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Dos cazafantasmas y un mono

Entrada publicada el 11 de Diciembre de 2006 por John Tones

Aaaaah la Filmation… estaba deseando echarle el guante a esto. Es terrible, tiene una de las annimaciones más rupestres de la historia de la televisión… pero me encanta ese escudo. Y entre los extras, uno de los episodios de la serie de 1975 de imagen real. Go Ghost Busters, go!!!

MIL PELICULAS DE TERROR (4/1000): Scare Their Pants Off!

Entrada publicada el 1 de Noviembre de 2006 por John Tones

No se me ocurre una manera más idónea de desearles un Feliz Día de Todos Los Santos que recomendándoles una película tan pocha, melancólica e involuntariamente macabra como Scare Their Pants Off, quizás el trozo de celuloide más desconcertante que he visto en meses. Pongo a Hefner en el equipo de música para que el ambiente se enrarezca adecuadamente (post-folk británico, mis cojones: es el grupo que más y mejor ha cantado a la deficiencia emocional pura; muy adecuada banda sonora para Scare…, si no en lo melódico, sí desde luego en lo espiritual), y les cuento.

Scare Their Pants Off es exploit puro, tan puro que se desvirtúa a sí mismo, como veremos: el sustantivo que mejor calza con sus inusitadas características es el de parapelícula, término inventado en la segunda mitad de los noventa para definir tanto a films experimentales como a los que se producen y distribuyen fuera de los márgenes de la industria mayoritaria. Perfectas ambas. Verán: Scare Their Pants Off cuenta cómo dos jóvenes utilizan elaborados montajes y parafernalias pseudoteatrales para raptar mujeres, inmovilizarlas en decorados estrafalarios y abusar de ellas, normalmente con su consentimiento, a través de churriguerescos argumentos y palabrería que colocan la actividad de los dos sujetos en un inquietante punto ciego entre la violación y la performance. La primera se acuesta, por lástima, con un trasunto rijoso del hermano tonto de Erik. La segunda acepta ser parte de un lúbrico ritual sexual de raíces mayas. La tercera es, directamente, torturada y forzada con su consentimiento (a ratos) en una sala de interrogatorio nazi. Las tres son sedadas y enviadas en un ferry fuera de la ciudad mientras los dos pillastres se plantean cómo volver a empezar una nueva ristra de lúbricos practical jokes.

Scare Their Pants Off plantea una inequívoca y voluntaria, pero a la vez inocente y parcialmente accidental disquisición sobre los límites entre realidad y fantasía, atreviéndose a señalar en su absoluta falta de prejuicios al espectador como el tercer pervertido del equipo: Scare Their Pants Off grita “¡mirón pervertido!” al cliente de las grindhouses con su retahila de torturas medio consentidas, agujeros para espiar practicados en austeros escenarios, mujeres en ropa interior debatiéndose dentro de la pegajosa neblina de algún somnífero o la colección de fetichismos de calendario barato (el nazi, la chica y el monstruo, la damisela en peligro, el folletín gótico rastrero, y varias decenas más). Vaya cosa, pueden decir ustedes. Como cualquier película de terror de bajo presupuesto. Bueno, sí, en parte. Pero Scare Their Pants Off se dinamita desde dentro sin ella misma ser demasiado consciente (no me creo que tan complejo juego de espejismos sea premeditado): su punto de partida es muy similar al de esa obra maestra acerca del origen del miedo que es The Tingler. Dos hombres, trasuntos en un o de ellos disfrazado de monstruo deforme, tienen que asustar a las mujeres para excitarse. Intrigante, ¿verdad? No se vuelve a ver en la película semejante propuesta conceptual, pero se le da vueltas a esa misma idea durante sesenta y pocos minutos enrarecidos y pastosos: vestidos de nazis o de sacerdotes mayas, los dos protagonistas asustan, asustan y asustan a las mujeres para obtener de ellas sexo o simplemente, algo de temor que les siga recordando quién es el sexo débil. Aunque, insisto, para ello tengan que ponerse un disfraz de monstruo, conexión con nuestro género favorito a la que yo no le dejo de dar vueltas.

Y es una conexión que no se restringe a la temática de géneros: la escena inicial, la del monstruo deforme, muestra a una joven en una habitación prácticamente vacía, de dimensiones inapreciables, paredes completamente negras, acompañada de una banda sonora que es pura cacofonía y una iluminación tan contrastada por culpa del bajo presupuesto que dota de cierto valor expresionista a la secuencia. Las paredes, nos intentan hacer creer, son las de una celda, una habitación herméticamente cerrada, pero en realidad son cortinas opacas. La misma suspensión de credulidad que hay en una obra de teatro, con sus decorados de cartón y sus entrares y salires por puertas inexistentes. El teatrillo lo es para todos: uno pequeño para la víctima, otro grande, y recibido con gusto, para el niño excitable y tembloroso que es el espectador de la película. En su torpeza, el director John Maddox intenta crear con presupuesto infame una situaión inquietante al abrigo de los tópicos (la oscuridad, el misterio, lo desconocido), pero lo consigue evocando sensaciones igualmente aterradoras (la violencia implícita, la miseria material y moral, la locura injustificada). Maddox desasosiega a golpe de ineptitud, pero desasosiega. ¿Es un fracaso entonces Scare Their Pants Off? No: como cualquier buena producción de presupuesto cero que permanece alojada para siempre en alguna zona de nuestro subconsciente para resurgir con gran aparato sonoro en los momentos más inesperados o engorrosos del futuro, Scare Their Pants Off es, en realidad, un triunfo inesperado.

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Polis locos

Entrada publicada el 3 de Octubre de 2006 por John Tones

Amo esta película y todo lo que conlleva entre líneas. La amo y compraré esta edición especial, y cuando muera, será abrazado a ella, porque es todo lo que me gustaría que fuera el cine y no es. Porque el cine es una mierda. Maniac Cop no.

Nos pagan sin trabajar

Entrada publicada el 8 de Abril de 2006 por John Tones

Confirmado. 25 de julio de este año.

25 primeros episodios. 750 minutos. (Spin-off incluido)

Ahora digan aquello de “A mí nunca me gustaron del todo”. O el mejor: “A mí es que me cansaban” (a ellos que convirtieron el agotamiento en una forma de dialéctica). Y se cogen sus gafitas y se ponen a ver el puto Polar Express.

Animaniacs eran una experiencia gozosamente agotadora. Nacidos como consecuencia del éxito de los frenéticos Tiny Toons, primera producción de Steven Spielberg para la facción de dibujos animados de Warner Bros., su planteamiento extremaba las intenciones de aquella: si Tiny Toons era un febril homenaje y actualización de los Looney Toons que todos conocemos y amamos, con cada uno de sus personajes replicando a un icono clásico, Animaniacs jugaba a homenajear (como punto de despegue para una multiplicación ética y estética brutalmente exponencial) un espíritu, más que personajes concretos. Por eso, Animaniacs eran infinitamente más abruptos, más abstractos. Se movían mucho y se paraban súbitamente, en monstruosos abismos conceptuales que, lo recuerdo muy bien, hacía que los niños no entendiéramos la mitad de lo que estaba sucediendo en la pantalla, tal era su dinamitamiento de la sintaxis narrativa. Inventaron el silencio frenético. Sus guiños estaban dirigidos a los agujeros negros de la animación americana, a los rincones sin barrer de ese celuloide pintarrajeado a dos tintas, como el oscuro Bosko, al que el aspecto de Yakko, Wakko y Dot remite sin dudas, aunque el aspecto de actor blanco pintado con betún, tan propio del vodevil de principio de siglo, fue metamorfoseado para llegar a una especie de perracos esquizoides y que nadie acusara a la serie de xenofobia icónica. Referencias sexuales explícitas mezcladas con segmentos educativos para niños de teta daban la arritmia imprescindible para una serie gloriosamente extravagante, pero nacida desde todo un señor surtidor de mainstream. Mi concepto favorito de la serie, contado en los créditos, era que los tres hermanos Warner tenían un estilo de humor tan radical para los capitostes de la productora que permanecían encerrados en uno de esos tanques de agua de los estudios de cine, uno con el logo de la WB bien visible. Es una metáfora tan contundente del propio mecanismo creativo de la serie que me fascinaba hasta cuando para mí un mecanismo creativo era darse una paja para inspirarse antes de calcar una portada de Spider-man en una hoja de libreta.

Yo no puedo decir más: cuento los días, y confío en que para julio, ya se habrán aprendido alguna que otra melodía imprescindible.



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DVD: Gremlins

Entrada publicada el 7 de Julio de 2005 por John Tones

”A ver qué me va a contar Tones de Gremlins que yo no sepa”. Pues nada, oigan. Les voy a contar exactamente eso. NADA. Volví a verla hace unos pocos días, porque conseguí las ediciones en DVD americanas de ambas entregas, hasta los huevos de esperar a que las editaran por aquí, y aproveché para revisarlas. Lo más curioso es eso que les estoy diciendo: me parecieron exactamente lo mismo que me habían parecido siempre. Sea lo que sea lo que hizo que al principio de este visionado experimentara una leve decepción (“¿qué coño pasa? ¿no he madurado nada en veinte putos años?”) que luego se convirtió en abierta sorpresa (“¿será que los valores de esta película permanecen inalterables como el genoma de Gigamesh por los siglos de los siglos?”), acabó lanzándome en plancha hacia un abierto y calentito ombliguismo que culminó con la puta frase que ninguna persona con un mínimo de dignidad debe pronunciar antes de cumplir los sesenta (“si es que ya no se hacen películas como antes, joder, joder, JODER”). Por suerte, yo de dignidad ando bastante justito, y a las pruebas me remito, así que revisemos del amor (¡otra vez!) qué demonios tiene esta película para poseer aún una fuerza tan endemoniadamente indiscutible.

Y sin embargo, creo que la gente se equivoca con Gremlins. Todo el mundo dice que es una comedia que súbitamente y sin avisar se transforma en película de terror, y no. Yo siempre veo el terror y la comedia apareándose ahí, en las tripas del metraje. Ambos códigos conviven de una forma completamente natural y ochentera (¿recuerdan?: Noche de Miedo, Un Hombre-Lobo Americano en Londres, El Regreso de los Muertos Vivientes). Por ejemplo, las famosas tres reglas, el warning tripartito, son propias de manual de uso y disfrute del equipo de cazavampiros, pero están aplicadas a una mascota peluda inofensiva. Hay humor, claro, pero no paródico (que parece que todo el humor referencial tiene que estar parodiando, y no; digo, de hecho: y mejor que no). La secuencia de la muerte de Stripe, sin ir más lejos, que se dice a menudo que es una parodia de la muerte de Drácula, y sí, pero no. Yo siempre la he visto como una perfecta muestra de lo que habría sido Barrio Sésamo si en vez de Jim Henson lo hubiera creado el primer Cronenberg.

En realidad, el guión tiene una precisión asombrosa, construído desde sus mismas ancas como una reflexión sobre el doble y sus muchas posibilidades. Jekyll & Hyde For Kids podría subtitularse Gremlins. Ejemplos: dos géneros que conviven en la misma película, devorándose y contaminándose el uno al otro; el vecino obsesionado con la maldad manifiesta de los productos importados que tiene que enfrentarse a un uno de esos productos (Gizmo es made in China, como John Liu), el cine que proyecta A boy’s Life y Watch the Skyes (las dos caras de la misma moneda cincuentera americana, y de paso, títulos de rodaje de E.T. y Encuentros en la Tercera Fase)… Toda la película está construída en base a esta idea dual, y su máxima expresión, por supuesto, está en los propios monstruos: Gizmo es mono, pero no empalagoso –y menos cuando hemos asistido a su espeluznante proceso reproductivo-, y los gremlins que genera son gamberros, pero maquiavélicos. Es perfectamente creíble que sean dos caras de la misma moneda. Si me permiten la expresión. La milimétrica exactitud del guión alcanza hasta al giro argumental de la película: justo en la mitad de metraje.

Ya me notan muy enchochado con la película, ¿eh? Es que no es para menos: recuerdo una época en la que mis amigos y yo estábamos convencidos de que Joe Dante, John Landis y Robert Zemeckis iban a conquistar el mundo. Spielberg nos daba un poco igual: estaba tan por encima y parecía tan infalible, el muy bastardo, que daba la impresión que siempre iba a estar haciendo cosas como los indiana jones (¿se imaginan?). Pero los otros eran imprevisibles, eran unos cabrones llenos de ideas y con ganas de armarla con cada película. Supongo que nos dimos cuenta de que todo esto se había acabado (todos: ellos y nosotros, aunque me temo que los que realmente lo sentimos fuimos nosotros) con el monumental fracaso de esa maravilla indiscutible que es La Muerte Os Sienta Tan Bien. Nacho está convencido de que ellos mismos creían que esa cosa iba a arrasar, yo no estoy tan seguro. Pero sí coincido con él en que la reacción del Zemeckis otoñal fue “Eeeeeeh, que ya no estamos para hacer el ganso”. Y el resto ya se lo saben. Y si no lo saben, eso que ganan, porque es muy triste.

Da igual: por la época en la que se estrenó Gremlins estaban todos en plena forma, y trabajaban con estos guiones como de hormigón armado, que todo era perfecto, que todo era extremadamente preciso. Sí, amigos, antes las cosas molaban más, y me da igual decirlo con 29 años de mierda. Revisando Gremlins volví a ver cómo los diálogos mantenían intacto el regusto perverso de los buenos productos de fantasía: en ese sentido, se lleva todos los honores la muy lamible Phoebe Cates, que afirma en una escena romática (sic y todo) que en Navidad, mientras algunos abren los regalos, otros se abren las venas (¡literal!). Y la mítica secuencia donde explica cómo murió su padre: disfrazado de Papá Noel, muerto de inanición en la chimenea de su casa. Una imagen terrioble que ha quedado un poco desvirtuada (como tenía que ser) por el poder paródico de la secuela, pero que conserva intacta toda su fuerza primitiva.

Gremlins escupe al espectador, aún hoy, algunas de las mejores y más extrañas imágenes del cine fantástico de los ochenta, sin necesidad de recurrir a homenajes, retroguiños o genuflexiones: las muertes de los gremlins en la cocina, la cabeza del gremlin ardiendo y sin dejar de aullar en la chimenea, el hombre disfrazado de Santa Claus aullando mientras tres o cuatro monstruos se encaraman a su chepa. O el horizonte nevado de la calle principal del tranquilo pueblo que se va llenando de una oleada de gremlins, de risas, de puñeterismo, y de promesas al espectador que tardaron muy pocos años en dejar de cumplirse. Gremlins es grande, y me da igual lo que piensen: encanta no haber cambiado de opinión en todo este tiempo.

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