Entrada publicada el 3 de Junio de 2010 por John Tones

(Esta crítica iba a ser publicada, levemente retocada, en Cine 365, pero hay algún problema que impide que se pueda acceder a ella sin registrarse. Así que hasta que se solucione el drama, aquí la tienen)
El joven Libertino, lector ávido de comics y conocedor de los alcantarillados del cine menos académico, fue una de las escasas personas que salió indignada de un pase de prensa en el que Kick-Ass fue recibida con entusiasmo. Incapaz de comprender qué le repelía tanto de esta fallida adaptación, otro asistente le preguntó si no le había gustado el clímax final, que obviamente no revelaremos aquí. Mi amigo torció el gesto: esa conclusión no solo está copiada de una de las películas más celebradas de Chuck Norris, sino que en esta película de Norris para la llorada productora Cannon… ese petardazo final resulta infinitamente más brutal y divertido.
Es la única explicación que encuentro a que Kick-Ass esté siendo saludada como una película «subversiva» o «desternillante» cuando se queda a medio camino de todas sus dinamitadoras intenciones: su público objetivo no sabe que está andando por caminos muy, muy transitados. A nivel de parodia de los tópicos superheroicos, los propios tebeos de superhéroes le llevan décadas de ventaja. En el apartado de energía visual, palidece al lado de obras maestras altovoltaicas como, por no salirnos del corral, la también inspirada en un comic rebosante de sarcasmo Punisher. War Zone. Como adaptación, ahí sí que la podemos colocar al lado de desastres como The Dark Knight o Watchmen, aunque no supone ningún mérito. En ningún caso Kick-Ass es la mezcla de Tarantino y Batman o el revolucionario corte de mangas a los tópicos de superhéroes que se nos vende, ya que… a grandes rasgos, es una película de superhéroes más. En ese sentido, un Iron Man tiene mucho que enseñar a este niño malcriado pero inofensivo en lo que respecta a torear convenciones con capa y mallas.
Quizás lo más irritante de Kick-Ass es que todo el potencial de su historia, que no es escaso, estaba ya en el material de partida, casi pidiendo a gritos ser convertido en una película gracias a la narrativa hiper-cinematográfica del astuto guionista Mark Millar. El extraordinario comic de Millar y el dibujante John Romita Jr. es una agudísima reflexión sobre el papel de la ficción superheroica, llena de convenciones y suspensiones de la credulidad, en un mundo lleno de ojos vigilantes y opiniones instantáneas: Internet y las redes sociales como principal aliado y villano de un superhéroe tan ingenuo como altruista, tan egoísta como humano. Pero la película tiene que ceder a una serie de convenciones: diluir las estrepitosas descargas de violencia que en el tebeo incluían una secuencias de tortura extremadamente brutal y denigrante; o incluir inapropiadas secuencias de acción post-Matrix, con abundancia de coreografías y ralentís, que matan todo el encanto de ver a unos paletos poniéndose morados a golpes mientras otro asno los graba con un móvil. ¿O creían que la similitud de Kick-Ass con Jackass era sólo fonética?
Kick-Ass no es una película completamente desechable; no puede serlo si el material de partida es oro puro. Cuando la película no se abandona a ideas de blogger sexagenario (como iniciar una secuencia de acción con la banda sonora de La muerte tenía un precio… ¡a estas alturas!), la película encuentra cierto tono satírico, desconcertante y desfasado, en la interpretación de Nicolas Cage. El personaje de Bruma Roja, aunque también se carga los logros del tebeo, tiene un interesante punto de ternura. Y Hit Girl, aunque no comete los excesos concebidos por Mark Millar en la versión impresa, impensables en una película mainstream, tiene cierto poder icónico que al final, es lo que queda de la película: un montón de trailers de impacto, un puñado de salvapantallas y unas ganas locas de releer el cómic.
Entrada publicada el 16 de Abril de 2010 por John Tones

(Hostias como panes es la serie de El Focoblog dedicada a glosar la fastuosa filmografía de Jean-Claude Van Damme. En orden cronológico y sin dejarse ni una. Podría decirse que es casi un símbolo del propio Focoblog, si no fuera porque Van Damme ya sólo es símbolo del propio Van Damme)

Street Fighter
1994
Steven E. De Souza
Un entretenimiento vespertino: intenten pensar en una película, un libro, un tebeo de humor que puedan ridiculizar. No criticar, ojo: reírse de él. Imaginen que por una extraña obsesión hereditaria, odien Flying Circus, y deciden señalar la serie con el dedo y hacer «¡Ja, ja!». No pueden. Inténtenlo con Mortadelo. Con Siniestro Total. No pueden. Pueden, por supuesto, criticar todo ello con herramientas teóricas serias (pueden señalar incorrecciones técnicas en el dibujo de Ibáñez, fallas en el tempo cómico de John Cleese, o carencias en las variaciones melódicas de una canción de Siniestro), pero no pueden parodiar el sketch del loro muerto. La comedia está blindada contra la parodia, y por eso Aterriza como puedas se fija en un género impostadamente trágico, y por eso MAD nunca parodió al propio MAD (y cuando Harvey Kurtzman lo intentó tras dejar la revista, los resultados eran literalmente como para que al lector le estallara la cabeza).
Ahora intentemos todos comprender en qué cabeza cabe que Street Fighter, la película, haya sido durante tantos años objeto de mofa. Como comedia que es, sus únicas fallas están en sus escasísimos momentos dramáticos y el resto… está tan blindado que cualquier intento de burla reventará en la cara del parodiador. O dicho de otro modo: intenten buscar las cosquillas al momento en el que Chun-Li confiesa a Bison que quedó traumada por la masacre que acabó con la vida de su padre, y llegarán tarde. El megalómano Bison, soberbiamente interpretado por Raul Julia, ya revienta el dramatismo de la secuencia de confesión con la mejor frase de la película: «Para ti, el día que Bison honró a tu aldea fue el más importante de tu vida. Para mí… era martes». Cualquier crítica que se quiera enarbolar ante Street Fighter… ya la ha hecho antes la propia Street Fighter. A menudo inane, a menudo vacía, casi siempre involuntaria, pero Street Fighter, la película, está señalando a Street Fighter II, el videojuego que le inspira, y está diciendo: esta ridiculez es tu legado. La diferencia, claro, está en que en Street Fighter II el argumento es lo de menos, pero eran otros tiempos, y no es que la ludología fuera asignatura obligatoria en la analítica pop.
No me malinterpreten: aunque mal enfocadas, porque la gente no sabe ni lo que quiere, la fama de Street Fighter como uno de los grandes fiascos del cine de acción de los noventa, de la filmografía de Van Damme y de las adaptaciones de videojuegos a la gran pantalla (vaya tres patas pa un banco, ¿eh?), es relativamente merecida. Pero sólo, como decimos, si nos ponemos quisquillosos con las cuestiones más serias de la película. Las peleas, por ejemplo, son absolutamente terribles, incluso las de Van Damme (y no deja de ser extraño estando tras la cámara Steven E. De Souza, alguien que, como guionista, ha escrito algunas de las mejores piezas de acción en estado puro, casi abstracto, de la historia, como las Jungla de Cristal, Commando o Límite 48 horas). La razón, posiblemente, venga de esa siempre siniestra decisión de hacer que actores interpreten a luchadores, lo que da pie a interpretaciones regulares (sobre todo si algunos de los «actores» son gente como Kylie Minogue) y peleas terribles (hay una escena eliminada, con muy buen juicio, de lucha entre Cammy y Chun-Li que es un auténtico desastre).
Para casi todo lo demás, Street Fighter no pretende más que hacer pasar un rato divertido, y lo consigue con un sentido del humor blanquísimo, una depuración total de la violencia del videojuego y una traición absoluta de sus raíces pixeladas. Se ha dicho que para cambiar los decorados, la esencia y las motivaciones de los personajes no hacía falta pagar una millonada a Capcom para comprar los derechos de sus personajes, y en cierto sentido es cierto, pero también es innegable que lo que en un videojuego funciona por mera convención estética (luchadores muy dispares de todo el mundo y con muy diversos estilos de combate enfrentados), aquí solo suma disparate y sinsentido a un argumento que, en su tramo final, ni se esfuerza en tener la más mínima coherencia. Por algún motivo, De Souza y sus guionistas decidieron que los personajes debían llevar puestos en algún momento los trajes del juego, y a veces parece que determinadas derivaciones argumentales (que Ken y Ryu sean atrapados, por ejemplo) no son más que excusas para calzar a los personajes los trajes que llevaban sus contrapartidas virtuales. Es imposible tomarse en serio una película en la que el nombre del héroe está impreso bien clarito en una lancha de camuflaje o mira con lubricidad de tebeo chorra a todas las mujeres con las que se cruza, y ahí está su mayor fuerza y su mayor debilidad, especialmente para quienes creemos que Van Damme merecía por esta época una sartenada de blancos humanos: recién salido de la película de John Woo, un Van Damme camino del estrellato merecía un vehículo algo más contundente, pero por otra parte, una película en la que un boxeador ruso y un luchador de sumo combaten sobre una enorme maqueta mientras suenan efectos sonoros de una película de Godzilla es algo a lo que yo al menos, me siento incapaz de encontrar excesivas pegas.
Te-Emes de Van Damme: Pelo Horrible™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Carreritas por pasillos a trote cochinero™, Patada Voladora™, Sonrisa inane™, Dicción insondable™
Calificación: Odio de los fans del videojuego + «Menuda mujer» + «Era martes» + Peleas abismales = OOOOOOO (siete hostias sobre diez)
Entrada publicada el 4 de Abril de 2010 por John Tones

(Memorias de Crystal Lake es la obvia y necesaria continuación espiritual de Vuelvo a tener pesadillas. Si en aquella diseccionaba los vicios y virtudes de las películas de Freddy Krueger, en esta iré reflexionando sobre la mucho más irregular, salvaje y caótica serie protagonizada por Jason Voorhes)
We Love Cinema es una encomiable web de cine que se propone diseccionar, a ritmo implacablemente diario y con monográficos mensuales, ese celuloide que nos chifla. De momento llevan dos temas: cine teenager y cine español, y para el primero de ellos colaboré con un texto sobre Viernes, 13 del que estoy singularmente orgulloso:
«Las películas de Viernes 13 son, independientemente de su temática y su naturaleza, profundamente adolescentes. Contradictorias e irregulares, incapaces de conservar durante un par de entregas consecutivas ni siquiera sus constantes visuales más reconocibles (la máscara de Jason no apareció hasta la tercera entrega, y a partir de ahí, ni siquiera fue él siempre el asesino), la saga de Viernes 13 es teenager porque favorece el exabrupto fugaz e instantáneo más que la fijación de constantes al modo algo más conservador de otras series, como Halloween. Y esto no sucede, desde luego, porque la saga tenga intenciones iconoclastas (ni remotamente) para con el género o para consigo misma, sino porque como un adolescente borracho, caliente y fumado, su volátil deseo de obtener la mayor cantidad de sensaciones fuertes aquí y ahora la han conducido a un zigzagueo estético y conceptual que la convierten, muy paradójicamente, en una de las series de películas con psychokiller a bordo más imprevisibles del cine moderno».
Así arrancan las disquisiciones sobre la serie que sirven de perfecta introducción para Memorias de Crystal Lake, la naciente serie del Focoblog (aunque le estoy adjudicando retrospectivamente algunas entradas antiguas) que glosará las hazañas de Jason Voorhes, acerca de quien hay bastante que contar. Pueden leer el artículo completo aquí y de paso, deambular un rato (largo) por We Love Cinema. La plantilla de colaboradores es bastante impresionante (y parcialmente focoforera) y salvo algunos ilustradores que parecen estar aún con My first Photoshop, y algunos nombres populares que deberían dejar los textos sobre cine a quienes han escrito en alguna ocasión anteriormente sobre el tema (una vez, aunque sea), el nivel es muy notable. Por allí nos leeremos.

Entrada publicada el 21 de Marzo de 2010 por John Tones

(La liebre marcera es, como bien saben, el personaje de Alicia en el País de las Maravillas que comparte mesa con el Sombrerero Loco y el Lirón en la celebración del no-cumpleaños de Alicia y de cualquier imprudente que se pase por su mesa de té. El gran enigma acerca de este personaje es, indudablemente, qué traductor decidió llamar Liebre Marcera al personaje para aumentar la chifladura de la Liebre de Marzo -«estar tan loco como una liebre de marzo» es una expresión inglesa que hace referencia al periodo de celo de las liebres, entre febrero y septiembre, y en cuyo tramo inicial las hembras poco receptivas repelen a los machos a base de patadones-. Como homenaje a esa enloquecida e inspirada traducción absurda, titulamos Liebre Marcera a la serie del Focoblog que glosará las peripecias subterráneas de Alicia y sus imprevistas mutaciones. Feliz no cumpleaños, por cierto).

Alice in Wonderland
Tim Burton
2009
La maniobra de adaptación de Alicia en el País de las Maravillas es tan obvia y previsible que da algo de vergüenza entonar el «ya lo dije» de rigor. La cuestión es que lo dije antes de que pudiéramos ver la primera imagen de la película, pero que nadie piense que me las estoy dando de listo. No hay que estar más despierto que la pobre Alicia para haber predicho los males que han acabado aquejando a esta versión de los libros de Carroll, sobre todo conociendo al Burton de los últimos tiempos, obcecado en actualizar las fuentes de las que bebe su indiscutible pero limitado universo personal. Era lógico que le llegara el turno a Lewis Carroll, y también era lógico que la versión burtoniana de las aventuras de Alicia se quedara en la epidermis de la narración original. El problema de esta Alicia es que, en el caso del libro de Carroll, quedarse en la epidermis es traicionar el fondo de la cuestión.
Es decir, en la Alicia de Burton hay una reina roja que exige el rebanamiento de cabezas (identificando como una sola a la Reina de Corazones decapitadora del País de las Maravillas y a la Reina Roja de A través del espejo, pero tampoco nos ensañemos con lo que en el fondo es solo un detalle), un gato de Cheshire que desaparece progresivamente, un Sombrerero Loco y una Liebre Marcera. Pero también hay un argumento racional, que divide en buenos y malos a los habitantes del País de las Maravillas, y que utiliza esos soporíferos recursos de la narrativa de fantasía (el héroe, el destino, la profecía, la amnesia y demás) tan mal heredados de las narraciones canónicas y sin el más mínimo ánimo de corromperlos. Solo con eso, dotando al libro de Carroll de un esqueleto narrativo consistente, Burton se ha cargado el gran logro de Carroll: la imprevisibilidad del País de las Maravillas y de sus habitantes. Carroll estaba orgulloso de haber creado un cuento que no tenía moral, y se distanciaba así de los irritantes cuentos con enseñanza que se producían destinados a los niños de su época, pero un Burton que se ha cuidado más de afilar los colmillos y estirar las sombras de los personajes que de potenciar sus genuinas tinieblas internas, se ha olvidado de ese primordial detalle, y entre los bandos con una moral muy clara que se disputan la supremacía del País de las Maravillas y los personajes que antes eran locura en estado esencial y ahora ganan hasta una biografía traumática (¡y un nombre propio!), Burton ha atravesado con un puñal envenenado el mismo corazón de Wonderland: no se ha dado cuenta que ha creado un nuevo cuento con moral partiendo de los libros que estaban intentando acabar de una vez por todas con los dichosos cuentos con moral. La obsesión de Burton en convertir a Alicia en una mujer adulta, madura y protofeminista no sólo desecha alguna idea interesante (ese canto a la inmadurez militante con el que parece que va a arrancar la película), sino que consigue despreciar lo que en el fondo es Alicia en el País de las Maravillas: la historia de una niña aterrorizada porque un grupo de adultos de maneras, vocabulario e intenciones completamente incomprensible la quieren zarandear, agredir y controlar sus palabras, comportamientos y destino.
El problema de la película de Burton es que quiere adaptar a los cauces del cine mainstream (porque Burton es cine mainstream, como las comedias románticas de Jennifer Anniston o las secuelas de Saw, independientemente de nuestras preferencias) una obra literaria que desde su misma concepción es anárquica y amiga de la improvisación. No es de extrañar que cuando el propio Carroll intentó domar al País de las Maravillas le saliera una secuela, A través del espejo, que aún siendo magistral, carece de la capacidad para sorprender e inquietar de su precedente (y por ello no resulta nada raro que los mimbres argumentales de la película de Burton procedan de esa secuela especular, aunque por supuesto, prescindiendo de los juegos de reflejos, la imaginería filopagana y el ritmo ajedrecístico). De hecho, si se contemplan las mejores adaptaciones al cine de la obra de Carroll (digamos un par: la versión Disney de 1951 y la versión de 1988 de Jan Svankmajer), podemos calificarlas de películas, en cierto sentido, fallidas: arrítmicas, perturbadoras, con una estructura imprevisible… es decir, tan enloquecidas y sorprendentes como los libros de Carroll. Pero es que por desgracia ni como reescritura personal de la obra de Carroll (el guión de Linda Woolverton saquea abundantes ideas del videojuego American McGee’s Alice y de los gamberros comics sobre Wonderland de la editorial americana Zenescope) ni como propia película de Burton (visualmente, quizás por culpa de la reverencia a las 3D, es la película menos inspirada del director desde El planeta de los simios) funciona esta Alicia en el País de las Maravillas. El fan de Carroll puede encontrar detalles aquí y allá que le mantengan alerta: el diseño y plasmación en pantalla de determinados personajes (el gato de Cheshire, la Liebre Marcera, la baraja de cartas-soldado de la Reina Roja, el Jabberwocky antes de que se ponga a parlotear) son interesantes y adecuadamente aterradores, pero no es suficiente. Por cada detalle de elegancia (el Sombrerero le pregunta a Alicia varias veces cual es la solución al mítico «¿En qué se parecen un cuervo y una mesa de escribir?», y he de confesar que respiré aliviado cuando recibe la mejor respuesta posible), hay unas cuantas irritantes torpezas (desde el horrendo diseño de personajes como el Dodo, el Lirón o el Conejo Blanco a la abierta cobardía de Burton, que no se atreve a dejar desvalida a Alicia en la escena inicial de cómemes y bébemes, e inserta comentarios a pie de imagen por parte de unos inadecuados espectadores ocultos). Y así, esta Alicia viaja al país de las Maravillas en versión de negativo perfecto: por mucha devoción que sintamos por su iconografía, es una pena y un dolor.