Desde el momento en el que Ultraplayback nace, yo ya se que Ultraplayback va a dejar de gustarme.
No se apresuren, dejen que me explique.
Ultraplayback nace como un grupo para el que, quizás, muchos no estamos preparados. Surgidos de algo tan proclive a la confusión como un festival de talentos organizado por el F.E.A., plenamente conscientes de la contundencia que esconden dos armas de doble filo tan barraganeadas en estos tiempos que corren como la frivolidad y la inmediatez, y usando ambas con una temeridad que ha dado resultados variables pero siempre, como mínimo, interesantes, Ultraplayback me gustan más cuando menos parecen gustarse ellos. No puedo evitarlo, igual que no pueden evitarlo ellos: Ultraplayback creen en el buen rollo, y yo no. Al menos mi yo público, no. Llámenlo pose o que soy un rancio, pero Ultraplayback me gustan más cuando las guitarras de Miranda son más dañinas, cuando su humor es más críptico, cuando sus letras son más sincréticas. Ellos, claramente, no se gustan así: quieren caerle bien a sus fans y eso es fantástico. Pero cuando ellas son más guarras y ellos más imbéciles, Ultraplayback mola más.
Ultraplayback, sin embargo, tiene una cosa que admiro sin amgajes de ningún tipo: tienen pretensiones de totalidad, de empapar con su filosofía, sea cual sea, y la entienda yo o no, a todo lo que les pilla cerca. Se preocupan por la coherencia gráfica de su producto, que sus fans sean los que se merecen y de tratarlos como ellos creen que les corresponde. A mí me cansa, pero me fascina. Por eso, recibo efusivamente el nacimiento de Transpop, un proyecto (cuya web, ya que preguntan, ha sido diseñada por eunice, a la que últimamente le estoy viendo nacer una quinta mano… ¿quinta?… sí, ya tenía CUATRO) con el que un día tuve que ver muy remotamente y con el que ahora tengo que ver muy parcialmente, pero de formas completamente opuestas. Yo me entiendo.
Transpop podría entenderse como una extensión del maremagnum Ultraplayback, pero en realidad es a la inversa: Ultraplayback es una extensión de un concepto, Transpop, que aunque siempre ha existido es ahora cuando recibe un nombre. Ustedes, que son cultos, saben lo que eso quiere decir exactamente. No me negarán que esta manera de empezar la casa por el tejado no es encantadora. Transpop nace como sello discográfico, pero no estrictamente. Comparte grafismo, el nervioso trazo de Eduardo Infante, con Ultraplayback, pero va bastante más allá: hace tratos bilaterales con Omega Point Records, tiene un blog recién inaugurado en el que Lindyhomer dejará de desconcertar a los a veces un poco impertinentes fans del grupo para discurrir sobre qué es el transpopismo y qué no lo es, y pone a disposición del público emepetreses de grupos tan bellos y extravagantes como Mystechs (una inteligente mezcla del mejor Michael Jackson y el peor italodisco), los indescriptibles Zom Zoms (unos Residents tras un empacho de cereales Kellogg’s), y Ming & Ping (cuya bellísima A Little Different, mi canción favorita de todo el emporio Transpop, reformula con inteligencia la pochez hiperactiva del SID, el chip de sonido del Commodore 64).
Y si saben lo que nos conviene, todo esto que les acabo de contar debería importarles.