Crank: Livin’ la Vida Loca
En uno de los momentos más brillantes de la extraordinaria Crank, Jason Statham -un asesino a sueldo perseguido por enemigos a ambos lados de la ley, y a quien le han inyectado un veneno que le matará si no deja de producir adrenalina, es decir, si no permanece en un estado de tensión y excitación continua- conduce un vehículo, huyendo de unos matones y acompañado de su chica. Su cuerpo comienza a desmoronarse después de una escalada de emociones fuertes absolutamente inenarrable, y la chica -Amy Smart- decide animarle de la mejor forma que sabe: haciéndole una mamada. Nuevo bombeo extremo de riego sanguíneo, pues, que se interrumpe abruptamente cuando Smart detiene su entregada tarea en el momento preciso en el que Statham va a correrse. Ante el escándalo y frustración de protagonista y espectadores, Amy se justifica: “siempre te quedas dormido cuando acabas“. Y eso no se lo pueden permitir.

Es una secuencia que resume perfectamente logros y virtudes de la película. Acudí a Crank consciente de que uno de mis action heroes actuales predilectos no iba a decepcionarme, y menos en una película con semejante punto de partida. Lo que no esperaba es que la honestidad de la película fuera tan literal, que la idea de un asesino que no puede parar se llevara hasta el extremo de empapar el lenguaje, el ritmo, la filosofía y la mismísima conclusión (hasta el último plano, oigan) de esta película que, vaticino sin temor a equivocarme, será ninguneada como en su día lo fue Torque.
Cito a Torque de forma plenamente consciente: desde las dos entregas de Los Ángeles de Charlie, sólo esa maravillosa catedral de trampantojos visuales sobre dos ruedas había logrado seguir la estela de las obras maestras de McQ. (Inciso. Dejo de lado, muy voluntariamente, la prodigiosa Sr. y Sra. Smith: aunque a nivel de mensaje e intenciones metalinguïsticas pueda tener algún punto en común con Crank, su enfoque y, sobre todo, sus conclusiones, son diametralmente opuestas). Crank, decía, llega incluso más lejos que Torque: al establecer una coherencia visual perfectamente asimilable a nivel intuitivo hasta para el más mendrugo de los espectadores de un multicine de las afueras, sus responsables (Mark Neveldine y Brian Taylor, dos debutantes a los que envidio, en estos momentos, más que a los creadores de YouTube) rubrican la reflexión más directa y sincera que ha parido un género acerca de sí mismo desde los westerns de Sergio Leone. Es decir, Crank no es solo una obra maestra de la acción postmoderna por filiación estética, sino gracias un discurso perfectamente hilado.
Jason Statham, en Crank, no es solo un héroe de acción en una situación límite. A través del retruécano argumental que hace que el protagonista vaya, literalmente, colocado durante toda la película, Neveldine y Taylor lanzan al espectador una atrevida reflexión sobre la naturaleza de los héroes de acción. Sobre todos ellos, porque al fin alguien se ha decidido a explicar al héroe de acción, no a retratarlo. Y lo hace no con un discurso brillante, sino con acción sin tregua. Crank es su propio discurso. Como en una versión desmesurada y apocalíptica del Kowalski de Vanishing Point, Statham es un héroe invencible, despiadado y furioso porque tiene un suministro continuo de aditivos químicos (sí, cocaína y anfetaminas incluídas, pero también adrenalina inyectada y Red Bull en cantidades industriales) que reducen sus motivaciones psicológicas a un mero esquema y su meta a cumplir en hora y media escasa en una gozosa caricatura. Lo cual no quiere decir que todos los héroes de acción vayan hasta las cejas, pero sí que por una vez, alguien se ha molestado en desentrañar y proponer una posible mecánica para la venganza como motor único de la existencia del justiciero urbano (que no da tiempo de tener más, no por otra cosa), en explicar la metafísica del terminator y sí, en justificar que todos los héroes de acción sean máquinas de follar. Al fin y al cabo, la erección kilométrica que tienen es, primero, una cuestión física más que patológica, pero también un suministrador de la adrenalina que les permite seguir vivos. Yonkis de la adrenalina, sí, pero no simbólicamente: en Crank, la metáfora que mantiene en funcionamiento a un género desde hace décadas se convierte en demoledor macguffin. La metafísica se convierte en mecánica. Y todo culminado por uno de los finales más coherentes, divertidos e inesperados que he visto en una sala de cine en mucho tiempo. No voy a desvelarlo aquí, pero si todas las películas llevaran sus propuestas tan al límite como Crank, el Hollywood más comercial y palomitero sería, literalmente, justo el contrario del vertedero que es ahora.
Crank no es, como me decía Noel, una película para descargar a golpe de torrent. Hay que verla en pantalla grande y a volumen ensordecedor, porque no es sólo especial. Es única. Pongo un único ejemplo y dejo de desvelar sorpresas, porque quiero que las disfruten ustedes solos. Soy consciente de que “película-videojuego” sigue siendo más un insulto que un halago (a pesar de que hasta el más apestoso videojuego tiene más valores artísticos que el noventa y cinco por ciento del cine que se estrena), pero créanme, Crank es la mejor película-videojuego de la historia. Es, para empezar, una perfecta adaptación del espíritu GTA de coger cualquier coche, correr por cualquier calle, machacar la sesera de cualquier obstáculo homínido que se cruce en nuestro camino. Una adaptación mucho más perfecta, ya que se lo preguntan, de lo que sería una película oficial sobre GTA, que posiblemente se estropearía con basura inútil como actores de renombre (¡gah!) o un argumento (¡re-gah!). Es, para seguir, una perfecta regurgitación de los códigos que nos obsesionan de los videojuegos: el corazón palpitante a ritmos variables como medidor de energía, la estética del pixel fluorescente, el encuadre como recurso expresivo extremo, guiños a granel (hay una bebida energética que se llama, bendita sea, RockStar) y, en general, una bendita facilidad para el uso de la elipsis bien entendida. Es decir, Crank no pierde el tiempo con los equivalentes fílmicos de las secuencias cinemáticas de los juegos en las que se desarrolla el argumento y en las que el jugador sólo es un mero espectador. Crank va directo a lo interesante: a la hostia demoledora y la explosión irrepetible. Y si eso no hace que salgan disparados a por su dosis de Crank, francamente, merecen todas y cada una de las mierdas vacías e insultantes que se tragan cada vez que van al cine.













