Hablábamos de Lionheart como un paso importante, definitivo y, de algún modo, sin marcha atrás en la carrera de Van Damme. Exhibía con ella el firme propósito de abandonar las restricciones genéricas del cine de artes marciales, al que ya había conducido a un indudable techo artístico con Kickboxer y, sobre todo, Bloodsport, para orientar hacia una dirección mucho más generosa en su carrera. Van Damme quería ser el rey de la Serie B. El éxito internacional, la colaboración tímida con nombres conocidos fuera del circuito de la hostia competitiva y una mayor confianza en su propia capacidad como intérprete le llevan a dirigir sus pasos hacia un espectro temático y estético muy superior. A partir de ahora, Van Damme no se adapta a los géneros: los géneros se adaptan a Van Damme.
Es decir: hemos encontrado rasgos del Van Damme Autor desde su primerísima película, aún haciendo de villano y en un papel muy secundario. Los hemos ido enumerando, los Te Emes de Van Damme, pero no dejaban de ser rasgos de estilo invadiendo estéticas muy codificadas. A partir de ahora, los géneros mutan para convertirse en lo que algunos califican con desprecio y otros presenciamos atónitos como “Películas DE Van Damme”. Películas de terror, de ciencia ficción, de suspense, siempre de género, y no siempre de la variante fantástica o pulposa, que gracias a su adscripción a los siempre versátiles y adaptables parámetros del bajo presupuesto, mutan para acoger a Van Damme. Bloodsport es una excepcional película de artes marciales, pero es una película de artes marciales. El film que nos ocupa, Libertad Para Morir (Death Warrant), es una película de cárceles, pero de cárceles DE Van Damme, es decir, un film disparatado, autoconsciente, histérico, enfebrecido. Libertad para Morir es, muy a su modo, y dejando aparte gustos y filias, una película redonda en la orgullosa cuadratura que supone y conlleva el tener un reparto encabezado por Jean-Claude Van Damme.
Me oirán decir esto mucho a partir de ahora, pero el secreto para entender este segundo sector de la filmografía de Van Damme no está en buscar rasgos de Van Damme en sus películas, sino en contemplar cómo éstas mutan y se deforman para encajar en la sicalíptica personalidad del astro. Por algún motivo que nadie, ni siquiera yo, llegará a comprender nunca, la sola presencia de Van Damme estrangula las restricciones genéricas y las psicodeliza. Veamos un caso:
Libertad para Morir se distancia definitivamennte de las convenciones de las artes marciales y se acerca, muy a su manera, al estilo clásico de cine negro carcelario con una historia acerca de un policía canadiense que ingresa en una cárcel como un convicto más para investigar misteriosas desapariciones de presos. Los créditos, nada más empezar, comienzan a escupir nombres propios del bajo presupuesto y la acción directa al vídeo estadounidense, nombres que de por sí solos garantizan contundencia, buen hacer, oficio y diversión descomprometida: dirigida por Deran Sarafian (director también de uno de los descerebres más simpáticos del bajo presupuesto noventero, Velocidad Terminal, e hijo de Richard Sarafian, director de una de las mejores películas de la historia –mastiquen esa definición con calma, que la he dejado caer muy conscienntemente: una… de… las… mejores.. películas… de… la… historia-, Punto Límite: Cero, más conocida como Vanishing Point); producida por Mark di Salle, que ya hizo esa función en las dos mejores películas de la primera etapa de Van Damme, Kickboxer y Bloodsport; guionizada por David S. Goyer, que rubricó los guiones de Demonic Toys de la Full Moon, la incomprendidísima El Cuervo: Ciudad de Ángeles, Dark City, Blade, Freddy Vs. Jason y la futura Ghost Rider (hace salivar, ¿eh?… hasta ahora, sólo se le conoce un punto negro como zurullo de cabra: Batman Begins); y un reparto con unos cuantos nombres propios de la letra B (Cynthia Gibb, Patrick Kilpatrick, Joshua Miller, Jack Bannon y un largo etcetera). Semejante genética de la desvergüenza sólo puede arrojar como resultado un producto trepidante y tremebundo, con las mejores virtudes de la acción escueta. Por ejemplo, a las cinco líneas de diálago (cuéntenlas si no se lo creen) sabemos todo lo que tenemos que saber sobre la personalidad y motivaciones del protagonista (esto no se lo van a creer: ¡hay quien piensa que eso es un defecto!… sí, de verdad, respiren hondo, ¡hay gente así de necia!). Y eso enmedio de una somanta de palos. Más: desde su mismo punto de partida, la mezcla de géneros (naturales, como el policiaco + psycho del arranque, o contranatura, como el fantástico + erotismo fino + prisiones + policiaco + monster movie + psychothriller) está a la orden del día. Más: el villano psicópata se hace llamar The Sandman y dice que se aparecerá en los sueños del héroe.
Pero, a pesar de esta aparentemente férrea estructura de serie B clásica, Van Damme distorsiona todo a lo que se acerca, haciendo que la película oscile entre un cómodo subproductillo de cárceles y experimentos inhumanos y el más desbordado fantástico onirista. Todos los tópicos que amamos del cine de cárceles está en Libertad Para Morir: guardia sádico, discursito agresivo de bienvenida por parte del alcaide, negro simpático que ayuda en el comedor y la recepción, preso gay pero valiente, bronca en el comedor por un quítame allá ese asiento, bandas de hispanos y otras minirrazas, pelea en la lavandería, infiltración en los archivos oculto en un carro de ropa sucia, celda de aislamiento… pero la presencia de Van Damme rápidamente disparata estos lugares comunes sin preguntar ni cuestionar, y sobre todo, sin traicionar ni poner en duda la base que está pervirtiendo: esto no es ni una parodia ni una crítica, es una película de género. Del género Van Damme. Por eso, por ejemplo, el guión se adapta a las características del actor, y la pelea en la lavandería forma parte de la estructura de videojuego zumbón de Bloodsport y compañía, en la que los enemigos son una sucesión de final bosses. Por eso, entre los tópicos de la cárcel se deslizan bombas de relojería: el mad doctor, los pasillos que parecen salidos de los sótanos de Pesadilla en Elm Street, travellings subjetivos por la penumbra de los corredores que sugieren presencias sobrenaturales y y el progresivo deslizamiento hacia el fantástico. El ecuador conceptual de este viraje está en la visita a The Priest, un veterano preso que proporciona de todo a los presos que llevan dinero, y que vive en un harén de pesadilla en los submundos de la prisión. Mientras acompañan al protagonista en su descenso, la frase “Cuanto más desciendes en esta cárcel, más raro se vuelve todo” adquiere matices inquietantemente simbólicos.
Lo curioso -y bello- de la cuestión es que Death Warrant es una película filmada con una planificación muy poco moderna, atenta al primer plano y a una pantalla rebosante de información. Sin estridencias y dueña de una economía narrativa muy interesante es, quizás, junto a Sin Escape, una de las películas más clásicas de Van Damme, clasicismo que se ve, una vez más, gozosa y continuamente corrompido por la presencia del actor, que propicia maravillosos planos como aquel en el que huye de una horda de presos que quieren ajusticiarle, y que parece salido de El Mundo Está Loco, Loco, Loco. Ese continuo vaivén entre las convenciones de la Serie B y el descontrol conceptual que impone ese Van Damme –imán de insensateces- que todos amamos es el que convierte a Death Warrant una película especial. Sin importancia, pero especial: cuando en el tramo final de la película se intentan recuperar los códigos del cine negro, que a esas alturas han quedado completamente chamuscados, propiciando una fuga, nadie parece darse cuenta de que el tópico queda inutilizado porque… no ha sido planeada: es espontánea. A base de querer tocar todas las notas del cine carcelario, Death Warrant se zumba al mismo tiempo las posibles ramificaciones temáticas con una actitud involuntariamente contradictoria.
Death Warrant, en fin, se puede resumir en un plano maravilloso: en el combate final con The Sandman, Van Damme introduce todos sus Te Emes de combate. Hace su mítico “Aaaaargh” de furia a cámara hiperlenta, que se ve bruscamente interrumpido por una inopinada llave inglesa gigante que le golpea en la cabeza, también a cámara hiperlenta. El humor irrumpe en una escena aparentemente furiosa no a través del chiste o el subrayado o la parodia, sino de la sorpresa y la elección del momento más inesperado. A partir de ahora, ni el propio Van Damme está a salvo de sí mismo. A partir de ahora, sálvese quien pueda.
Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Pelo Horrible™, Patada Voladora al Ralentí™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™
Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg
- Kickboxer
- Lionheart
Calificación: Cárcel de videoclip + The Sandman + Llave Inglesa + Ambición Multigenérica = OOOOOOOO (ocho hostias sobre diez)