Elogio de la explicitud
Leo en el Gabinete del Dr. Zito un interesante elogio de la sutileza que me veo obligado a discutir por dos razones: por una parte, porque se acerca peligrosamente a ciertas cuestiones acerca de la teoría fílmica (y por extensión, la teoría de cualquier muestra de cultura pop) que siempre me han repateado. Por otra parte, porque no está de más defender la posición contraria. Por aquello de la dialéctica.
Es gracioso que Zito arranque citando a Nacho Vigalondo, cuando precisamente a Nacho le leí recientemente (perdonen si no les linko: Vigalounge ha dado tantas entrevistas últimamente que es una locura documentar sus entelequias) una declaración que me viene a mí que ni pintada: decía que dios le librara de rebajar la intensidad de la violencia y el componente sexual de una película para acercarla a parámetros clásicos de contención narrativa. Que todo eso de “a veces vale más insinuar que mostrar” es un complejo heredado de la supuesta superioridad de lo clásico, olvidando que a veces la contundencia visual del cine clásico se rebajaba por cuestiones sociales circunstanciales y no por elección artística. O dicho de otro modo: la explicitud como postura narrativa aún tiene que vencer unos cuantos prejuicios, y el mayor de ellos es el de enfrentarse al supuesto mayor calado intelectual de la sutileza.
Cuidado, que ya oigo los tiros: no es eso lo que reivindica / analiza Zito. Zito habla de mensajes, y de cómo es señal de torpeza narrativa y vagancia conceptual hacer que un personaje declame la moraleja de la película. Estoy relativamente de acuerdo, pero Zito se equivoca en la elección de sus ejemplos: nada menos que The Mist y The Walking Dead. Es decir: una epopeya de horror abstracto y claras connotaciones políticas y un tebeo de muertos vivientes que hunde sus obvias raíces en la saga de los muertos vivientes de George A. Romero. Géneros, subespecies del fantástico que están llamados, casi obligados a declamar a gritos su moraleja: es irritante que haya un momento de The Walking Dead en el que los personajes entren en una “cárcel”, se subdividan en “clases sociales” y se adjudiquen “tareas”. Es irritante por obvio, por fácil y por ramplón, pero es su dialéctica. Y no es que sea obvia o esté mal hecha: es que su naturaleza está hilada así. Está hilada así desde que Romero decidió en 1968 que encerraría a varios personajes en una casa dentro de un cementerio para que los muertos les acosaran y les devoraran; desde que a finales de los setenta introdujo a (ojo) un grupo de periodistas en un centro comercial abandonado, al que intentaban acceder los muertos que no lograban deshacerse de sus antiguas costumbres; y desde que a mediados de los ochenta dividió, leñe, a la sociedad en científicos y militares e hizo que los primeros enseñaran a leer libros de Stephen King a los muertos. Si encierras a un grupo de personas en cualquier sitio, acosados por una amenaza exterior, será inevitable que se abracen a posiciones simbólicas y hablen con aforismos. No, no me estoy agarrando al clavo ardiendo de la justificación genérica: es que hay otras fórmulas menos recurrentes de hacer horror con mensaje y sin subrayados. No estoy aquí para dar ejemplos de fantastique que cuente cosas entre líneas, sino más bien para defender la tan defenestrada postura contraria. Y para ello les voy a dar dos ejemplos: uno genérico y otro muy específico.
Mi elogio de la explicitud pasa, obviamente, por una defensa del gore, que supongo que a estas alturas todos tenemos claro que es algo más que una sucesión de excesos visuales o una simple renuncia a los modos clásicos de dotar de inquietud a una narración. El buen cine ultraviolento renuncia a supuestas bondades del cine convencional (argumento explicativo, interpretaciones creíbles, lo sutil por encima de lo explícito) para elaborar una gramática de lo obvio que pone patas abajo lo que se supone que importa y lo que se supone que no. En este caso, el medio es más mensaje que nunca, porque el mensaje es la desestructuración del cuerpo, los motivos de la violencia, la reacción ante lo repulsivo y, cómo no, el radio de acción de los efectos de la muerte (o de su ausencia). No podía haber puesto un ejemplo más obvio, pero es que los mensajes de las películas de codificación gore se plantan ante el espectador con una claridad asombrosa, quizás contagiados por la falta de subterfugios de su propia planificación visual. Es decir, no tenemos a un personaje declamando el mensaje, pero tenemos un género que desde su misma formulación lo está declamando a voces. Y no nos quejamos, porque desde este punto de vista, la propia naturaleza del medio lo exige: no se trata de preferir la sutileza, entonces, sino de quién es sutil y quién no.
Mi ejemplo concreto, y no es la primera vez que lo traigo a esta santa casa porque es un caso relativamente único, es Society, esa película secretamente fundacional de tantas cosas. En ella, uun joven detecta que en su familia de la alta sociedad suceden cosas sucias: incesto, orgías, canibalismo… la trama progresa y al final descubrimos, junto al protagonista (cuidado, que lo digo) que los ricos se comen a los pobres. Literalmente. Los ricos se alimentan de los pobres para sostener una vida de vicio, diversión y descerebre, y quienes no estamos en ese círculo de decadentes costumbres sociales, estamos destinados a ser absorbidos por una masa gelatinosa de humeante mierda post-humana. Society recupera así cierta tendencia de la ciencia ficción de los cincuenta, luego denigrada por un sector de la crítica empeñado en dignificar géneros menores construyéndoles un mensaje, y cuyo máximo exponente quizás sea La Invasión de los Ultracuerpos. En efecto, en el clásico de la paranoia de los cincuenta, es conveniente no extraer mensajes procomunistas ni anticomunistas, sino simplemente, quedarse con la atmosfera de paranoia y persecución que se respiraba en los Estados Unidos de la época y que tan bien transmite el film. Con Society, igual: en una atrevidísima carrera hacia adelante para tratarse de los alegóricos / nostálgicos ochenta, Brian Yuzna hace dar la cabriola definitiva a su película, exigiendo que se la interprete de forma literal, nada sutil, porque no hay otra manera: los ricos son monstruos que se comen a los pobres. Con un mensaje tan potente (y con su gramática de película gore, por muy particulares que sean los viscosos efectos de Screaming Mad George), como comprenderán, lo de menos es que un personaje diga exactamente cuál es el mensaje en algún momento de la película. La sutilidad es reivindicable… cuando la explicitud no es el valor principal.

Más claro, agua













