Al contrario de lo que me pasa con los videojuegos, que me fascinan por su capacidad para aglutinar chascarrillos ocultistas / ocultoides en un medio hipertecnificado, nunca he sentido especial atracción por el tema de las películas malditas. Ni malditas en lo sobrenatural, ni simplemente desafortunadas en su carrera y explotación. Supongo que un poco por desgaste (cómo les gusta a los cinéfilos de rancio abolengo desgranar las partidas presupuestarias de grandes producciones de Hollywood para luego contar cómo murieron actores en orden alfabético o cómo recaudaron una décima parte de lo que costaron… qué chorrada y qué perdida de tiempo), y también un poco por pereza intelectual, como digo, los videojuegos malditos o los tebeos malditos tienen mucha más garra en mi corpus de idolatrías varias.
Sin embargo, hay una película cuyo fracaso no tuvo nada de sobrenatural, y que me sigue fascinando como la primera vez que oí hablar de ella. La razón de ello, posiblemente, es doble: primero, porque los motivos de su malditismo no tienen nada de misteriosos; segundo, porque está clarísimo que cuando llegue a verla, no me decepcionará lo más mínimo. Lo mío con The Day The Clown Cried, de Jerry Lewis, rodada en 1972 y nunca estrenada por expreso deseo de su autor, viene de una fascinación por su concepto que no tiene nada que ver con los resultados reales. Y el concepto no es el muy superado “¿Puede uno reirse del Holocausto?“. Por supuesto que se puede. La pregunta real, muy peliaguda, es: “¿Puede Jerry Lewis reírse del Holocausto?“. Es decir, ¿puede uno de los humoristas más blancos, puros, esenciales en su lenguaje cómico ambientar sus gags en uno de los periodos más trágicos de la historia de la Humanidad?

No les voy a aburrir con trivia de dominio público sobre el film: la ficha de la Wikipedia es exhaustiva incluso en el argumento. Esencialmente, la película cuenta cómo un payaso fracasado llega a un campo de concentración y entretiene a los niños judíos para que olviden las penurias de la situación. Sí, en efecto, les recuerda a La Vida Es Bella, pero olvídense: la de Benigni es una película que habla del humor como una venda ante el mal del mundo (recurran también a Ilusiones de un Mentiroso, para más sobre el particular); Lewis propone aquí una forma de ver el humor como un sedante de situaciones tan atroces que, en circunstancias normales, nos harían enloquecer de rabia y dolor. Benigni habla del humor como ilusión: hasta lo más horrible puede ser camuflado por el humor. Lewis, de cómo la falta de humor, sencillamente, haría insoportable la vida. El humor es un invento para no morir de asco y de horror. Viniendo de un cómico es un mensaje atroz, pero significativo.
La recepción de los pocos afortunados que pudieron ver la película fue de un rechazo tan visceral que Lewis la archivó y no quiere ni oir hablar de estrenarla. Los guionistas originales, al parecer, se quejan de que el payaso que ellos crearon es un ser miserable y acabado, y encuentra la redención alegrando los últimos momentos de los niños judíos condenados a las cámaras de gas. Es La Lista de Schindler. Lo que propone Lewis, al parecer, es infinitamente más radical: su payaso es un cómico fracasado, pero los niños del campo, condenados a morir, ríen y ríen al encontrar en la actuación de Lewis un alivio circunstancial, pasajero, al horror que les rodea. No por pena ni por humanidad, sino por puro ego, el payaso les acompaña hasta el último momento, haciéndoles reir y olvidar, en una escena final que, lógicamente, no puedo juzgar porque no he visto, pero que parece ser contradictoria, irritante y legendaria a partes iguales.
El humor como estacazo a la sensibilidad. El humor como olvido de todo lo malo. Es tan bonito y tan terrible que sólo Jerry Lewis podía estar al frente de algo así.