Los problemillas de las 3D
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En este interesante artículo de Cartoon Brew se contempla la posibilidad de que, carambolas, la animación 3D no es la panacea de la industria, el cine del futuro, la madre del cordero, sino un requiebro de las grandes compañías para que los exhibidores se arrimen al sol que más calienta. Al calor del abandono de los costes de fabricación, transporte, almacenaje y posterior destrucción de las copias en negativo de las películas, lo que al menos amortiguaría las pérdidas que tienen por culpa de todos sabemos qué actividades por las que no ingresan dinero. Y el cebo para convencer a los distribuidores de que cambien al carísimo nuevo sistema de proyección se llama 3D.
Quizás la visión de Cartoon Brew sea un poco apocalíptica. Las 3D han irrumpido en la industria del cine en otros momentos de su historia, si bien es cierto que siempre han ido ligadas a momentos de, digamos, cierta decadencia formal. La más exitosa de las anteriores encarnaciones de las 3D va ligada al fantástico de los años cincuenta, pero a la etapa de las secuelas, el multiplagio y el delirio. No necesariamente una mala época en términos absolutos, pero sí es cierto que recordamos pocas películas por sus valores ajenos al propio gimmick: excepciones gloriosas podrían ser Creature from the Black Lagoon o Crimen Perfecto.
En cualquier caso, oir hablar de las 3D como “la salvación del cine” comienza a ser un runrún molesto, especialmente cuando he podido escoger entre ver Up! en 3D o en versión convencional, y he escogido la convencional porque sé que Pixar no concibió Up! ara aprovechar las 3D, pero sobre todo porque me incomodó de Monstruos y Alienígenas los colores apagados, los tonos chuchurríos, los perfiles difuminados. Superado el impacto intuitivo de ver objetos apuntando a la pantalla y el extraño e inexpresivo efecto de contemplar a todos los términos del plano presumiendo de la misma nitidez, se supera rápidamente el chiste de la cuestión. El problema es que me parece un chiste muy limitado como para salvar una industria que atraviesa una crisis tan profunda.
No es extraño que Hollywood confíe en la tecnología para que saque al negocio de las carencias creativas en la que se ve inmersa desde hace décadas. Cada vez que un gimmick estético impacta en taquilla, en los despachos se frotan las manos. Pero la respuesta a Sin City ha sido The Spirit, y la respuesta a 300, Watchmen. Fracasos espectaculares o relativos, pero fracasos. Resulta doblemente comprensible que para un (caro) truco que funciona en taquilla de forma sostenida, las grandes distribuidoras estén desesperadas por que el invento tenga continuidad.
En realidad, Hollywood no se juega su supervivencia con el triunfo de las 3D. Es cierto que asombra ver cómo prensa y estudios se vuelcan en experimentos que ya se sospechan, en el mejor de los casos, artísticamente fallidos, como la asombrosamente fea y pasada de moda Avatar. Pero lo cierto es que muy posiblemente, y a diferencia de Titanic (un jardín comparativo donde a la muy imprudente productora de Avatar le encanta meterse, y acabará arrepintiéndose), dentro de diez años recordaremos esta última encarnación de 3D como ahora recordamos la época de Tiburón 3D: una cosa banal, que llenó portadas veraniegas y que a lo mejor que puede aspirar es a que los coleccionistas de pajereces del futuro exijan a las distribuidoras de producciones domésticas que respeten “el formato original en 3D” de estas producciones. Podría equivocarme en esto, claro, pero… sería raro que funcionara de otra manera, ¿no?














