Half a Loaf of Kung Fu (El Que No Perdona cuando se estrenó en vídeo en los ochenta; El Aprendiz de Kung Fu en la más reciente edición de Manga Films; deplorables ambas), bombardea con una serie de sensaciones contradictorias al espectador desprevenido, sensaciones que en cierto sentido, pueden cambiarle para siempre. La película tiene momentos odiosos, momentos sublimes, momentos vergonzosos y momentos épicos. Es una supermierda y una joyita al mismo tiempo. Simultanea peleas extraordinarias con kung fu paralítico, y lo más curioso es que ella misma no parece darse cuenta de que cada cinco minutos hay un viraje de registros hacia zonas de densidad diametralmente opuesta, de mixtura imposible. El motivo del caos se llama, de nuevo, Lo Wei.
El productor que había intentado convertir a Chan en un clon de Bruce Lee se desesperó ante el nulo éxito de las películas que explotaban la imagen del Pequeño Dragón protagonizadas por Chan y rodadas en Taiwán. Renegó de su talento y le dejó más libertad, por cuestiones contractuales, en esta nueva película, dirigida por Chan Jeung-wa. Chan decidió multiplicar los toques de humor que ya habían aflorado en Snake and Crane Arts of Shaolin, y el resultado horrorizó a Lo Wei. Se cuenta que se hicieron varios montajes de la película, a cual más desequilibrado en su mezcla de acción y humor, y a cual más espeluznannte a ojos del productor. Archivó la película en el sótano de su oficina hasta que, obviamente, Jackie Chan se convirtió en una estrella internacional, momento en el que remontó de nuevo la película para potenciar las partes humorísticas. Y se reestrenó.
Half a Loaf of Kung Fu es irregular como una patada en los cojones de un espantapajaros. Comienza con una patochada de créditos que avergonzarían a unos Morancos intentando parodiar Operación Dragón, solo que aquí parodian a Zatoichi (y sin escatimar medios: imagen acelerada, efectos sonoros grotescos, gags mongólicos hasta extremos surreales, como el chiste del muñeco de madera enano). Súbitamente, se pone muy seria con la historia de un joven que decide suplantar a un experto en artes marciales al que ha visto como asesinan. Ocasionales chascarrillos mediocres y peleas decentes muy de cuando en cuando puntúan la acción, al estilo de las dos películas anteriores de Chan, e aparece una subtrama a la que le veríamos más chicha en el futuro (la del profesor de artes marciales zarrapastroso) está planteada con notable flaccidez. En algunos momentos, de hecho, los chistes son tan poco graciosos que poseen tintes vanguardistas… involuntarios. Todo es natural, relativamente, hasta aquí: el género comenzaba a entrar en una abierta decadencia que daba como único recurso narrativo la parodia. Sólo el genio de Jackie Chan podía llevarle a convertir eso en un lenguaje narrativo en sí mismo. En otro momento.
Y de repente… todo cambia. La película enloquece. No he visto un cambio de registro igual en mi vida. Solo que no se trata de una decisión autoral, sino industrial, debido al torpe remontaje de Lo Wei: los últimos veinte minutos de película, prácticamente una pelea incesante, son brillantes, con humor y acción integrados de una forma natural, asombrosa y fluida. Absolutamente inexplicable desde el punto de vista argumental, ya que hasta ese momento no ha habido ni muertes, ni juramentos de venganza, ni pasiones desbordadas, sólo anécdotas y caras de palo, comienza una pelea en la que el hasta entonces inútil personaje de Chan aprende a pelear rápido y furioso. Y de qué manera. Un auténtico torbellino de hostias inspiradas en (según sus propias palabras), “hacer el tonto“, idea que retomaría con bastante más acierto en películas posteriores como Fearless Hyena, pero que aquí le sirven, en efecto, para hacer el tonto. Y plantar una semilla. Su kung fu ya tiene ese toque desgarbado, carente de rigidez que todos llegaríamos a mar. Un interesante giro que, por desgracia, no viene acompañado de una progresión argumental pareja. Pero las peleas… qué peleas: uso heterodoxo de armas de doble filo, intercambio de manotazos a velocidades sobrehumanas, coreografías ingeniosas y nada menos que cuatro momentos que podríamos calificar de propios de un Jackie Chan Clásico.
Uno: coge a una chica y la usa como un arma, una especie de nunchako gigante que deja pasmados a los contrincantes (idea que retomaría, de nuevo con mayor fortuna, en City Hunter, pero cuyo germen está aquí). Dos: le arranca al villano una peluca, con trenza incluida, que usa como si fuera un nunchako… mientras suena el tema principal de Operación Dragón. Tres: empleo intensivo de la vestimenta del contrincante, sus pliegues, sus solapas, sus refuerzos, como arma ofensiva y defensiva. Y cuatro: en el tramo final de la pelea, cada vez más veloz y simbólica, usa trucos que va leyendo en un manual de kung fu. Pero el manual se deshace y las hojas caen al suelo; cuando las recoge, algunas de las páginas están al revés, y no se le ocurre otra cosa que ejecutar los golpes bocabajo. Una variante, sencilla, directa y audaz de las enseñanzas de Bruce Lee y su antifilosofía marcial, y que sentará las bases para el desarrollo del propio estilo de combate de Chan. Globalmente, Half a Loaf of Kung Fu es un sindiós confuso y desconcertante. Para el fan, es un delicioso picoteo, la primera película de artes marciales abiertamente cómica de un Chan que, a pesar de sus carencias, ya apunta una interesante orientación narrativa. El de la hostia más risa: las dos cosas más bellas que ha dado el cine.