MIL PELICULAS DE HOSTIAS (2/1000): Mirageman
Cuando Nacho Vigalondo volvió de su triunfal paseo por Austin, no solo se trajo un premiazo para Los Cronocrímenes bajo el brazo. Bajo el otro portaba un DVD que, aseguraba, tenía que ver lo antes posible. En una situación que supongo cercana al tráfico de snuff movies que imagina Charlie Sheen o que ficciona Joel Schumacher, Nacho me pasó por lo bajini en un restaurante chino (verídico) un DVD con la versión screener de Mirageman, un largometraje chileno de superhéeroes y artes marciales que, como ven, he tardado semanas en asimilar.
Aún no tengo muy claro cómo hacer justicia a las virtudes de Mirageman.
El protagonista de esta película de Ernesto Díaz (responsable también de Kiltro, que pudo verse en el último Festival de Sitges aunque yo no tuve ocasión) es Marko Zaror, un especialista chileno en patadas sequísimas que prácticamente no articula palabra. Encabeza la historia de un atleta con exceso de nobleza que se convierte, a pesar de las burlas de sus compatriotas, en un enmascarado que ayuda a los débiles. Sí, amigos, Mirageman es una película de superhéroes.
Mirageman adopta, fiel a la gramática hiperrealista de sus secuencias de lucha, la forma de relato iniciático superheroico narrado con total credibilidad: desde el descubrimiento fortuito del protagonista de que con sus extraordinarias capacidades atléticas puede ayudar a quienes le rodean, a la aparición de un posible sidekick, pasando por las diversas misiones que Mirageman va llevando a cabo. Un ejemplo: uno de los grandes tópicos del canon superheroico, el disfraz, uno también que siempre obliga a una fuerte suspensión de la credulidad del espectador, se cuenta aquí con sencillez, con honestidad, sin subterfugios ni poesía charcutera. Haciendo footing, nuestro héroe se topa con unos atracadores que están desvalijando una casa: tras derribar al primero de ellos en la calle le quita la capucha tras la que el bellaco esconde su rostro y se la pone. Entra en la casa, salva a la damisela en apuros y se va por donde ha llegado, dejando un rastro de malhechores inconscientes. La cuestión del encapuchamiento no viene ni por un código genérico heredado de forma ciega (aunque es obvio que los personajes de Mirageman conocen no sólo la mitología del superhéroe, sino la de unos superhéroes muy concretos) ni por una necesidad de crear un conflicto dramático. Es un simple resorte argumental momentáneo que se asimila con naturalidad para respaldar, más adelante, la codificación de la película. Es decir, usa el naturalismo como un refuerzo para el tópico de los comics. Como se pueden imaginar, sus resortes narrativos están muy lejos de las superproducciones que llevamos padeciendo unos cuantos años.
Mirageman adopta una honestidad desarmante en su descripción fidedigna de la crónica de la gestación de un hombre enmascarado que lucha contra el mal. La única manera de justificar sus decisiones, su honradez, su pureza e inocencia, está en convertirle en un hombre taciturno, casi un tarado. La pochez más genuína impregna cada instante, desde la composición de los planos, poco expresivos a menudo, a la banda sonora, pasando por cada uno de los detalles que conforman el héroe. Una secuencia que en cualquier otra película se liquidaría con un montaje festivo y semihumorístico acompañado de un standard de la música disco, la del necesario diseño del traje, aquí se resuelve de forma melancólica y lenta, desbordando una ironía perversa y una naturalidad contraproducente: ver a Marko abocetar uno tras otro los distintos trajes de Mirageman, probarse más tarde todos los adminículos (¡mariconera! ¡riñonera! ¡camiseta de camuflaje! ¡sombrero!) que ha comprado para complementar su disfraz es una experiencia que abofeteará a cualquier espectador que no tenga un sentido de la maravilla a prueba de bombas o una edad mental de siete años.
Mirageman puede despistar al espectador con un sentido del humor poco afilado, que puede pensar que está ante un reflejo latino de una de esas producciones turcas que en Oink, Yonkis o cualquier Blog De Cinefagia Friki Y Cachondeo Sano calificarían de “tan mala que es buena”. En Mirageman descansa una idolatría hacia el género superheroico que se distancia de la mera adoración ciega: el mejor plano de la película es aquel en el que Mirageman tarda tres o cuatro minutos en ponerse el disfraz mientras la cámara, desafiando todas las leyes de la agilidad fílmica, aguanta el plano, y lo aguanta, y lo aguanta mientras que el héroe saca su máscara, se la pone, se enfunda la camiseta, y esconde su ropa (que habrá desaparecido cuando intente retomar su identidad secreta). Queda claro que no hay nada al azar, ninguna torpeza fortuita o logro casual en Mirageman.
Y las secuencias de acción redundan en esta mezcla de sobriedad moral y contundencia de concepto con peleas impecables, furiosas, filmadas a ras de suelo y extraordinariamente montadas. Markos es una bestia, y confío en él como un futuro héroe de acción a quien tener en cuenta, uno completamente ajeno a subtramas orientalizadas y a banalidades herederas del peor cine de acción de gran presupuesto. Mirageman es, en realidad, sólo una película de superhéroes modesta y enjundiosa, admirable en su honestidad y en su concisión. Mirageman es, y soy el primer sorprendido, la mejor película de superhéroes canónica que recuerdo. Y estoy dispuesto a darme de hostias con cualquiera para defender semejante postura.














