Yo insulto mucho, pero siempre acabo llegando a la misma conclusión, constructiva, pese a mis propias intenciones: de cualquier chufa se saca algo, siempre hay (en los tebeos, en los libros, en las películas, en las drogas y en los polvos de una noche) cositas que rascar, siempre hay derivaciones locuelas o, por lo menos, horrorosas moralejas que memorizar con la siempre saludable pretensión de esquivar cuidadosamente sus enseñanzas. Partiendo de una mierda sin paliativos (mírenme a los ojos: sin paliativos) como Karate Kid, por ejemplo, no cuesta encontrar unas cuantas piezas maestras que la inspiraron (miren a Oriente, al young Jackie Chan, cojones, que hay que darlo todo hecho) y unos cuantos disparates que la copiaron sin excesivo sentido de la medida. Retroceder Nunca, Rendirse Jamás (les aconsejo que repitan el título en alta voz, lo paladeen, lo palindromicen… y cuando acaben, empiezan con el original -No Retreat, No Surrender-, que también tiene una belleza plástica que puede producir un stendhalazo hasta en el más encallecido de sus criterios estéticos) es, junto a la longeva serie de Karate Kimura uno de esos disparates copiones, pero su origen, sus intenciones y sus resultado le colocan a mucha distancia de la categoría de simple clon.
Para empezar, es una película producida por la hongkonesa Seasonal Films, con lo que hay, entre líneas pero con tono firme, una bella reivindicación de los orígenes estructurales de la historia-tipo del joven aguerrido e impulsivo pero carente de técnica marcial que atraviesa, por hache o por zeta, un entrenamiento durísimo y de tintes sádicos (a ser posible a manos de un maestro carismático y contradictorio) que le convierte en una máquina de hacer picadillo al contrincante. La Seasonal popularizó y sentó las bases de este subgénero (del que me declaro oficial y ciegamente fanático) con Drunken Master, más conocida por aquí como El mono borracho en el ojo del tigre, y protagonizada por el embrionario Jackie Chan que les decía más arriba. Aún le quedaba al puñetero mucho por maravillarnos y mucho por decepcionarnos. Pues bien, la Seasonal recupera, con todo el derecho del mundo, el filón que inventó (y que ya había explotado ella misma a base de bien a principios de los ochenta), copiando a su copia, pero delirándola como sólo es capaz de lograr un equipo hongkonés filmando en Seattle con un reparto íntegramente caucasiano.
Para seguir, presenta una curiosa paradoja: Jean-Claude Van Damme es el villano de la película, pero Retroceder Nunca, Rendirse Jamás adelanta elementos nucleares de su futura filmografía. Esto es como estar hablando de las obras primerizas de Antonioni, ya ven: “rasgos puntuales que ya apuntan intenciones y resultados de su obra ulterior”. ¿Quién ha dicho “ulterior”? ¿He sido yo? Miren, sigamos. Para empezar, sobre este argumento de joven aguerrido e impulsivo pero etc. etc. volvería Van Damme en una de las cumbres de su filmografía, Kickboxer, pero dando vida al protagonista. Para seguir, los dos temas vectores de la filmografía del astro, el Doble De Aquella Manera y la Resurrección Sin Dar Muchas Explicaciones aparecen así, como quien no quiere la cosa, centrando la historia desde su segunda mitad y propiciando un inaudito giro argumental.
Éste: el protagonista de la historia es Jason Stillwell (el mazacote Kurt McKinney, en su primera y única película como protagonista), un joven estudiante de kárate que tiene que mudarse a Seattle cuando su padre es amenazado por los matones locales para hacerse con su gimnasio. Allí sigue las enseñanzas pacifistas de su padre, que es lo que en términos de combate viene a llamarse “un mierda”, hasta que los matones acaban llegando a Seattle, y entonces (sujétense aquí) Jason convoca por casualidad al espíritu de Bruce Lee para que le entrene y le convierta en una máquina de matar. Vamos, casi lo mismo que Kárate Kid. Así, el clon de Bruce Lee, aunque no se parece en nada al modelo, es a la par doble y resurrecto, y encima, parodia involuntaria, palabras mágicas que vertebran casi toda la filmografía de Van Damme. Aquí, el sensei Lee de pacotilla (Kim Tai Chong) reproduce todos (pero todos, señora) los tics del fenecido kungfuteka. Que si la manita detrás, que si el gritito, que si la colleja… ¿Se acuerdan del principio de Operación Dragón? Pues así… ¡media hora! Créanme si les digo que no han visto nada similar en sus aburridas vidas delante de una pantalla.
La película es una mezcla absolutamente contranatura de orígenes: la producción de la Seasonal (y de su legendario jefazo, Ng See Yuen), la dirección de un Corey Yuen inspiradísimo (por la misma época rubricaba en Hong Kong algunas de las mejores secuencias de acción de la historia del género), la estructura argumental, el humor imbécil y el estilo con el que están rodadas las secuencias de lucha (levemente acelerado, a base de planos generales, con un montaje que explica, no oculta) son cien por cien orientales. Viendo sólo las escenas de combate, uno juraría que está ante una película de chinos protagonizada por… uhm… belgas, pero no. O sí. No, esperen, ES una película de chinos protagonizada por belgas, pero contaminada por el éxito de Kárate Kid, y con unas gotitas de lo peor de la estética Chuck Norris. Los villanos, por ejemplo: el chuloputas engominado, el mostrenco barbudo y el sádico silencioso. O el sidekick negro, que tenía que serlo para poder marcarse un rap del kung fu que se encuentra, sin ninguna duda lo digo, en uno de los mayores altares a la desvergüenza con los que he tenido la suerte de toparme. En general, todo el sentido del humor parece sacado de los alivios cómicos (¡los verbales!) de una película de Jackie Chan. Es inquietante. Es raro.
En cuanto a nuestro héroe, hace de supernémesis en una línea muy similar a la de otros mazas como Dolph Lundgren (Rocky IV), Schwerzenegger (Terminator) o, vaya, Mr. T (ese Rocky), que debutaron �o casi- con diálogos compuestos de gruñidos y el típico planito en el que hacían chocar los puños. Los propios. Aquí Van Damme es el esbirro mudito pero letal, el elemental Krashinski El Ruso, al que describen sin reparos como “Awesome Machine of Annihilation” y que se presenta para el rompedor combate final cargado de maquillaje (¡los eyelines del amor! ¡ya ganando puntos para su futura consagración como icono gay!) y flanqueado por cuatro hispanos que le hacen masajitos y llevan la camiseta por dentro. Un poema. Una puta oda.
Vamos, que como se suele decir en estos casos, “ustedes verán”.
Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™
Calificación: Bruce Lee redivivo con otra cara + peleas extraordinarias + rivalidades territoriales + break dance + el mejor actor de todo el reparto es Van Damme = OOOOOOOO (ocho hostias sobre diez)
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