MIL PELÍCULAS DE HOSTIAS (1/1000): Screaming Tiger
Dicen que circula por ahí una copia íntegra de Screaming Tiger. Pero no me interesa localizarla: seguro que carece de la radicalidad conceptual e intensidad narrativa de mi escueto montaje de 75 minutos, que en tan breve margen de tiempo acumula unos cuantos elementos del mejor cine de kung fu de los setenta (a saber: Wang Yu, chinos contra japoneses, robo indiscriminado de bandas sonoras de películas occidentales �aquí, un par de temas de La Muerte Tenía un Precio-, machismo brutal, sombreros tremendos y malvado que masacra aldea y familia del héroe �con la consiguiente venganza-). Y, de paso, también exhibe una concisión narrativa fruto de la encontrada brevedad: la primera pelea tiene lugar antes de que se pronuncie la primera línea de diálogo; en los créditos iniciales, ya vemos a Jimmy Wang Yu huir de un tipo con un cesto en la cabeza; y antes de que pasen diez minutos ya hemos sido testigos del obligado flash-back que ilustra la masacre que dispara el argumento, la declaración de intenciones del protagonista y la primera frase inolvidable: “I’ll kill every japanese in the world”). Los paradigmas de la serie B (menos es más) quedan perfectamente ilustrados en este recorte de metraje que, lejos de castrar las virtudes de la película, las disparata.
La frase que recogía más arriba resume en un puñado de palabras pletóricas de no-significado las delirantes maravillas que ofrece Screaming Tiger (también conocida como Screaming Ninja �me encanta-, Ten Fingers of Death, King of Boxers, o Ten Fingers of Steel): maniqueísmo extremo y sencillez a la hora de presentarlo. Otro ejemplo: lo mejor de la película es, sin duda, una descomunal pelea final entre Wang Yu y el villano en entornos muy diferentes (un tren en marcha, una catarata, un paraje montañoso) a lo largo de diez agónicos miutos de hostias como membrillos, veloz y marrullera, con los luchadores agarrando enormes pedruscos y estampándoselos a la némesis en el cogote. Desde hace un buen rato de metraje, había llegado un momento en el que el batiburrillo conceptual e involuntario de Screaming Tiger hacía del todo ininteligible la línea argumental de la película, y Jimmy Wang Yu, simplemente, se ha visto atrapado en una muy sindiosista sucesión de combates entre jefes de escuelas, maestros de estilos zoológicos y últimos defensores de placajes moribundos.
Hay algo fascinante en Jimmy Wang Yu, supongo que todos sus fans coincidiremos, y es el devastador odio que experimenta hacia el género humano en sus películas. Por eso, cuando lo vemos en una escena galante o cómica o reposada, simplemente, no cuela. Ese “bastards” que susurra al acabar dos de cada tres frases, ese gesto cerril, diríamos que reflejo de un profundo mundo interior (sino fuera porque vemos a sus personajes más cerca de vivir en un continuo “Gñé!” mental, à la Seagal, que de estar tramando sofisticados planes de venganza)… Jimmy Wang Yu es, quizás más que cualquier otro actor oriental o occidental de la historia del cine (chúpense esa hipérbole), la perfecta personificación del odio vengativo y rastrero, del “ya verás, ya” guardado durante años, produciendo bilis y espumarajos en el alma… Y por supuesto, la personificación perfecta del odio racial, un odio que ha dado pie a piezas de kung fu míticas (Furia Oriental de Bruce Lee en cabeza) y a alguna película menos conocida, pero muy superior a los aspavientos de Bruce Lee (Shaolin contra Ninja, bellísima orfebrería de guantazos interraciales). En este caso, aparte de la estupenda frase que destacábamos antes, y que ha pasado a figurar, de súbito, entre las piezas más destacadas de mi libretita de citas fílmicas inolvidables, está un retrato más o menos fidedigno de las diferencias entre los estilos de lucha chino y japonés (este mucho menos cinematográfico). Y siempre barriendo para casa. O la apocalíptica pelea del héroe contra un grupo de luchadores de sumo. La mayoría no muy fornidos. Uno de ellos con barba.
Me gustaría que retuvieran este concepto en sus cabecitas: luchador de sumo con barba. Si eso no hace que se abalancen sobre su proveedor de deuvedés orientales más amanoso agitando un código operativo de Paypal sobre sus cabezas, nada lo hará. Supongo que, como tantas otras películas de género, Screaming Tiger es inolvidable por las razones incorrectas, pero qué demonios. La furia, el odio, el refunfuñe oriental siguen ahí. Lo básico. Sigue siendo Jimmy Wang Yu. Y nos encanta que nos odie.












