Winoniki
La Petite me hace un extraño honor mencionándome como una de las personas elegidas para continuar el meme de las cosas frikis que está asolando ese sector de la blogosfera que cree que Star Wars, El Señor de los Anillos y Tim Burton siguen siendo, a estas alturas, opciones culturales alternativas. O peor: que justifican que leen tebeos de Batman (¡super-alternativo!) diciendo en algún que otro periódico, tal y como me contó Mr. Asterisco, por desgracia sin ser capaz de concretar al autor, que “leer tebeos no es peor que ser un hincha del Real Madrid”. O sea: acabáramos.
En el fondo, que yo sea un asocial o un borde, como lei en un blog sobre tetas fláccidas la semana pasada, no quita para que tenga mi corazoncito y me encante que la gente se acuerde de mí. Por no hablar de la satisfacción que supone que me hayan incluído en un grupo en el que están incluídos unos cuantos otros sujetos de espíritu, en el fondo, tan poco friki como el mío.. Pero antes del recuerdo friki (los pelos como escarpias cada vez que pronuncio la palabrita) que pide Miss Claudine, un par de reflexiones sobre el día en cuestión.
Lo mejor del Día del Orgullo Friki, haberlo hecho coincidir con una festividad inventada por Douglas Adams, la sublimemente ridícula como El Día de la Toalla. Lo peor, todo el resto, porque oigan, qué pena da compartir hasta extremos singulares una cantidad tan grande de afinidades con un grupo de gente y, a la vez, tener tan poco en común con ellos. Es como pertenecer a un club de filatelia y darte cuenta de que has estado toda la vida mirando los sellos por la parte de la goma. Porque reconozco que soy yo el que los mira por el lado de la goma. La mejor reflexión que he escuchado en mucho tiempo sobre la cuestión del significado de lo friki y sus connotaciones la hizo alguien en el camino entre un exquisito kebab del centro de Madrid y la celebración del cumpleaños de un miembro de, sí amigos, el cosmos es así de jocoso, el programa de televisión más friki del panorama actual: La Hora Chanante. Fue Nacho Vigalondo, Nahikari o Mr. Asterisco, o quizás el taxista, el que dijo que “friki” se había convertido en un adjetivo-comodín para definir cosas tan poco frikis como Torrente o Los Simpsons, al igual que hace unos años se popularizó la palabra “paranoia” para calificar muestras artísticas que se ajustaban a esa patología muy de aquella manera. Pero así: “¿Has visto la última de David Lynch? Es una SUPER-PARANOIA”. O “Lo mejor de Dark City es cuando es en plan TOPE PARANOIA”.
Las palabras son complicadas. Supongo que en eso coinciden conmigo.
Pero no tengo nada en contra de los frikis, solo en contra de algunos muy concretos que además tienen serios problemas de higiene, algo que odio, y de los que estoy convencido que todos tienen algún ejemplo en mente. Ustedes también los odian, porque son (ellos) personas muy inflexibles y malhumoradas, gente necia y de trato muy complicado. Por eso, y como un acto de contricción por alguna palabra regular que haya podido decir en algún momento para referirme al colectivo que tan orgulloso celebró su día el pasado 25 de mayo, les cuento mi momento friki de las narices para no romper la cadena del meme.
(Inciso: les recuerdo que para una aproximación más ortodoxa al fenómeno por la parte que me toca, Museo Pajero sigue abierto. Ya, hace tiempo que no actualizo, pero el proyecto sigue en pie, y quizás en algún momento de mi vida se me ocurra de dónde narices sacar tiempo para postear más cachivaches. Espero hacerlo próximamente. Por otra parte, ¿en serio les parece más bella la palabra “friki” que “pajero”? Porque ya no es cuestión de ética, sino de estética, y eso sí que deberían hacérselo mirar)
En cualquier caso, ahí va lo mío. Lo más friki es siempre lo primero, no le den muchas vueltas. Remontémonos a esa mezcla de inconsciencia e imprudencia que da la adolescencia y que algunos llaman “inocencia” (para completar el pareado, porque si no, no me lo explico): obtendremos frutos de pura y deliciosa insensatez. Sin adulterar. Cien por cien friki, si lo prefieren, y por acotar los términos. No se engañen: no tiene ningún mérito friki lo de mi última puja en e-bay, o que ande detrás de un guión de Labyrinth firmado por Bowie & Connelly & Henson. ¿Ustedes se gastarían cincuenta y pico euros en eso? Yo sí, y por eso será mío, pero no tiene ningún valor, ni debería darme demasiados puntos en el termómetro de frikismo que algunos exhiben con tanto orgullo en la página principal de sus blogs. Con quince o dieciséis años y atado a un abismo cultural tan castrante y represor como el de Murcia, sin embargo, las cosas cambian: decisiones imprudentes, motivadas por el aburrimiento y la incomprensión, esos mismos móviles que llevan a otros a esnifar Imedio o a robar bisutería. A mí me llevó a la copistería.
Como saben, presumo con orgullo de los Dejad Que Las Niñas Se Acerquen A Mí que parí nada más llegar a Madrid hace diez años, así como de los tres números extra que nos procuraron un premio a Chili Temple y a mí hace unos años en San Sebastián. Pero hubo otros fanzines, experimentos aislados de diverso �normalmente escaso- calado, pero indudable importancia para llegar hasta aquí, esté donde esté ese aquismo (uno de ellos, Pepito Grillo, es todo un proto-Focoblog en lo conceptual; otro, Palomitas de Maiz, lo es en lo temático; y en el monumental Lollipop nació el seudónimo John Tones, nada menos). Pero insisto: el primer frikismo lo es siempre en grado sumo. El fanzine que hice en el instituto, armado con pegamento de barra, un rotulador y un concepto de la maquetación que consistía, esencialmente, en imprimir líneas de texto con una añeja impresora de agujas, recortar y pegar línea a línea, a veces palabra a palabra, para que todo medio encajara en las enormes cartulinas que usaba como originales.
La primera vez que escribí algo (algo en general, sobre cualquier cosa) fue en Winona, un proyecto de cuatro números para un club de fans fundado por un amigo, progresivamente más sofisticados, que compaginaba, no pregunten cómo hice el malabarismo, hagiografías parciales de la Winona Ryder pre-cleptómana (es decir, sí, antes de que se convirtiera en un icono oficialmente friki), reportajillos de antes de la IMBD sobre John Waters o Russ Meyer refritados de los contados números de 2000 Maniacos que llegaban al erial del sudeste español e incómodas declaraciones de amor inocente a Anna Chlumsky y Christina Ricci que se radicalizaron para dar pie a aquellos primeros números de Dejad Que Las Niñas Se Acerquen a Mi. Winona respiraba, por su heterogenea mezcla de elementos y lo disparatado de su concepto (ligar absolutamente todos los reportajes que aparecían en cada número del fanzine, de unas treinta páginas, a la actriz y su carrera) un amor por lo extavagante que me gustaría pensar que no he perdido por completo hoy, a punto de cumplir treinta años. Me gustaría que leyeran cosas como el Consultorio del Doctor Winono, o la Enciclopedia Winónica (treinta entradas por entrega, una letra en cada número del fanzine), pero tendrán que conformarse con este escaneo de portadas. Al fin y al cabo, este es mi frikismo, y parafraseando a los grandes, me lo follo cuando quiero.


















Hijo Tonto :: Una expresión estática que le desdibuja el semblante :: January :: 2007 http://hijotonto.blogsome.com/2007/01/28/una-expresion-estatica-que-le-desdibuja-el-semblante/
January 28th, 2007 at 7:55 pm[...] Esta última frase puede sonar acomodaticia, fácil, de una cadencia que no va más allá de una justificación un tanto ampulosa – en cuanto respecta a los prejuicios contra el citado -pero, como decÃa Tones, todo esto es como pertenecer a un club de filatelia y darte cuenta de que has estado toda la vida mirando los sellos por la parte de la goma. Asà que mejor me callo y copipasteo una respuesta a la pregunta que planteaba EchevarrÃa. Una respuesta que, con algo de suerte o ganas, es la de un tercer observador. El resto, como siempre, es suyo de ustedes… Ay, ay, ay, ay, los inconscientes, qué lejos se remonta el rastreo, la asechanza, el acoso. [...]