Vuelvo a tener pesadillas (6)
Hay cosas indisculpables en Pesadilla en Elm Street 6: La Muerte de Freddy. Y que arranque citando a Nietzsche no es la peor. Sin duda, una de ellas es el dubitativo rumbo que toma, siempre en tierra de nadie, siempre a medio camino entre la juerga para adolescentes de la cuarta y el supuesto retorno a los orígenes de la quinta entrega, pero no saltando de un tono a otro, sino creando una especie de mixtura fungosa y desalmada, de eterno desconcierto. Y nada de desconciertos lisérgicos, que quizás son los que buscaban los responsables de la película: desconcierto bobo, inepto. Siempre he creido que lo peor de la sexta parte es esa intención de matar a Freddy, ese mensaje implícito (malamente) y explícito (peormente) de “Esto ya no es lo que era: matemos a Freddy, los fans lo agradecerán”. Cuando, creo yo, los fans habrían agradecido un clon de la cuarta o la quinta entrega (la tercera, me temo, había sido elevada a un podium inalcanzable).
Así, Freddy, aparte de tener el maquillaje más feo de toda la serie (una especie de versión sonrosadita, sin pus, como saludable, de las quemaduras de la quinta) no se decide entre hacer chistes, protagonizarlos o padecerlos. Como dice Nacho, Pesadilla en Elm Street 6 es un continuo encogimiento de hombros. Un poco por perplejidad, y un poco por hastío. Nada más hacer su primera aparición, Freddy se disfraza dos veces (sin miedo al siempre chirigotero travestismo, además). La luz directa nunca había estado tan enemistada con el psicópata, que aquí luce jersey de colores brillantes, y sin embargo a la pesada de Rachel Talalay le dolia la boca de tanto decir que esta entrega sería tan oscura y macabra como, no ya la quita o la tercera, sino como… ¡la primera! El truco, supongo, está en hacer que las víctimas potenciales, en vez de ser los niños pijos de Springwood, sean los malotes: drogadictos, inadaptados, macarras de pastel… volviendo un poco a las raíces de la tercera, pero cometiendo el imperdonable error de trazar las personalidades de los jóvenes a golpe de tópico (¡la droga! ¡el videojuego! ¡el sonotone!), y endosar a la película una buena cantidad de llantos y crujires de dientes juveniles antes de que empiece la marcha. El problema, el gran problema de Pesadilla en Elm Street 6 es que no se reconoce a sí misma: quiere romper con la tradición, pero las secuencias oníricas son más blandas que nunca. Da rabia pensar en lo que un Renny Harlin habría podido hacer con el asesinato dentro del videojuego o el del joven sordo: Freddy es ya un payaso, quizás llevaba años siéndolo, pero carece del toque sádico de la cuarta entrega.
Y eso que hay momentos en los que la película parece que va a diseccionar la metafísica del sueño (incluso la metafísica del sueño según las entregas previas, que sería lo interesante), pero no. Por ejemplo, arranca con una caída inacabable: agarra uno de los sueños más tópicos (junto a ser castrados por una banda de latin kings, mearse en una conferencia sobre científicos locos o salir a la calle con la chorra al aire), de esos psicológicamente analizables, y lo convierte en una experiencia física, de parque de atracciones… el problema es que de ello no extrae nada. Otro ejemplo: la mejor secuencia de la película (sin Freddy, sintomático detalle) consiste en un chico que comienza a desplegar un plano, y no acaba. Despliega, despliega y despliega, y no para de desplegar. La Rebelión De Los Objetos y La Pérdida De La Perspectiva Física, dos pesadillas mayúsculas que no pasan de la categoría de gag gagá. Agag.
Es una pena, porque a eso hay que sumarle una de las ideas de arranque más sugestivas de la serie: Freddy Krueger se enfrenta a un dilema existencial. Ha matado tantos adolescentes que ha dejado a Springwood poblada únicamente por adultos. Por ello no puede permitir que el último escape, y lo utiliza como imán de nuevas víctimas, embutiendo al pobre chaval en un maremagnum de laberintos, encrucijadas, cintas de Moebius y grititos de pánico que hacen presagiar, en lo conceptual, alguna sorpresa agradable. En este sentido, a la película se le escapa algún eructo abstracto de alta intensidad, como esa feria desolada y siniestra por el simple hecho de que no hay niños ni adolescentes (“We are in Twin Peaks here”), situación que hace incluso que los adultos enloquezcan y se conviertan en Tom Arnold y Roseanne Barr. Encontramos de nuevo curiosas reflexiones sobre la paternidad (en esta entrega los padres son los auténticos villanos: de un personaje abusan, a otro le maltratan, de otro pasan, el de otra, en fin… ¡es Freddy Krueger!), y una poco definida, pero intrigante ecuación adolescentes = espectadores = víctimas, que después de seis entregas podría (podría, podría, es la puta entrega del “podría”) haber hecho brotar alguna interesante idea sobre la juventud (con Freddy ya claramete identificado con su antítesis: la vejez).
El concepto es atractivo: un asesino sin víctimas no es nada (lo que también sirve como una especie de homenaje de Freddy a sus espectadores potenciales, que lejos de asustarse, jalean y dan vivas a las sangrientas tropelías del monstruo), y la trampa argumental que se saltan a la torera series como Viernes, 13 (no, va, ¿en serio hay gente que vuelve a Crystal Lake a estas alturas?) aquí podía haberse convertido en una peculiar divagación acerca de los códigos narrativos del cine de terror, pero no. Pesadilla 6 cae en su propia trampa, no sabe salir indemne de un punto de partida tan inusual, y hace que Springwood esté rodeada de una especie de campo de fuerza tanto durante el sueño como durante la vigilia. Todo es irregular y cualquier retruécano, de esos que tan sabiamente combinaban realidad y pesadilla en la tercera entrega, está forzado y se le ve el truco. Como siempre, la magia, la maldita magia es la excusa de los guionistas débiles, y el recurso de unos demonios milenarios que se alimentan de sueños y a los que Freddy debe alimentar es el pasaporte a un todo vale bastante garrulo, incluído el gimmick de las secuencias en tres dimensiones (flojitas: las de Viernes 13-3D eran muy superiores). La insistencia en hurgar en un pasado de Freddy que no necesitamos conocer da pie a unas cuantas escenas que se contradicen a sí mismas (¿quieren darnos miedo porque Freddy Krueger podría pasar por el padre de familia perfecto o porque tiene tratos con malignos demonios ancestrales?), y a las que no les puedo negar, eso sí, un par de valores. Primero, un cameo de Alice Cooper, supongo que para compensar que la banda sonora es de Brian May. Segundo, el mejor plano de la película: mientras curioseamos por el sótano en el que un Freddy pre-Freddy comete sus crímenes, gozamos de un repaso a un amplio catálogo, una especie de banco de pruebas donde se acumulan distintos modelo de guantes con cuchillas… no me habría importado echar un vistazo al guardarropa del psicópata: ¿tenía también jerseys con distintos colores en las rayas?
En este, justo en este plan divaga uno cuando ve Pesadilla en Elm Street 6. Fiu.
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