Mil Películas de Terror (8/1000): Behind the Mask – The Rise of Leslie Vernon
Behind the Mask – The Rise of Leslie Vernon, inesperada sorpresa de 2006 dirigida por Scott Glosserman, se aprovecha de dos modas fílmicas recientes para elaborar un discurso único, tenso, consciente y asequible tanto para el profano del cine de terror como para el aficionado terminal a los slashers que a causa de la sobreexposición a secuelas de Viernes 13 tiene la suspensión de credibilidad en el Nivel 11. Así, por un lado se apropia de los códigos más recurrentes de los falsos documentales, con su cámara temblorosa y su narración en primera persona, y su montaje fragmentado entre entrevistas de naturaleza catódica y secuencias de campo, con abundantes caminatas cámara al hombro. Y por otro, Behind the Mask abraza el agradecido género del cine de terror autoconsciente: en estos tiempos en los que hasta hacer cine de terror de naturaleza clásica lleva implícita una reflexión sobre sus mecanismos, la película de Glosserman matiza los códigos narrativos del género con una inteligencia y una devoción que sería la envidia de los mejores momentos de la serie Scream o de obras maestras del post-slasher norteamericano como Freddy Vs. Jason.
Radical y aguda desde su punto de partida, Behind the Mask da un paso más allá en la constitución de una serie de reglas genéricas que se transmiten como un meme sangriento gracias a los vasos comunicantes de las normas no escritas de cada género. Y si Sucedió Cerca De Su Casa rubricó con la rugosa caligrafía del falso documental las costumbres del psychokiller como personaje, y Scream reescribió los tópicos sagrados que todos conocíamos con el simple pero muy poderoso hecho de la verbalización, The Rise of Leslie Vernon llega a un curioso punto intermedio entre ambas, haciendo que el psicópata, seguido por un equipo de televisión que está rodando un programa sobre su carrera criminal, las explique. Es decir, ya no sólo se trata de enunciar las reglas, sino de de justificarlas, de racionalizarlas, de comprenderlas: y de hacerlas así, ya definitivamente, sagradas.
Así, en todo el tramo inicial de la película, la cámara y una periodista sigue a Leslie Vernon, un psicópata que está a punto de atravesar su bautismo de sangre inaugural, explicando, en un mundo en el que Freddy Krueger y Jason Voorhes son asesinos reales, por qué los de su género se comportan así. Por qué el silencio, por qué la máscara, por qué el arma blanca y por qué los rumores de origen arraigados en maldad primigenia, en perversiones insondables, envidia, violencia, incesto, sangre, humillación y, finalmente, venganza. Con una naturalidad que deja bien clara la naturaleza metalingüística de la película, Leslie Vernon se convierte en un experto simbolista del género: cuando la víctima está escondida, obviamente, en un armario, ese escondite se respeta, porque es un lugar seguro como el vientre materno. Pero Leslie (y Scott Glosserman) van más allá del chascarrillo para conocedores del género: cuando Leslie afirma que la superviviente se fortalece cuando coge un cuchillo porque es como si cogiera un pene, la periodista que le entrevista se queja por la obviedad y chauvinismo del símbolo, a lo que Leslie justifica las convenciones afirmando que hay que respetarlas… porque son convenciones. Y acto seguido explica los intríngulis de la trampa en la que han caído los adolescentes que rodean a la superviviente: luces que no funcionan, trucos que hacen que parezca que el asesino está en todas partes al mismo tiempo, ventanas atrancadas, armas saboteadas… Y todo hay que respetarlo por su propia naturaleza de convención atávica y narrativa. Es imposible concebir un homenaje a los géneros más sencillo, honesto y directo.
Ahí, justo ahí está la raíz envenenada que vertebra todo el tronco simbólico de Behind the Mask. La prueba está en la encarnación como uno de los personajes del guionista / creador del film, de alguien dispuesto a explicitar las tesis de la película. Y si en Scream el alter ego de Kevin Williamson es Randy Meeks, que enumera en cada entrega de la serie las reglas que siempre se cumplen en las películas de terror, en Behind the Mask Glosserman se encarna en el propio Leslie Vernon, el asesino, lo cual no deja de tener lógica: esta película no destapa las reglas, como Scream. Las explica. Y de ese modo, la coherencia del tramo final es absoluta: cuando los periodistas, en un giro argumental previsible pero muy bellamente rodado, se convierten en personajes de la ficción y, por tanto, en potenciales víctimas del asesino, intentan desmadejar el plan que ya conocen y que Leslie Vernon les ha contado: pero no es que conozcan los engranajes generales del género y tienen que aplicarlos a un caso particular (como pasa en Scream), sino que conocen el caso particular y tienen que combatirlo para pervertir los engranajes generales.
Así de compleja es Behind the Mask, pero es una complejidad amable, nada escarpada, muy accesible. Ningún amigo de una buena película de terror va a encontrarse con barreras posmodernas infranqueables, pero los fans curtidos en mil franquicias gozarán con los habituales guiños (personajes que se llaman Doc Halloran o Collinwood, mascotas llamadas Church y Zowie, niñas que saltan a la comba, botes de medicamentos “Stay Awake”, cameos de la Configuración Del Lamento, aparición sorpresa del número 1428 de la calle Elm Street…). Y, sobre todo, sabrán apreciar la devoción por su material de partida que rebosan detalles como que los psicópatas denominen a sus archinémesis “mi Ahab” o que el mentor del protagonista, un asesino retirado, se haya casado con la que fue objeto de su acecho. Son ese tipo de aristas sin pulir del mito en las que indaga Behind the Mask, por encima de su cuestionamiento y reafirmación de los retruécanos argumentales, las que hacen de esta joyita de Scott Glosserman el complemento perfecto para una sesión doble con Halloween de Rob Zombie, igual de rompecabezas pero mucho menos explícita.













