FocoBLOG

Nos pagan sin trabajar

Entrada publicada el 8 de Abril de 2006 por John Tones

Confirmado. 25 de julio de este año.

25 primeros episodios. 750 minutos. (Spin-off incluido)

Ahora digan aquello de “A mí nunca me gustaron del todo”. O el mejor: “A mí es que me cansaban” (a ellos que convirtieron el agotamiento en una forma de dialéctica). Y se cogen sus gafitas y se ponen a ver el puto Polar Express.

Animaniacs eran una experiencia gozosamente agotadora. Nacidos como consecuencia del éxito de los frenéticos Tiny Toons, primera producción de Steven Spielberg para la facción de dibujos animados de Warner Bros., su planteamiento extremaba las intenciones de aquella: si Tiny Toons era un febril homenaje y actualización de los Looney Toons que todos conocemos y amamos, con cada uno de sus personajes replicando a un icono clásico, Animaniacs jugaba a homenajear (como punto de despegue para una multiplicación ética y estética brutalmente exponencial) un espíritu, más que personajes concretos. Por eso, Animaniacs eran infinitamente más abruptos, más abstractos. Se movían mucho y se paraban súbitamente, en monstruosos abismos conceptuales que, lo recuerdo muy bien, hacía que los niños no entendiéramos la mitad de lo que estaba sucediendo en la pantalla, tal era su dinamitamiento de la sintaxis narrativa. Inventaron el silencio frenético. Sus guiños estaban dirigidos a los agujeros negros de la animación americana, a los rincones sin barrer de ese celuloide pintarrajeado a dos tintas, como el oscuro Bosko, al que el aspecto de Yakko, Wakko y Dot remite sin dudas, aunque el aspecto de actor blanco pintado con betún, tan propio del vodevil de principio de siglo, fue metamorfoseado para llegar a una especie de perracos esquizoides y que nadie acusara a la serie de xenofobia icónica. Referencias sexuales explícitas mezcladas con segmentos educativos para niños de teta daban la arritmia imprescindible para una serie gloriosamente extravagante, pero nacida desde todo un señor surtidor de mainstream. Mi concepto favorito de la serie, contado en los créditos, era que los tres hermanos Warner tenían un estilo de humor tan radical para los capitostes de la productora que permanecían encerrados en uno de esos tanques de agua de los estudios de cine, uno con el logo de la WB bien visible. Es una metáfora tan contundente del propio mecanismo creativo de la serie que me fascinaba hasta cuando para mí un mecanismo creativo era darse una paja para inspirarse antes de calcar una portada de Spider-man en una hoja de libreta.

Yo no puedo decir más: cuento los días, y confío en que para julio, ya se habrán aprendido alguna que otra melodía imprescindible.



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Perros de estroncio

Entrada publicada el 7 de Abril de 2006 por John Tones

Les juro dos cosas. Primero, que es el último post de dos cabezas que hago. Segundo, que zanjamos definitivamente el tema premios. Efectivamente, como ya saben todos, Miss Chili Temple y yo recogimos el premio al Mejor Blog de Videojuegos 2005 del Diario 20 Minutos. Conocimos carnalmente (con ciertos límites) a mucha gente a quien tratábamos en lo virtual desde hace mucho, como Gork@ Limotxo o Prosopopeyo, que protagonizó el gag de la noche al ser confundido con La Petite Impersonada (me pregunto si llegó a follarse a algún(a) groupie). Dirimimos diferencias con la gente de Vida Extra de una manera mucho más civilizada de lo que gustaría a sus fans (“ya te encontraré en la calle”, dicen los violentacos) y nos lo pasamos, reconozcámoslo, estupendamente. Por supuesto, solo puedo añadir que enhorabuena a los premiados, que suerte otro año a los no premiados que merecían ganar (que ellos ya saben quiénes son), y que este premio es solo simbólico, no nos hemos llevado ni un duro, y por tanto, aquello de que es tanto de ustedes como mío lo pueden interpretar en un sentido estricto. Es de todos, y no se imaginan lo agradecido que les estoy. Y como prueba un botoncico.
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La blogosfera. Y dos blogosferenses. Y un ex-blogosferense.
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Momento de euforia inducida externamente. Más fotos aquí
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Salgo en la tele
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La Focomela, toda orgullosa ella

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Bello es.

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¿Se pueden creer que ni tensión ni nada?

Habiendo enseñado los calzoncillos de Spiderman en público para solaz de los bloggers presentes y habiendo mantenido una conversación con parte de los vidaextrenses a través de los comments de Mondo Pixel, sólo quedaba homenajear al tercer blog agredido por la famosa entrevista para que todos los fantasmas quedaran completamente exorcizados. Así que decidí ir a jalarle el nardo a Nacho Vigalondo, actividad que como saben todos, empecé haciendo por interés pecuniario y por trepismo, pero he acabado haciendo por vicio mayúsculo. No pregunten cómo, pero acabamos a las tantas, felizmente acompañados por los privilegiados testigos del jalamiento Nahikari Ipiña y Alberto González en una habitación de ese recinto monstruoso madrileño que es como un parque temático de la hostelería lisérgica, en una habitación completamente NEGRA y CIRCULAR. Me gustaría que asimilaran esos dos puntos, y lo aplicaran a una habitación de hotel moderadamente bien surtida de todos los adminículos propios de un establecimiento del ramo de más de tres estrellas: negra y circular. Como se que es complicado de imaginar, hice algunas fotos. Nacho decía que parecía el interior de una pastilla de jabón Magno. A mí me parecía que estábamos dentro del ano de Giger. Los cinco minutos durante los que nos vimos incapaces de abrir una oscurísima, opaca y pesada cortina de material sintético fueron como protagonizar un Cube en versión gótica y sin esquinas que me dejó desazonado un buen rato.

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Entrevistado en 20 minutos, poniendo a caldo a buena gente…

Entrada publicada el 4 de Abril de 2006 por John Tones

Con motivo de lo del jueves me entrevistan en 20 minutos. Hoy en la web, mañana en la edición impresa. Consciente de mis limitadas posibilidades de ganar y mis pocas necesidades de hacer amigos en el endogámico mundo de la blogosfera, he soltado algo de bilis, llevando a cabo la muy antideportiva práctica de insultar a los rivales. Miren los comentarios, ya hierven. Me encanta…

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HOSTIAS COMO PANES (V): Kickboxer

Entrada publicada el 3 de Abril de 2006 por John Tones

kickboxer.jpgEs un gusto hablar de películas como Kickboxer, pero también es un suplicio. Es un gusto por las razones obvias, y es un suplicio porque no sé muy bien cómo enfocarlo sin caer en el tópico desgastado. Kickboxer es, un poco, para el Focoblog, lo que un Ciudadano Kane debe ser para Spaulding o similares. Una obra mayúscula, de cierta grandeza insondable y, para qué negarlo, un pelín incomprensible. Particularmente, Contacto Sangriento me parece, en este tramo inicial de la Van Damme Opus, mejor y más divertida, pero Kickboxer posee la particular fortuna de ser completamente consciente de quién es su protagonista. Y cuando ese protagonista es Van Damme, amigos, estamos hablando de rubricar gramáticas fílmicas con la punta del pito. Es una diferencia muy similar, por citar otros dos hitos, a la que hay entre las entregas de Ace Ventura. Una sorprendida casi de sí misma y de sus logros, fruto de una reunión casi espontánea de talentos e instantes. La otra, intentando replicar lo irreplicable a fuerza de mayusculizar tanto lo obvio como lo subliminal, y dando como fruto una obra única.

Van Damme ya se había dado cuenta desde hacía unas cuantas películas que era Van Damme, y que sus peculiaridades como intérprete, los infaustos Te-Emes que recapitulamos al final de cada entrega de Hostias Como Panes, están por encima de las hipotéticas diferencias entre sus películas. Por eso, cuando por primera vez recicla un argumento de una película suya anterior (en este caso, de la citada Contacto Sangriento, observen a qué velocidad entra en el esperado ciclo del autoplagio) -contando la historia de un joven que, tras contemplar cómo su hermano queda inválido en una competición de kickboxing, decide entrenarse y vengarse del culpable, el animal de dos metros y medio Tong Po-, nos encontramos más ante un Van Damme Plays The Van Damme Standards que ante una película con identidad propia.

Eso, por si se están perdiendo, es bueno.

En realidad, la génesis metafórica de Kickboxer es fascinante en ese sentido: surge como una réplica orientada al mercado adulto de Karate Kid (sin pasarse, que entre mis amigos y yo, con diez años escasos, gustaba mucho más que el original). Algo así como Kickboxing Handsome Young Man. Pero es que, como hemos dicho por aquí en alguna otra ocasión, Karate Kid es una réplica bastarda de el primer hit de Jackie Chan, El Mono Borracho en El Ojo Del Tigre. Gracias a la coproducción oriental, la ambientación asiática y la reintegración de algo de la crudeza perdida en la exitosa producción norteamericana, se hace algo de justicia poética, y se devuelven las hostias a un entorno, el campo abierto lleno de chinos, del que deberían haberlo sacado sólo sus oficiantes originales (cosa que hicieron, y de qué modo, en los ochenta en Hong Kong, aunque de eso ya hablaremos en otro momento). La cosa ya parte de una cinta de moebius de réplicas y contrarréplicas enfangadas en la más pura serie B: Kickboxer es una copia destinada al mercado del vídeo de Karate Kid, con la filosofía barata aún más barata, y el entrenamiento aún más sádico, lo que por una parte le acerca y por otro le distancia del referente original, ese Drunken Master que todos amamos.

El resultado es una película involuntariamente situada en uno de los vértices más extraños de este triángulo ético y estético: no tiene esa condición exótica e inimitable de El Mono Borracho (con ese sadismo extremo sólo aceptable por paladares orientales), pero tampoco esa tontuna para adolescentes de Karate Kid, lastre del que Kickboxer se libra… siendo aún más comercial. Lo que el bajo presupuesto de los ochenta entiende por comercialidad, claro: gestos y sonrisitas involuntariamente filogays, vestuario aberrante (el chaleco vaquero cubriendo una camisa de cuadros sin mangas forma parte del guardarropa recurrentemente horroroso de Van Damme), luces azul eléctrico en interiores, strippers tailandesas (¡toma!) y simplificación máxima de argumento y relaciones entre personajes, pero en un paso intermedio entre la abstracción galopante de Bloodsport y la inaguantable verborrea de las grandes superproducciones de acción (por ejemplo, en su intento de desmadejar al máximo las líneas argumentales, se pervierten los códigos clásicos, con el amigo negro traficante de armas haciendo de figura fraterna que sustituye al hermano de Van Damme, que queda en silla de ruedas � y por si acaso no estuviera todo bien subrayadito, el nuevo amigo de nuestro héroe cuenta la historia del amigo que era como un hermano para él y que murió en Vietnam-). Y todo con ese sonido característico del bajo presupuesto, ese eterno zumbido que se oye de fondo, como una réplica de ruido blanco a frases de diálogo tan imperecederas como “We’re family. Let’s kick his ass”.

Kickboxer, por su condición de Summa Máxima (hasta ese momento) de La Obra, sabe de su condición de clásico instantáneo, y lo explota: la primera aparición del villano es un monumento a la iconografía del cine de artes marciales más bastardo: un gigante oriental, el gigante oriental más feo y aterrador que se puede echar uno a la cara, pateando con la pantorrilla una columna de cemento de un sótano. La columna tiembla, la banda de sonido de la película también, y con cada golpe cae yeso del techo. Planificada y montada como si perteneciera a una película de terror, con nuestro protagonista acercándose cauteloso por los desiertos y sórdidos sótanos del cuadrilátero donde va a combatir su hermano, esta secuencia es pura magia desvergonzada y bestiaja. Es como Hulk Hogan declamando a Lord Byron. Algo similar, algo de este tufillo a que los responsables de la película no son absolutamente conscientes del disparate que se traen entre manos (pero a la vez sí lo son) ocurre en otras dos secuencias legendarias, ya mitos de la serie B. Por una parte, el entrenamiento y su estructura episódica: las piernas de Van Damme forzadas hasta el límite con una máquina de tortura, toda poleas y piedras de cartón, el templo encantado y sus ridículos Espíritus Del KickBoxing, la lucha submarina, el destrozo del tronco de un árbol en un ataque de ira, el justamente recordado running gag del pedrusco… Por otra, la mayúscula secuencia de baile ebrio de Van Damme, también muy justamente recordada por lo que tiene de inesperada y desconcertante, pero que sirve para ajustar cuentas con los clásicos: en efecto, el boxeo borracho de Jackie Chan vuelve hacer su aparición en una bronca inmediatamente posterior al baile.

En cuanto a las peleas (coréografo acreditado: Jean-Claude Van Damme), tienen cierta calidez y originalidad, ya que están basadas en un estilo poco agresivo de combate, orientado a la defensa, lo que da pie a bellas trifulcas saltimbanquistas en el enfrentamiento final. Un combate de casi veinte minutos que, por desgracia, se ve constantemente interrumpido por la trama paralela en la que el hermano y el master se hacen cargo de unos cuantos traficantes a tiros y dan al protagonista un motivo prosaico e inútil por el que luchar. Una pena, porque las hostias finales, excelentemente rodadas (se acaban los buenos tiempos de las artes marciales en Hollywood, gente), tienen planos que son pura lírica en movimiento (con Van Damme esquivando ganchos con simpar gracia, o desgarrándose el abdomen entre aullidos). Los cinco minutos finales son la acumulación más excesiva, grandiosa y narcisista de tics interpretativos que se puede uno echar a la cara, que apabulla los sentidos del espectador como la violación de La Naranja Mecánica, la persecución en el desierto de En busca del Arca Perdida o la secuencia del coro de Y si no… nos enfadamos. Todo la estética del cine de Van Damme se resume y se multiplica en ese fragmento, y de hecho, tiene todo lo poco o mucho que podamos barruntar sobre Kickboxer.

Kickboxer tiene sus defectos, algunos importantes, otros que la colocan por debajo de Contacto Sangriento, su antecedente más claro. Pero a pesar de sus defectos, hay que amarla, hay que venerarla porque es Van Damme en estado puro. Y sólo por eso, rebosa tres de las cinco cosas que tienen importancia en esta vida: la Violencia, la Chorrada y la Cámara Lenta. Las otras dos son las Tetas y el MAD.

Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™ (cantidad ingente), Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Pelo Horrible™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Patada Voladora al Ralentí™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Culo™, Secuencia de Entrenamiento de Ribetes Sádicos™, Salto Inhumano™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™, Turismo Exótico™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™

Calificación: Peleacas + Villanaco + Entrenamientaco = OOOOOOOO (Ocho hostias sobre diez)

Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg

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