Mr. and Mrs. Smith: cosas de la vida
El lugar común del momento es que Sr. y Sra. Smith se parece mucho, mucho a Mentiras Arriesgadas, porque ambas van de un matrimonio de espías. Vamos, como Bar Coyote, que se parece a Xanadú porque en ambas sale una joven ue se cimbrea por entornos cargados de símbolos fálicos. Vale, me he pasado: Sr. y Sra. Smith también se parece a Mentiras Arriesgadas porque en ambas se juega a la comedia de errores partiendo de profesiones desconocidas por el otro miembro de la pareja. Dicho así, tampoco suena tan extremadamente parecido como para que todos lo estén repitiendo como loros, ¿no? Como que los Beatles y La Polla Records son el mismo grupo porque ambos tienen un disco con la portada de un solo color. Y ustedes recalcan: “Tones, listillo, en lo que realmente se parecen Sr. y Sra. Smith y Mentiras Arriesgadas es que ambas funcionan como una metáfora de la guerra de sexos en particular y de las visicictudes de esa institución llamada matrimonio en particular”.
Si ustedes son de esa opinión, déjenme decirles que no entendieron ni mu de Mentiras Arriesgadas. Pónganse a la cola, porque ya son unos cuantos. Y abran la ventana que se vaya ventilando la sala. Pero es que tampoco han entendido Sr. y Sra. Smith, cosa que sé que no les quita el sueño, pero cuyas virtudes a mí me parece que bien valen un postito, ¿no? Si van leyendo en diagonal, les pongo en negrita la frase más importante de este post, y el resto ya saben que son divagaciones. Copien: la pelicula en cartel que oficialmente mola más que el resto y a la que no hace falta que le dediquemos comentarios porque el mondo pajero en bloque parece coincidir en que es una obra maestra sin paliativos es Sin City. Ya tienen el titular. Ahora pasemos a cosas que no pueden leer en el resto de la blogosfriquera.
Por lo visto, se llegaron a hacer cincuenta reescrituras del guión de Sr. y Sra. Smith, lo que explica la sabrosa y extraña estructura de pequeñas viñetas, casi de minúsculas piezas de diálogo en las que se divide cada secuencia, y la tendencia a la abstracción de los diálogos y las imágenes de la película. Ahí está la raíz de la singularidad de Sr. y Sra. Smith: Mentiras Arriesgadas es un vodevil que toma como punto de partida una confusión y un engaño; todas las (abundantes) reflexiones que se extraen de su argumento son moralejas literales de lo que vemos. Es decir: sabemos que es una película sobre confianza y engaño porque durante su argumento, la gente confía, desconfía y engaña. En ese sentido (y a pesar de sus arritmias, que vienen sin duda de los cuatro pares de zarpas sucesivos que se han posado sobre el guión), Sr. y Sra. Smith funciona como si Manuel de Oliveira se hubiera puesto a dirigir cine de acción de Hong Kong: aunque el argumento de la película habla sobre mentiras y decepciones, en realidad es una gigantesca metáfora acerca de la rutina en el matrimonio. Es decir, la profesión de asesinos a sueldo desencadena un entramado de símbolos que a mí, al menos, me ha dejado KO. No sólo no es como Mentiras Arriesgadas: es que en lo que respecta al enfoque, están en extremos opuestos. Por ejemplo, en una de las secuencias más sorprendentes de la película, John y Jane se reprochan mutuamente, por teléfono, las múltiples mentiras con las que han construído sus cinco o seis años de convivencia. En un momento dado, John pregunta si el matrimonio era también una misión o se casó enamorada. Jane mira al teléfono, sopesa sus opciones, y como cualquiera habría hecho en su mismo lugar, la caga y cuenta la verdad. Están hablando de misiones encubiertas, de objetivos prioritarios y de alertas rojas, pero en realidad están hablando de compromisos mal formulados, de rutina doméstica y de los sobreentendidos de las relaciones serias. Los diálogos están tan cargados de metáforas que a veces hablan en términos trágicamente vacíos, siempre sin perder las referencias temáticas del thriller de espías, siempre sin dejar de hablar veladamente de una cosa completamente distinta de lo que nos cuentan en el Cómo se hizo de tu cadena amiga. John Smith dice en medio de una pelea: “Supongo que es lo que pasa al final, que comienzas a pensar acerca del principio”. Jane Smith: “Los finales felices son sólo historias que no han finalizado”. Es imposible que cualquier persona que haya atravesado una ruptura (pero una señora ruptura, digo: una rupturaza) no parpadee de perplejidad ante el tino de sentencias como “Vamos a tener que rehacer todas las conversaciones que hemos tenido”. En sentido literal, se trata de dos asesinos que descubren que se han estado mintiendo durante años. No hay que ser Bergman para desentrañar el entrelineado.
Las recargadas imágenes de los diálogos parecen contagiarse a las secuencias de acción, que por momentos me recordaban a clásicos de la acción oriental como Fulltime Killer o, agárrense, la mitiquísima The Killer. Y no por lo altovoltaico de las secuencias en sí (que también, que si una mínima parte de las escenas de acción actuales fueran así yo iría más a menudo al cine), sino por el modo de hacer avanzar la historia sin diálogos, sólo golpe a golpe y disparo a disparo. En ese sentido, destacan el primer enfretamiento cuerpo a cuerpo entre el señor y la señora Smith, una bellísima demolición progresiva del hogar conyugal. Alguien menos dotado que Doug Liman para la imagen habría alternado en esa escena planos de violencia con leves ramalazos de arrepentimiento y ocasional erotismo sado. Liman, sin embargo, rueda la secuencia como si estuviera rodando una película porno, de manera que a veces no se sabe si los personajes se están peleando o están follando, lo que conduce a la única conclusión posible, nuclear para entender la película y que, intuyo, sobre el papel debía de sonar mucho más insensata. En la misma onda destacaría un precioso castillo de fuegos artificiales final que firmaría sin rubor el Johnnie To más despeluchado, y que deja bien claro cuáles eran las intenciones de los responsables de la película (que además quitaron un final postizo de enfrentamiento contra los auténticos malotes): hablar de cosas que tienen que ver con el armamento pesado sólo de forma tangencial.
Y todo ello, y esto es lo mejor, en un entorno despreocupado y perfectamente disfrutable como comedia de acción pura y dura. Los diálogos son brillantes, y las réplicas se suceden a velocidad de vértigo (mi favorita, por algún motivo, es la desconcertante “¿Con qué frecuencia practican el sexo?” – “No entiendo la pregunta”), creando un clima muy de comedia clásica, deliciosamente inapropiado para una película de este talante, dando lugar a un híbrido que podríamos llamar hi-tech screwball comedy. Insultos, improperios, desplantes… un perfecto catálogo del desprecio entre sexos para una película que sólo dejaría insatisfecho a un monje tibetano o a un niño de teta. Porque sí, va de dos asesinos a sueldo que patatín patatán, pero… es que las cosas no siempre van de asesinos a sueldo.













