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Mil Películas de Terror (6/1000): Refugio Macabro (Asylum)

Entrada publicada el 20 de Noviembre de 2007 por John Tones

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En los preámbulos del mejor episodio de Refugio Macabro, The Weird Taylor, su narrador y alucinado protagonista hace el gesto de coser una tela inexistente. Cuando el doctor que va a visitarlo le pregunta si está acaso cosiendo una bata, el anciano sastre responde “Puedo coser lo que quiera. Puedo hacer una bata… o una mortaja“. En la terrorífica e inesperada sencillez de esa frase, en el encabalgamiento de lo macabro sobre lo cotidiano en el momento más imprevisto está la grandeza de Refugio Macabro, una interesante producción británica de 1972 de Amicus Productions que se enmarca en la fiebre de la modesta compañía por las películas de sketches. La diferencia de Asylum con el resto de la producción, no ya de la Amicus, sino del género británico de la época, está en la demoledora postura moral que adopta, y cuyos motivos haya que buscar quizás en la identidad de sus autores.

La gran mentira del cine británico de los setenta es que no había autoría, y la culpa es, una vez más, de los fans con tendencia al archivismo y su pasión por las etiquetas. La tendencia a catalogar, por ejemplo, el cine de la productora Hammer a golpe de constantes comunes en películas dispares impide el análisis pormenorizado de autores como Terence Fisher (quizás el único que consiguió que sus rasgos autorales brillaran con sencillez) o Roy Ward Baker, director de Asylum, pero también autor de las mejores secuelas de la serie de Dracula para Hammer o del último y brillantísimo coletazo de la saga Quatermass con Qué Sucedió Entonces. Lo que la crítica seria siempre ha llamado, con cierto desprecio marisabidillo “un artesano”, pero que a mí siempre me ha parecido un auteur por tres rasgos que convierten a cualquier directorzuelo en creador de categoría: humor negro, nihilismo fundamentado y conocimiento de los engranajes de la narrativa de baja estofa, llámenlo pulp, serie B o cine de géneros.

Bien es cierto que en Asylum, Roy Ward Baker contó con la nada desdeñable asistencia de Robert Bloch, autor de Psicosis y a esas alturas experimentado guionista de deliciosos subproductos como The Night Walker para William Castle y la televisiva Thriller, con Boris Karloff. Aquí adaptó cuatro cuentos propios, y su estilo seco, macabro hasta extremos abstractos, amigo de la ironía del destino entendida como putadón cósmico, encaja perfectamente con el estilo de Roy Ward Baker. El resultado, Asylum, es una rareza incluso dentro de la propia producción de la Amicus, que permite que el film se acoja a la ya desgastada mecánica de la narración episódica para que Bloch y Baker la perviertan desde dentro.

En Asylum, un joven doctor llega a un manicomio de enfermos incurables buscando trabajo. El director del centro (o, más bien, su sustituto), le propone una prueba: el antiguo responsable del lugar no ha podido soportar la presión y ha enloquecido, inventándose un pasado y cayendo en los abismos de la neurosis. Conseguirá el trabajo tras escuchar las historias de todos los pacientes y decidir quién era el antiguo director. Una excusa para encadenar cuatro cuentos, el último de ellos, cómo no, implicando al oyente, que van desde el terror clásico de espíritus vengativos al retrato de una esquizofrenia psicópata. Los logros no están tanto en los qués como en los cómos. En cómo un cuerpo partido en cachos puede reunir suficiente fuerza de voluntad como para tramar una venganza, o cómo la creación un homúnculo, en este mundo de locos, lleva incluídos minúsculos órganos internos y una diminuta estructura ósea independiente. El citado episodio The Weird Tailor es, sin embargo, toda una avalancha de sugerentes influencias del género de horror, casi una declaración de principios del versátil Bloch. Con un tono general que podría pertenecer a cualquier episodio de la facción siniestra de Alfred Hitchcock Presenta, The Weird Tailor mezcla, con suntuoso placer, horror cósmico muy sintético (no olvidemos que Bloch pertenecía al Círculo) y miedo de raíz mediterránea. Peter Cushing es el eje perfecto de una historia que da más miedo cuanto menos se entiende.

Faltando a los principios morales y temáticos propios de la Amicus, Asylum se convierte así en una deliciosa rareza. Carente de moralejas, desafiando las leyes narrativas que se suponía grabadas en fuego para una compañía especializada en terror de bajo presupuesto que, para más inri, siempre ha cargado con el sambenito de mera copiona de La Otra, La Grande, Asylum se revela, gracias al genio de sus dos autores principales, como algo más que un simple divertimento: es la satisfactoria constatación de que las razones por las que en el terror está bien visto saltarse las reglas son extremadamente obvias.

Pontifica sin temor