HOSTIAS COMO PANES (IV): Cyborg
Los misterios de la serie B son insondables, lo he dicho mil veces aquí, y se lo repito en la calle a quien quiera. Quédense con sus superproducciones que, a fin de cuentas, no son más que matemática filmada, en las que todo se rige por criterios predeterminados y, en la mayoría de los casos, caducos (dame una K, dame una I, dame una etcétera etcétera). Quien piense que el bajo presupuesto se ajusta demasiado a cánones genéricos y al abuso del tópico es porque no se ha capuzado en los abismos. Abismos desde los que la Cannon en general, y este Cyborg en particular, nos mandan un generoso corte de mangas.
Lo magnético del bajo presupuesto es que no tiene ni fondo ni techo. Quizás sus mecanismos estén (gozosamente) adscritos a los códigos genéricos y, como no, a las necesidades presupuestarias, pero una buena serie B siempre es consciente de que puede forzar los límites, apretar las tuercas un poco más. El miedo al ridículo no suele ser una opción, y por eso nos encontramos a veces con lo que nos encontramos: Cyborg es un ejemplo perfecto de un imprevisto descenso a los abismos monetarios del mejor cine de acción y artes marciales norteamericano de los ochenta.
El responsable del sindiós, quizás la primera película de la filmografía de Van Damme a la que se puede aplicar este adjetivo con todas sus letras y matices, muy posiblemente, es Albert Pyun, un todoterreno del bajo presupuesto que lleva dos décadas y media facturando desfachateces a ritmo infernal. Obsesionado de un modo especial con los cyborgs y con llamar a algún personaje de sus películas “Brick Bardo”, Pyun es responsable de clásicos de la necedad directa al vídeo como Alien from L.A., Captain America o la maravillosa Dollman. Junto a la cejijunta Sueños Radioactivos, Cyborg debe ser una de sus escasas producciones estrenada en cine, aunque no abandona en ningún momento ese agridulce regustillo a subproducto que a cualquier fan de Van Damme nos ha hecho callo ya.
Van Damme es en Cyborg Gibson Rickenbacker (sí, YA, ahora hablaremos de eso), una especie de soldado de fortuna que en un futuro en el que la población ha sido diezmada por una terrible peste asume un encargo suicida: conducir hasta Atlanta a una cyborg por voluntad propia que tiene en su cerebro artificial la cura para la plaga y el futuro del género humano. A él se opondrán Fender Tremolo (sí, SI) y su banda de piratas post-Mad Max (dos películas post, de hecho: Fender da un aire al inolvidable Golpeador de Más Allá de la Cúpula del Trueno), que quieren detener a la cyborg porque… euh… porque son malos. Me gustaría que entendieran que toda esta cosa tan sintética se explica a lo largo de la película con tres líneas de diálogo. Pero tres. Eso y que Fender y Gibson (CUÑAAAAAAOO) se conocen de tiempo atrás. El guión no debe de pasar de quince páginas, estoy convencido.
A eso me refería antes: no hay ni fondo ni techo en el bajo presupuesto, y Cyborg exhibe una economía expresiva casi experimental: tres líneas de diálogo y un combate final como yo no he visto en mi vida. Posiblemente, la mayor acumulación de gruñidos, bufidos y berridos del cine de acción moderno. Fender: “¡¡AAAAAAARGH!!”. Gibson: “¡¡WHOUAAAAAARGH!!”. Y sin dar explicaciones, hostia va, hostia viene, dos titanes atizándose con la mano abierta en el segmento de celuloide más inarticulado verbalmente desde En Busca del Fuego. Curiosamente, Cyborg fue concebida como una secuela de Masters del Universo, una película que supongo que no hace falta subrayar que todos amamos, pero reconozcamos también que por razones tirando a tangenciales. Debe ser una de las películas más plomizas de la Cannon por mero exceso de diálogo y de dispersión argumental. Todo lo contrario que este Cyborg (que en algún punto de su concepción abandonó su naturaleza de secuela), puro movimiento y gesto somero (para que se hagan una idea, Van Damme llega a ser el actor más expresivo del reparto) y carente de cualquier atisbo de verosimilitud argumental (los saltos espaciales y temporales sin cuento ni excusa son de una agresividad portentosa).
Lo más curioso, más allá del sorprendente desafío involuntario a todos los puntos básicos de Las Diez Leyes Del Buen Guionista es que Cyborg tiene indiscutibles aciertos en lo formal. De esos, de esos. Por ejemplo, la azulada y andrajosa ambientación postnuclear, indiscutiblemente robada de las portadas más agresivas de Metal Hurlant, y que justifica las abundantes secuencias de gore extremo y el macarrismo de andar por casa (nombres de personajes: Gibson Rickenbacker, Nady Simmons, Fender Tremolo, Marshall Strat, Pearl Prophet… robados a marcas y fabricantes, muchos de ellos agresivamente icónicos, de instrumentos y material del r-o-c-k-a-n-d-r-o-l-l-l-l-l). Más allá del simple cromito para fans, Cyborg va también más allá en la cuidadísima fotografía, curiosamente diurna la mayor parte del tiempo, y en la gustosa elección de decorados, básicamente solares y edificios abandonados. Puede dar la impresión de, con estos mimbres, Cyborg simplemente roba ideas visuales a Mad Max y 1997: Rescate en Nueva York, pero atiendan a esto: donde la película de Pyun tiene puesto el ojo es en los plagios italianos de principios de los ochenta. Es decir, en cosas como 1990: Los Guerreros del Bronx o Puño de Hierro (Hands of Steel) , réplicas mediterráneas y über-violentas de los fundacionales pero ocres ejemplos norteamericanos (sin despreciar al siempre recurrente Leone, al que por entonces estaba peor visto que ahora replicar con orgullo, pero que con su estructura de sucesión de duelos, sus innumerables personajes silentes y su gusto por la planificación expresionista, Cyborg cumple un tetrapléjico y sentido homenaje). Carentes de cualquier sentido de la medida o de la contención, estas películas italianas abundaban en exteriores caracterizados por una solana de justicia (esas maravillosas epopeyas de zombis diurnos… hay una asombrosa conexión estética, que a mí me tiene mareado, entre Cyborg y la desprestigiada Zombi 3…) y un batiburrillo conceptual de ideas robadas que aún hoy, sigue pasmando por su falta de prejuicios. Sólo así se pueden parir secuencias como la de la crucifixión del héroe (punteada por flashbacks que homenajean, agárrense, a Centauros del desierto de Ford), bella y simbólica tontería para cuya concepción hay que tener unos arrestos muy especiales y muy desviados.
Porque Cyborg es la primera película de la filmografía de Van Damme en la que el astro hace un uso funcional de su sempiterna apertura de patas. Si eso no es tener claritos los conceptos del bien y el mal…
Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Pelo Horrible™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Patada Voladora al Ralentí™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™
Calificación: Minimalismo post-futurista + Personaje del Título aparece tres minutos de metraje + Solana + Enemigos mudos en un 95% de los casos = OOOOOOOOO (Nueve hostias sobre diez)
Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle














Anonymous
July 24th, 2007 at 11:51 amGran pelicual el malo es sorprendentemente pareciso a Damnd,el enemigo final de la primera pantalla del sinpar Final Fight de Capcom (Arcade de 1989)