fans habrían agradecido un clon de la cuarta o la quinta entrega (la tercera, me temo, había sido elevada a un podium inalcanzable).
Así, Freddy, aparte de tener el maquillaje más feo de toda la serie (una especie de versión sonrosadita, sin pus, como saludable, de las quemaduras de la quinta) no se decide entre hacer chistes, protagonizarlos o padecerlos. Como dice Nacho, Pesadilla en Elm Street 6 es un continuo encogimiento de hombros. Un poco por perplejidad, y un poco por hastío. Nada más hacer su primera aparición, Freddy se disfraza dos veces (sin miedo al siempre chirigotero travestismo, además). La luz directa nunca había estado tan enemistada con el psicópata, que aquí luce jersey de colores brillantes, y sin embargo a la pesada de Rachel Talalay le dolia la boca de tanto decir que esta entrega sería tan oscura y macabra como, no ya la quita o la tercera, sino como… ¡la primera! El truco, supongo, está en hacer que las víctimas potenciales, en vez de ser los niños pijos de Springwood, sean los malotes: drogadictos, inadaptados, macarras de pastel… volviendo un poco a las raíces de la tercera, pero cometiendo el imperdonable error de trazar las personalidades de los jóvenes a golpe de tópico (¡la droga! ¡el videojuego! ¡el sonotone!), y endosar a la película una buena cantidad de llantos y crujires de dientes juveniles antes de que empiece la marcha. El problema, el gran problema de Pesadilla en Elm Street 6 es que no se reconoce a sí misma: quiere romper con la tradición, pero las secuencias oníricas son más blandas que nunca. Da rabia pensar en lo que un Renny Harlin habría podido hacer con el asesinato dentro del videojuego o el del joven sordo: Freddy es ya un payaso, quizás llevaba años siéndolo, pero carece del toque sádico de la cuarta entrega.
Y eso que hay momentos en los que la película parece que va a diseccionar la metafísica del sueño (incluso la metafísica del sueño según las entregas previas, que sería lo interesante), pero no. Por ejemplo, arranca con una caída inacabable: agarra uno de los sueños más tópicos (junto a ser castrados por una banda de latin kings, mearse en una conferencia sobre científicos locos o salir a la calle con la chorra al aire), de esos psicológicamente analizables, y lo convierte en una experiencia física, de parque de atracciones… el problema es que de ello no extrae nada. Otro ejemplo: la mejor secuencia de la película (sin Freddy, sintomático detalle) consiste en un chico que comienza a desplegar un plano, y no acaba. Despliega, despliega y despliega, y no para de desplegar. La Rebelión De Los Objetos y La Pérdida De La Perspectiva Física, dos pesadillas mayúsculas que no pasan de la categoría de gag gagá. Agag.
Es una pena, porque a eso hay que sumarle una de las ideas de arranque más sugestivas de la serie: Freddy Krueger se enfrenta a un dilema existencial. Ha matado tantos adolescentes que ha dejado a Springwood poblada únicamente por adultos. Por ello no puede permitir que el último escape, y lo utiliza como imán de nuevas víctimas, embutiendo al pobre chaval en un maremagnum de laberintos, encrucijadas, cintas de Moebius y grititos de pánico que hacen presagiar, en lo conceptual, alguna sorpresa agradable. En este sentido, a la película se le escapa algún eructo abstracto de alta intensidad, como esa feria desolada y siniestra por el simple hecho de que no hay niños ni adolescentes (“We are in Twin Peaks here”), situación que hace incluso que los adultos enloquezcan y se conviertan en Tom Arnold y Roseanne Barr. Encontramos de nuevo curiosas reflexiones sobre la paternidad (en esta entrega los padres son los auténticos villanos: de un personaje abusan, a otro le maltratan, de otro pasan, el de otra, en fin… ¡es Freddy Krueger!), y una poco definida, pero intrigante ecuación adolescentes = espectadores = víctimas, que después de seis entregas podría (podría, podría, es la puta entrega del “podría”) haber hecho brotar alguna interesante idea sobre la juventud (con Freddy ya claramete identificado con su antítesis: la vejez).
El concepto es atractivo: un asesino sin víctimas no es nada (lo que también sirve como una especie de homenaje de Freddy a sus espectadores potenciales, que lejos de asustarse, jalean y dan vivas a las sangrientas tropelías del monstruo), y la trampa argumental que se saltan a la torera series como Viernes, 13 (no, va, ¿en serio hay gente que vuelve a Crystal Lake a estas alturas?) aquí podía haberse convertido en una peculiar divagación acerca de los códigos narrativos del cine de terror, pero no. Pesadilla 6 cae en su propia trampa, no sabe salir indemne de un punto de partida tan inusual, y hace que Springwood esté rodeada de una especie de campo de fuerza tanto durante el sueño como durante la vigilia. Todo es irregular y cualquier retruécano, de esos que tan sabiamente combinaban realidad y pesadilla en la tercera entrega, está forzado y se le ve el truco. Como siempre, la magia, la maldita magia es la excusa de los guionistas débiles, y el recurso de unos demonios milenarios que se alimentan de sueños y a los que Freddy debe alimentar es el pasaporte a un todo vale bastante garrulo, incluído el gimmick de las secuencias en tres dimensiones (flojitas: las de Viernes 13-3D eran muy superiores). La insistencia en hurgar en un pasado de Freddy que no necesitamos conocer da pie a unas cuantas escenas que se contradicen a sí mismas (¿quieren darnos miedo porque Freddy Krueger podría pasar por el padre de familia perfecto o porque tiene tratos con malignos demonios ancestrales?), y a las que no les puedo negar, eso sí, un par de valores. Primero, un cameo de Alice Cooper, supongo que para compensar que la banda sonora es de Brian May. Segundo, el mejor plano de la película: mientras curioseamos por el sótano en el que un Freddy pre-Freddy comete sus crímenes, gozamos de un repaso a un amplio catálogo, una especie de banco de pruebas donde se acumulan distintos modelo de guantes con cuchillas… no me habría importado echar un vistazo al guardarropa del psicópata: ¿tenía también jerseys con distintos colores en las rayas?
En este, justo en este plan divaga uno cuando ve Pesadilla en Elm Street 6. Fiu.
Vuelvo a tener pesadillas (1)
Vuelvo a tener pesadillas (2)
Vuelvo a tener pesadillas (3)
Vuelvo a tener pesadillas (4)
Vuelvo a tener pesadillas (5)
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