Lionheart supone, en cierto modo, un paso sin vuelta atrás dentro de la carrera de Van Damme. Para el observador poco perspicaz, no es más que otra entrega de su larga serie de películas ambientada en campeonatos de lucha cuerpo a cuerpo más o menos ilegales, más o menos letales. Para quien sepa o quiera verlo (que a veces es suficiente con algo de voluntad) es un primer descenso del actor belga a los sótanos de la serie B con las trampillas de acceso más sutiles, aquellos sótanos que se abren a los pies del alma de toda película decente y que los necios y los viejos se despachan con el típico y facilón “Es tan mala que es buena”. Si fuera tan sencillo como eso, cualquier gilipollas se abriría un blog sobre cine de bajo presupuesto. Ehm, no, un momento…
Da igual, a lo nuestro: cuando una película comienza con un ajuste de cuentas callejero entre delincuentes que culmina cuando uno pega fuego a otro, y el espectador presencia la típica secuencia de stunt ardiendo y haciendo molinillos con los brazos, se espera que la secuencia acabe en fundido a la camilla de los ATS con el cadáver chamuscado y la policía tomando declaración a un par de testigos, o a una escena con un ambiente y temática lo más contrastada posible con lo que acabamos de ver (unos niños en un jardín o un parque de atracciones), y alguno de los presentes recibiendo la noticia del anterior suceso, noticia que le sacará de su mundo de ilusión e inocencia para meterle de un patadón directo a las cervicales en un submundo de violencia y venganzas del que a) ni había oido hablar, o b) salió hace mucho tiempo, y con gran esfuerzo, y de nada le va a haber servido el cambio de identidad y emigrar a la otra punta del estado. Pero no: Lionheart, como tantas otras películas posteriores de Van Damme, juega a la fascinante carta de disfrazar de película de presupuesto medio (el actor ya no es un secundario venido a más) lo que tiene que ser, por necesidad y por espíritu, puro derribo cultural. Así, Sheldon Lettich encadena el plano del delincuente ardiendo con un primerísimo primer plano del sujeto, en la cama del hospital, completamente chamuscado y supurando por flamantes orificios de la cara todo tipo de líquidos purulentos. Una imagen de la que no habría renegado el Fulci más light. El drama se convierte en tebeo y los sentimientos, en cuadro sinóptico de emociones, solucionados con ecuaciones de libro de aprendiz de guionista: en este caso, y basta de imágenes baratas, es “la ira lleva a la venganza”.
Van Damme da vida a un soldado de la legión extranjera francesa, Lyon, que se entera de que su hermano ha muerto (en efecto: el maleante flambeado en el párrafo anterior), y huye a Los Angeles para ayudar econónicamente a la reciente viuda. Una vez en la gran ciudad, se introduce no se sabe muy bien cómo en un circuito de peleas callejeras ilegales donde comienza, como era de esperar, a reventar mandíbulas a altas velocidades. ¿Les suena a Kickboxer o a Contacto Sangriento? Déjenme que les explique la diferencia. Las primeras películas de competiciones marciales de Van Damme eran sencillas, esenciales en su esquemática desnudez argumental. Adaptaciones del cine oriental de género, donde el combate es más bien un modo de hacer avanzar el argumento a base de metafísica de la hostia, donde no hay que dar explicaciones, redondear personalidades ni iconizar monsergas, porque ya viene todo iconizado de serie. Cuando entran en escena mierdas más propias del cine occidental del tipo “desarrollo de personajes”, “justificación argumental” e “interés amoroso para el protagonista”, pero sin que se vean modificadas las limitaciones presupuestarias, entramos en el apasionante mundo de la infraética del bajo presupuesto y el consiguiente delirio voluntario e involuntario. Que hay cosas de las que nunca puede uno estar seguro.
Por ejemplo: la secuencia de huida motorizada inicial es tan lenta que cuando Van Damme derriba a uno de sus enemigos, que intenta subir al jeep que está conduciendo, éste cae de pie y sigue corriendo al lado del coche, es decir, ni siquiera resulta posible fingir a golpe de montaje que la secuencia se desarrollaba a toda velocidad. Por ejemplo: Van Damme atraviesa un desierto andando, en secuencias que recuerdan, en lo visual y en lo simbólico, a la extraordinaria crucifixión de Cyborg. Por ejemplo: ya no hay una búsqueda de la fuerza interior, del chi que se abre paso a guantazos entre los pliegues del estómago ajeno para dar equilibrio al microcosmos de las competiciones de zurriagazos. Ahora, las peleas forman parte de un entramado de pasiones, deseos y conspiraciones en el que Van Damme es un elemento más, y no un detonante o ni siquiera un desestabilizador: es esa peste llamada argumento. Por suerte, nuestro hombre emite esas vibraciones innatas tan peculiares, capaz de poner patas abajo cualquier atisbo de convencionalismo con sólo acercarse de refilón (ya lo iremos viendo en ese monstruo de tres cabezas compuesto por Soldado Universal, Street Fighter y Double Team), y las peleas guardan en su núcleo argumental una maravillosa idea, muy propia del cine bajo mínimos: los pobres se pelean para entretener a los ricos. Apenas desarollada, apuntada sólo en lo visual y nunca de modo expreso, su contundencia teórica polariza aún más a combatientes y espectadores, de esa forma maravillosamente maniquea, sincera y esquemática que sólo posee el cine de bajo presupuesto.
La serie B no es una cuestión de presupuesto, sino de actitud. Una actitud, además, que no se busca ni se aprende: se tiene o no se tiene. La actitud que lleva a plantear en un contexto como el de esta película una secuencia de borrachera, perfectamente seria y supuestamente integrada en la trama. O frases en medio de una pelea como: “Eres muy guapo. No sé si quiero pelear contigo o follar contigo”. O uno de los grandes aciertos visuales del film, adelantándose años a los siempre dubitativos criterios estéticos de las superproducciones de acción: la atrevida absorción de decorados propios de videojuegos de lucha de la época. El fondo de una piscina medio vacía, un callejón bajo un puente, un círculo de coches con los faros encendidos delimitando un improvisado ring… Ya ven, a estas alturas y marcando tendencia con tanta, tan radical y tan desafortunada visión de futuro que el asunto no prosperó ni fue imitado en bastante tiempo.
Les iba a decir aquello de “Ah, los misterios de la serie B”, pero oigan… es que esto de misterioso no tiene nada. Es que es lo que se viene conociendo como sentido común.
Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™, Peripecia Desértica™, Historias de la Legión Extranjera™, Nombre Inenarrable™, Pelo Horrible™, Patada Voladora al Ralentí™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™.
Calificación: Piscina mugrienta + peleas mugrientas + niña mugrienta + sidekick mugriento + villana engominada = OOOOO (cinco hostias sobre diez)
Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg
- Kickboxer
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