Saturday, May 19th, 2007
HOSTIAS COMO PANES (XI): Las Cien Razones de Blanco Humano - (3/10)
21.- El reflejo de la cuestión: Uno de los tics de estilo de Woo son los reflejos y destellos. Son símbolo de peligro, y cuando hacen acto de presencia, es que se avecina una marimorena. Por eso le gustan tanto los cristales y las gafas de sol. Porque desde ellos se predicen polvorines futuros y hostias fijas dos minutos más tarde. Antes de la pelea que les posteé el otro día, Riesgo sale del bar en el que acaba de aparecer Nat, que despreocupada exhibe ante la poco distinguida clientela un par de fajos de billetes bien grandes. Más por imprudencia que por maldad. Riesgo sale del bar, no sin antes sujetar con el pie la puerta del local. Reflejada en ella ve a un par de granujas que le han echado el ojo a la chavala. Riesgo se larga, pero con el reflejo de un pequeño y fututo holocausto de golpizas definitivamente tatuado en el cogote.
22.- Temazo, temazo: A los nueve minutos y veintidós segundos de metraje comienza a sonar el mejor tema de la banda sonora, Streetfighting Van Damme (ojito a la identificación personaje-actor, que me da para doscientas entregas más de Hostias Como Panes), y que acompaña a la dichosa pelea. El autor de la partitura es Graeme Revell, un compositor de campo responsable de las bandas sonoras de títulos como Street Fighter, Jóvenes y Brujas o Freddy Vs. Jason, por decir algunas de las buenas. La banda sonora, como la propia película, disfruta siendo obvia, y se apalanca en un rock sureño con puntuales coqueteos con el AOR rancio que, efectivamente, no podía ir más a juego con el corte de pelo de Van Damme.
23.- La hostiaza: A diez minutos y trece segundos del comienzo, Yancy Butler recibe una espectacular bofetada de parte de uno de los bellacos que quieren atracarla. Un ralentí y una descomposición en un par de planos por parte de Woo potencian la que es una de las más espectaculares agresiones a una fémina que se han visto en la pantalla de cine. Y sin necesidad de ponerse soeces.
24.- Plano Perfecto # 2 (00:10:19): Los matones tiran a Nat sobre un coche, pero se detienen cuando Riesgo aparece en escena y llama su atención. Woo lo filma desde detrás de Van Damme, a ras de suelo, y entre sus piernas. Nunca un plano tan manido había desbordado tanta clase. Colega.
25. – Diálogo Perfecto # 1:
- Chorizo 1: Te he avisado. Piérdete.
- Riesgo: Recoge tu pinchito (pausa) y a tu novio. Vais a perder el autobús.
26.- Gestualización máxima: Durante toda la película, y apoyándose en el uso intensivo de la cámara lenta (que aquí, dada la fijación en usarla para filmar gestos más que acciones, podríamos llamarla “cara lenta”), Woo endiosa la expresividad de sus actores. Hasta de los que son inexpresivos. Por ejemplo: no sólo tenemos la hostiaza a Nat de hace un momento. Es que antes de empezar la pelea, Woo filma los rostros de dos contrincantes de Van Damme, simplemente aguardando, esperando, ralentizando la acción, multiplicando el tempo y, sobre todo, dejando claro que aquí el que actúa primero es Riesgo. Durante las peleas, Woo parece obsesionado con que se focalice el dolor físico en los rostros de los combatientes: así, el patadón de Riesgo en la jeta de una de sus némesis se traduce en un bellísimo instante en el que la cara del malvado se deforma y sus gafas de sol salen volando. Tendremos momentos gloriosos de este calibre a lo largo de toda la película: veremos a Riesgo, por ejemplo, contemplar cómo vuelan hacia él los proyectiles del armamento enemigo, sopesar sus posibilidades ante una pelea, reflexionar, en fin, a la velocidad de la luz. Todo gracias a un juicioso empleo de la cámara lenta y una centralización, por una vez, no en los vehículos y el núcleo de las explosiones, sino en los bípedos enfervorecidos que las provocan.
27.- La pelea: Única secuencia de la película basada exclusivamente en el combate cuerpo a cuerpo, porque pronto llegan los polvorines en los que Woo se siente tan cómodo. No me resisto a volver a cascarles el Tutubo. Ustedes y yo nos lo merecemos.
28. Neowesternismos: La pelea acaba con Riesgo yéndose por donde ha venido. Un sonido de guitarra slide amplifica sus pasos con estilo de puro western, pero tal y como lo entiende Texas Ranger. Un texas ranger cualquiera, de hecho. Nueva Orleans, convertida en una ciudad sin ley, tiene la estética de refrito de culturas tan propia de los viejos pueblos del Oeste, y el hecho de que parezca que sólo posee una avenida principal refuerza el abrazo al subgénero. El personaje de Riesgo es un Lucky Luke del quince, y los sempiternos motoristas que flanquean a Fouchon son purititos ghost riders.
29. Huelga de policías: Como en Robocop, el perfecto tono de ciudad sin ley se consigue haciendo que ni un solo agente del orden asome sus feas narices por la acción. Así, por un lado, se fomenta el tono desesperado de cada decisión de Riesgo y los suyos. Por otro, excusa argumentalmente la sabia decisión de Pfarrer y Woo de hacer que las calles estén vacías, desoladas. Ni una hostia cae sobre un espectador incauto. Los únicos inocentes que mueren en un tiroteo son sólo los que resulta conveniente que mueran desde el punto de vista dramático. La abstracción de la que hablábamos envuelve cada adoquín de Nueva Orleans gracias a una decisión tan sencilla como alejar del plano a los garantes de la ley y el orden.
30.- Plano Perfecto # 3 (00:18:31): Después de ser rechazada por Riesgo, Nat se pregunta cómo va a sobrevivir en Nueva Orleans sin un guardaespaldas. Pero Riesgo cambia de idea. Y tras unos estibadores que mueven unos bidones en el puerto, Riesgo hace su aparición, lentamente, acercándose al coche en el que está Nat. Woo divide esta aparición, casi fantasmal, en tres planos progresivamente más cercanos a Van Damme, y de paso convierte a Riesgo, en ese momento, en la persona más jodidamente cool del universo conocido. Cuando Nat lo ve a aparecer se da cuenta al mismo tiempo que el espectador, y en una casi pornográfica respuesta a la aparición, se quita estupefacta las gafas de sol y disfruta, boquiabierta, del espectáculo.

Entiendo la necesidad de los fans de reivindicar Sin Escape, de verdad. Entiendo el extraño, satisfactorio placer, la contradicción eléctrica que martillea cada recoveco de la cavidad bucal cuando se saborean las palabras adecuadas delante del imbécil adecuado: “Es un clásico moderno. Tiene madera de clásico“. O la tercera combinación, aunque las tres sean los ángulos de un peliagudo triángulo conceptual en el que les recomiendo no abundar demasiado: “En otra época, podría haber sido un clásico“. Cuando el interlocutor arquea las cejas y mira con desdén, el imprudente defensor del cine vandámico remata la faena: “Si no saliera Van Damme, esta película le encantaría a la crítica“.
Lo confieso: a pesar de las simpatías que Soldado Universal despierta entre la fanbase de Van Damme, no se cuenta entre mis filigranas favoritas del astro. Posiblemente se deba a que es defendida con exceso de pasión por gente cuya buena voluntad no pongo en duda pero que, lo siento, no han entendido nada. Su barniz de presupuesto medio-alto y el monstruoso éxito que cosechó en todo el mundo, disparando la carrera de los tres nombres propios que participaron en ella (Van Damme, Dolph Lundgren –otro a quien habría que dedicar un estudio de logros pormenorizados- y el director Roland Emmerich) hace relativamente sencilla su defensa por las razones de siempre: técnicamente es bella, pulcra, efectiva y simpática. ¿Entonces?
Es por películas como Doble Impacto por las que cada vez que alguien mete a Schwarzenegger, Stallone y Van Damme en el mismo saco, a los fans se nos llevan los demonios. Van Damme juega, como demostramos en nuestro último Hostias Como Panes, y a pesar de las apariencias (Libertad Para Morir arrancaba como una intriga carcelaria más que, expuesta a la demoledora personalidad del actor, acababa retorciendo sus formas y sus fondos para convertirse en un producto ciertamente único), que Van Damme juega en una liga muy distinta. Ya decidido a convertirse en una estrella del género de acción, inconsciente con toda seguridad de que él mismo es más Van Damme que Van Damme, llega Doble Impacto, favorita de fans y estudiosos por inaugurar en la filmografía del astro uno de los temas rectores de su obra: el doppelgänger. Aún sin indagar a fondo en las jugosas implicaciones temáticas de la cuestión, implicaciones a las que Van Damme buscará las cosquillas en films futuros, Doble Impacto proporciona justo lo que promete: dos hermanos gemelos, separados cuando eran bebés, que se reencuentran cuando son adultos en Hong Kong y deciden vengar, a pesar de ciertas diferencias iniciales, la muerte de sus padres a manos de un mafioso local. ¿Y qué promete semejante punto de partida? Fácil: otra película de género dinamitada y potenciada desde su mismísimo núcleo. La presencia de dos Van Dammes por el precio de uno no es más que un gatillo argumental que parece fruto de uno de esos brainstormings tóxicos en los que se linkan sustantivo y adjetivo para el título de modo más o menos azaroso, y a partir de ahí, todo cuesta abajo. Esa ligereza impregna cada momento de la película y la dota de un desvergonzado optimismo capaz de alegrar el día más mustio. Por ejemplo, los villanos dicen varias veces la frase mágica que define a una película con un punto de partida de este calibre: “There’s two of them!”. De acuerdo, lo reconozco: no se indaga en el tema del doble con la precisión que sería deseable, pero es que en el caso de Van Damme, hasta eso es un posicionamiento abierto. La frivolización manifiesta, la vulgarización conscientísima de un tema tan espinoso como el del doble del héroe es la postura de Van Damme. Y a fe mía que se frivoliza a manos llenas. Lejos de entrar en cuestiones metafísicas, Double Impact hace un chiste con el título, propicia humor de vodevil (¡los hermanos peleándose por una rubia, con gags de equívocos y situaciones de puertas que se abren y se cierran!, ¡diálogos de aliento clásico como “Quizás hoy este borracho, pero mañana estaré sereno y él siempre será un marica”!) y plantea un esperado intercambio de hostias entre los gemelos, técnicamente muy decente y conceptualmente muy cercano a ese cine de Hong Kong al que la película reverencia sin temor ni subterfugios. Todo muy sencillo y, ya digo, subversivo y desafiante en su abierta oposición a cualquier complicación conceptual.
Hablábamos de Lionheart como un paso importante, definitivo y, de algún modo, sin marcha atrás en la carrera de Van Damme. Exhibía con ella el firme propósito de abandonar las restricciones genéricas del cine de artes marciales, al que ya había conducido a un indudable techo artístico con Kickboxer y, sobre todo, Bloodsport, para orientar hacia una dirección mucho más generosa en su carrera. Van Damme quería ser el rey de la Serie B. El éxito internacional, la colaboración tímida con nombres conocidos fuera del circuito de la hostia competitiva y una mayor confianza en su propia capacidad como intérprete le llevan a dirigir sus pasos hacia un espectro temático y estético muy superior. A partir de ahora, Van Damme no se adapta a los géneros: los géneros se adaptan a Van Damme.
Lionheart supone, en cierto modo, un paso sin vuelta atrás dentro de la carrera de Van Damme. Para el observador poco perspicaz, no es más que otra entrega de su larga serie de películas ambientada en campeonatos de lucha cuerpo a cuerpo más o menos ilegales, más o menos letales. Para quien sepa o quiera verlo (que a veces es suficiente con algo de voluntad) es un primer descenso del actor belga a los sótanos de la serie B con las trampillas de acceso más sutiles, aquellos sótanos que se abren a los pies del alma de toda película decente y que los necios y los viejos se despachan con el típico y facilón “Es tan mala que es buena”. Si fuera tan sencillo como eso, cualquier gilipollas se abriría un blog sobre cine de bajo presupuesto. Ehm, no, un momento…












