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Wednesday, July 5th, 2006

HOSTIAS COMO PANES (VI): Lionheart

Lionheart supone, en cierto modo, un paso sin vuelta atrás dentro de la carrera de Van Damme. Para el observador poco perspicaz, no es más que otra entrega de su larga serie de películas ambientada en campeonatos de lucha cuerpo a cuerpo más o menos ilegales, más o menos letales. Para quien sepa o quiera verlo (que a veces es suficiente con algo de voluntad) es un primer descenso del actor belga a los sótanos de la serie B con las trampillas de acceso más sutiles, aquellos sótanos que se abren a los pies del alma de toda película decente y que los necios y los viejos se despachan con el típico y facilón “Es tan mala que es buena”. Si fuera tan sencillo como eso, cualquier gilipollas se abriría un blog sobre cine de bajo presupuesto. Ehm, no, un momento…

Da igual, a lo nuestro: cuando una película comienza con un ajuste de cuentas callejero entre delincuentes que culmina cuando uno pega fuego a otro, y el espectador presencia la típica secuencia de stunt ardiendo y haciendo molinillos con los brazos, se espera que la secuencia acabe en fundido a la camilla de los ATS con el cadáver chamuscado y la policía tomando declaración a un par de testigos, o a una escena con un ambiente y temática lo más contrastada posible con lo que acabamos de ver (unos niños en un jardín o un parque de atracciones), y alguno de los presentes recibiendo la noticia del anterior suceso, noticia que le sacará de su mundo de ilusión e inocencia para meterle de un patadón directo a las cervicales en un submundo de violencia y venganzas del que a) ni había oido hablar, o b) salió hace mucho tiempo, y con gran esfuerzo, y de nada le va a haber servido el cambio de identidad y emigrar a la otra punta del estado. Pero no: Lionheart, como tantas otras películas posteriores de Van Damme, juega a la fascinante carta de disfrazar de película de presupuesto medio (el actor ya no es un secundario venido a más) lo que tiene que ser, por necesidad y por espíritu, puro derribo cultural. Así, Sheldon Lettich encadena el plano del delincuente ardiendo con un primerísimo primer plano del sujeto, en la cama del hospital, completamente chamuscado y supurando por flamantes orificios de la cara todo tipo de líquidos purulentos. Una imagen de la que no habría renegado el Fulci más light. El drama se convierte en tebeo y los sentimientos, en cuadro sinóptico de emociones, solucionados con ecuaciones de libro de aprendiz de guionista: en este caso, y basta de imágenes baratas, es “la ira lleva a la venganza”.

Van Damme da vida a un soldado de la legión extranjera francesa, Lyon, que se entera de que su hermano ha muerto (en efecto: el maleante flambeado en el párrafo anterior), y huye a Los Angeles para ayudar econónicamente a la reciente viuda. Una vez en la gran ciudad, se introduce no se sabe muy bien cómo en un circuito de peleas callejeras ilegales donde comienza, como era de esperar, a reventar mandíbulas a altas velocidades. ¿Les suena a Kickboxer o a Contacto Sangriento? Déjenme que les explique la diferencia. Las primeras películas de competiciones marciales de Van Damme eran sencillas, esenciales en su esquemática desnudez argumental. Adaptaciones del cine oriental de género, donde el combate es más bien un modo de hacer avanzar el argumento a base de metafísica de la hostia, donde no hay que dar explicaciones, redondear personalidades ni iconizar monsergas, porque ya viene todo iconizado de serie. Cuando entran en escena mierdas más propias del cine occidental del tipo “desarrollo de personajes”, “justificación argumental” e “interés amoroso para el protagonista”, pero sin que se vean modificadas las limitaciones presupuestarias, entramos en el apasionante mundo de la infraética del bajo presupuesto y el consiguiente delirio voluntario e involuntario. Que hay cosas de las que nunca puede uno estar seguro.

Por ejemplo: la secuencia de huida motorizada inicial es tan lenta que cuando Van Damme derriba a uno de sus enemigos, que intenta subir al jeep que está conduciendo, éste cae de pie y sigue corriendo al lado del coche, es decir, ni siquiera resulta posible fingir a golpe de montaje que la secuencia se desarrollaba a toda velocidad. Por ejemplo: Van Damme atraviesa un desierto andando, en secuencias que recuerdan, en lo visual y en lo simbólico, a la extraordinaria crucifixión de Cyborg. Por ejemplo: ya no hay una búsqueda de la fuerza interior, del chi que se abre paso a guantazos entre los pliegues del estómago ajeno para dar equilibrio al microcosmos de las competiciones de zurriagazos. Ahora, las peleas forman parte de un entramado de pasiones, deseos y conspiraciones en el que Van Damme es un elemento más, y no un detonante o ni siquiera un desestabilizador: es esa peste llamada argumento. Por suerte, nuestro hombre emite esas vibraciones innatas tan peculiares, capaz de poner patas abajo cualquier atisbo de convencionalismo con sólo acercarse de refilón (ya lo iremos viendo en ese monstruo de tres cabezas compuesto por Soldado Universal, Street Fighter y Double Team), y las peleas guardan en su núcleo argumental una maravillosa idea, muy propia del cine bajo mínimos: los pobres se pelean para entretener a los ricos. Apenas desarollada, apuntada sólo en lo visual y nunca de modo expreso, su contundencia teórica polariza aún más a combatientes y espectadores, de esa forma maravillosamente maniquea, sincera y esquemática que sólo posee el cine de bajo presupuesto.

La serie B no es una cuestión de presupuesto, sino de actitud. Una actitud, además, que no se busca ni se aprende: se tiene o no se tiene. La actitud que lleva a plantear en un contexto como el de esta película una secuencia de borrachera, perfectamente seria y supuestamente integrada en la trama. O frases en medio de una pelea como: “Eres muy guapo. No sé si quiero pelear contigo o follar contigo”. O uno de los grandes aciertos visuales del film, adelantándose años a los siempre dubitativos criterios estéticos de las superproducciones de acción: la atrevida absorción de decorados propios de videojuegos de lucha de la época. El fondo de una piscina medio vacía, un callejón bajo un puente, un círculo de coches con los faros encendidos delimitando un improvisado ring… Ya ven, a estas alturas y marcando tendencia con tanta, tan radical y tan desafortunada visión de futuro que el asunto no prosperó ni fue imitado en bastante tiempo.

Les iba a decir aquello de “Ah, los misterios de la serie B”, pero oigan… es que esto de misterioso no tiene nada. Es que es lo que se viene conociendo como sentido común.

Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™, Peripecia Desértica™, Historias de la Legión Extranjera™, Nombre Inenarrable™, Pelo Horrible™, Patada Voladora al Ralentí™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™.

Calificación: Piscina mugrienta + peleas mugrientas + niña mugrienta + sidekick mugriento + villana engominada = OOOOO (cinco hostias sobre diez)

Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg
- Kickboxer

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Wednesday, June 14th, 2006

Tres razones por las que el Tutubo lo es Todo (2)

Este segunda entrega en pos(t) del holocausto tutubista me sirve también como inciso antes de la nueva entrega de Hostias Como Panes. Aunque hay cosas inmejorables, reconozcamos que como pregona orgulloso este tutubo, han logrado mejorar una pelea de Van Damme yendo a lo que hay que ir. Dejándose de monsergas. Para que se pongan en situación: imaginen que va Bryan Singer y se deja de monsergas. Bryan Singer presenta: una película desmonsergada. Y quizás le sale algo la mitad de bueno que esto. Podríamos empezar a confiar en que alguien alguna vez va a hacer una película medio en condiciones otra vez. Pero no nos hagamos ilusiones.



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Monday, April 3rd, 2006

HOSTIAS COMO PANES (V): Kickboxer

kickboxer.jpgEs un gusto hablar de películas como Kickboxer, pero también es un suplicio. Es un gusto por las razones obvias, y es un suplicio porque no sé muy bien cómo enfocarlo sin caer en el tópico desgastado. Kickboxer es, un poco, para el Focoblog, lo que un Ciudadano Kane debe ser para Spaulding o similares. Una obra mayúscula, de cierta grandeza insondable y, para qué negarlo, un pelín incomprensible. Particularmente, Contacto Sangriento me parece, en este tramo inicial de la Van Damme Opus, mejor y más divertida, pero Kickboxer posee la particular fortuna de ser completamente consciente de quién es su protagonista. Y cuando ese protagonista es Van Damme, amigos, estamos hablando de rubricar gramáticas fílmicas con la punta del pito. Es una diferencia muy similar, por citar otros dos hitos, a la que hay entre las entregas de Ace Ventura. Una sorprendida casi de sí misma y de sus logros, fruto de una reunión casi espontánea de talentos e instantes. La otra, intentando replicar lo irreplicable a fuerza de mayusculizar tanto lo obvio como lo subliminal, y dando como fruto una obra única.

Van Damme ya se había dado cuenta desde hacía unas cuantas películas que era Van Damme, y que sus peculiaridades como intérprete, los infaustos Te-Emes que recapitulamos al final de cada entrega de Hostias Como Panes, están por encima de las hipotéticas diferencias entre sus películas. Por eso, cuando por primera vez recicla un argumento de una película suya anterior (en este caso, de la citada Contacto Sangriento, observen a qué velocidad entra en el esperado ciclo del autoplagio) -contando la historia de un joven que, tras contemplar cómo su hermano queda inválido en una competición de kickboxing, decide entrenarse y vengarse del culpable, el animal de dos metros y medio Tong Po-, nos encontramos más ante un Van Damme Plays The Van Damme Standards que ante una película con identidad propia.

Eso, por si se están perdiendo, es bueno.

En realidad, la génesis metafórica de Kickboxer es fascinante en ese sentido: surge como una réplica orientada al mercado adulto de Karate Kid (sin pasarse, que entre mis amigos y yo, con diez años escasos, gustaba mucho más que el original). Algo así como Kickboxing Handsome Young Man. Pero es que, como hemos dicho por aquí en alguna otra ocasión, Karate Kid es una réplica bastarda de el primer hit de Jackie Chan, El Mono Borracho en El Ojo Del Tigre. Gracias a la coproducción oriental, la ambientación asiática y la reintegración de algo de la crudeza perdida en la exitosa producción norteamericana, se hace algo de justicia poética, y se devuelven las hostias a un entorno, el campo abierto lleno de chinos, del que deberían haberlo sacado sólo sus oficiantes originales (cosa que hicieron, y de qué modo, en los ochenta en Hong Kong, aunque de eso ya hablaremos en otro momento). La cosa ya parte de una cinta de moebius de réplicas y contrarréplicas enfangadas en la más pura serie B: Kickboxer es una copia destinada al mercado del vídeo de Karate Kid, con la filosofía barata aún más barata, y el entrenamiento aún más sádico, lo que por una parte le acerca y por otro le distancia del referente original, ese Drunken Master que todos amamos.

El resultado es una película involuntariamente situada en uno de los vértices más extraños de este triángulo ético y estético: no tiene esa condición exótica e inimitable de El Mono Borracho (con ese sadismo extremo sólo aceptable por paladares orientales), pero tampoco esa tontuna para adolescentes de Karate Kid, lastre del que Kickboxer se libra… siendo aún más comercial. Lo que el bajo presupuesto de los ochenta entiende por comercialidad, claro: gestos y sonrisitas involuntariamente filogays, vestuario aberrante (el chaleco vaquero cubriendo una camisa de cuadros sin mangas forma parte del guardarropa recurrentemente horroroso de Van Damme), luces azul eléctrico en interiores, strippers tailandesas (¡toma!) y simplificación máxima de argumento y relaciones entre personajes, pero en un paso intermedio entre la abstracción galopante de Bloodsport y la inaguantable verborrea de las grandes superproducciones de acción (por ejemplo, en su intento de desmadejar al máximo las líneas argumentales, se pervierten los códigos clásicos, con el amigo negro traficante de armas haciendo de figura fraterna que sustituye al hermano de Van Damme, que queda en silla de ruedas � y por si acaso no estuviera todo bien subrayadito, el nuevo amigo de nuestro héroe cuenta la historia del amigo que era como un hermano para él y que murió en Vietnam-). Y todo con ese sonido característico del bajo presupuesto, ese eterno zumbido que se oye de fondo, como una réplica de ruido blanco a frases de diálogo tan imperecederas como “We’re family. Let’s kick his ass”.

Kickboxer, por su condición de Summa Máxima (hasta ese momento) de La Obra, sabe de su condición de clásico instantáneo, y lo explota: la primera aparición del villano es un monumento a la iconografía del cine de artes marciales más bastardo: un gigante oriental, el gigante oriental más feo y aterrador que se puede echar uno a la cara, pateando con la pantorrilla una columna de cemento de un sótano. La columna tiembla, la banda de sonido de la película también, y con cada golpe cae yeso del techo. Planificada y montada como si perteneciera a una película de terror, con nuestro protagonista acercándose cauteloso por los desiertos y sórdidos sótanos del cuadrilátero donde va a combatir su hermano, esta secuencia es pura magia desvergonzada y bestiaja. Es como Hulk Hogan declamando a Lord Byron. Algo similar, algo de este tufillo a que los responsables de la película no son absolutamente conscientes del disparate que se traen entre manos (pero a la vez sí lo son) ocurre en otras dos secuencias legendarias, ya mitos de la serie B. Por una parte, el entrenamiento y su estructura episódica: las piernas de Van Damme forzadas hasta el límite con una máquina de tortura, toda poleas y piedras de cartón, el templo encantado y sus ridículos Espíritus Del KickBoxing, la lucha submarina, el destrozo del tronco de un árbol en un ataque de ira, el justamente recordado running gag del pedrusco… Por otra, la mayúscula secuencia de baile ebrio de Van Damme, también muy justamente recordada por lo que tiene de inesperada y desconcertante, pero que sirve para ajustar cuentas con los clásicos: en efecto, el boxeo borracho de Jackie Chan vuelve hacer su aparición en una bronca inmediatamente posterior al baile.

En cuanto a las peleas (coréografo acreditado: Jean-Claude Van Damme), tienen cierta calidez y originalidad, ya que están basadas en un estilo poco agresivo de combate, orientado a la defensa, lo que da pie a bellas trifulcas saltimbanquistas en el enfrentamiento final. Un combate de casi veinte minutos que, por desgracia, se ve constantemente interrumpido por la trama paralela en la que el hermano y el master se hacen cargo de unos cuantos traficantes a tiros y dan al protagonista un motivo prosaico e inútil por el que luchar. Una pena, porque las hostias finales, excelentemente rodadas (se acaban los buenos tiempos de las artes marciales en Hollywood, gente), tienen planos que son pura lírica en movimiento (con Van Damme esquivando ganchos con simpar gracia, o desgarrándose el abdomen entre aullidos). Los cinco minutos finales son la acumulación más excesiva, grandiosa y narcisista de tics interpretativos que se puede uno echar a la cara, que apabulla los sentidos del espectador como la violación de La Naranja Mecánica, la persecución en el desierto de En busca del Arca Perdida o la secuencia del coro de Y si no… nos enfadamos. Todo la estética del cine de Van Damme se resume y se multiplica en ese fragmento, y de hecho, tiene todo lo poco o mucho que podamos barruntar sobre Kickboxer.

Kickboxer tiene sus defectos, algunos importantes, otros que la colocan por debajo de Contacto Sangriento, su antecedente más claro. Pero a pesar de sus defectos, hay que amarla, hay que venerarla porque es Van Damme en estado puro. Y sólo por eso, rebosa tres de las cinco cosas que tienen importancia en esta vida: la Violencia, la Chorrada y la Cámara Lenta. Las otras dos son las Tetas y el MAD.

Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™ (cantidad ingente), Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Pelo Horrible™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Patada Voladora al Ralentí™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Culo™, Secuencia de Entrenamiento de Ribetes Sádicos™, Salto Inhumano™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™, Turismo Exótico™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™

Calificación: Peleacas + Villanaco + Entrenamientaco = OOOOOOOO (Ocho hostias sobre diez)

Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg

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Friday, January 20th, 2006

HOSTIAS COMO PANES (Otro inciso)

Dar luz a la mejor página web sobre Van Damme puede estar más o menos complicado, pero no se esfuercen mucho en localizarla: es el Focoblog. Crear la más demencial es ya algo más complicado, sobre todo cuando por culpa de un par de reflexiones encuadernadas sobre cine de hostias llega uno a conocer a exaltados de metro y medio, calvos con coleta y perilla que dirigen revistas de artes marciales para flipados y que gustan de revisar la filmografía del astro desde un punto de vista “técnico”. Ya, a mí también me parece ridículo.

Pero reconozco que la pasion extrema me desarma cuando transita caminos mentales paralelos, zonas cerebrales que yo tengo en desuso desde hace varios años por vergüenza o por simple falta de valor. Es el caso de esta facción rusa de admiradores de Van Damme, que no solo ha facturado la página web más completa en lo que a información ridícula sobre el astro se refiere, sino que se atreve a subvertir a golpe de photoshop el concepto generalizado que se tiene sobre el héroe. Así, no sólo dan luz a aberraciones injustificables desde cualquier tipo de criterio estético, por muy desviado que este sea, sino que introducen, en la sección de wallpapers y perfectamente deslizados entre los collages típicos de la filmografía real de Van Damme, carátulas trucadas (en algunos casos, con una calidad muy notable) de películas de acción de alto presupuesto, ubicando a Van Damme en el lugar del protagonista.

A ver si me hago entender: el autor o autores de la web profesan un fanatismo tan extremo, pero a la vez tan ingenuo (no hay otra manera, por otro lado) por Jean-Claude Van Damme que le han ubicado como protagonista de las películas que creen que debería haber protagonizado, en lugar de advenedizos sin el menor carisma como Tom Cruise o Keanu Reeves. Van Damme protagoniza Matrix y M:I 2, es el James Bond definitivo, se convierte en nuestro androide predilecto o en perfecto antihéroe dickiano. Tan dickiano como los autores de la web, que no permiten que la realidad les impida forjar una filmografía perfecta para cualquier héroe de acción. Para su héroe.

No seré yo quien discuta aquí los peligros del Photoshop, tan versátil y amanoso a la hora de abrir las puertas del infierno. Pero en este caso, la inconsciencia sumada al amor de fan ha cuajado en una dimensión alternativa donde no se si las películas son mejores o no, pero son como deberían de ser. La calidad es una variable insignificante.

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Wednesday, January 4th, 2006

HOSTIAS COMO PANES (IV): Cyborg

Los misterios de la serie B son insondables, lo he dicho mil veces aquí, y se lo repito en la calle a quien quiera. Quédense con sus superproducciones que, a fin de cuentas, no son más que matemática filmada, en las que todo se rige por criterios predeterminados y, en la mayoría de los casos, caducos (dame una K, dame una I, dame una etcétera etcétera). Quien piense que el bajo presupuesto se ajusta demasiado a cánones genéricos y al abuso del tópico es porque no se ha capuzado en los abismos. Abismos desde los que la Cannon en general, y este Cyborg en particular, nos mandan un generoso corte de mangas.

Lo magnético del bajo presupuesto es que no tiene ni fondo ni techo. Quizás sus mecanismos estén (gozosamente) adscritos a los códigos genéricos y, como no, a las necesidades presupuestarias, pero una buena serie B siempre es consciente de que puede forzar los límites, apretar las tuercas un poco más. El miedo al ridículo no suele ser una opción, y por eso nos encontramos a veces con lo que nos encontramos: Cyborg es un ejemplo perfecto de un imprevisto descenso a los abismos monetarios del mejor cine de acción y artes marciales norteamericano de los ochenta.

El responsable del sindiós, quizás la primera película de la filmografía de Van Damme a la que se puede aplicar este adjetivo con todas sus letras y matices, muy posiblemente, es Albert Pyun, un todoterreno del bajo presupuesto que lleva dos décadas y media facturando desfachateces a ritmo infernal. Obsesionado de un modo especial con los cyborgs y con llamar a algún personaje de sus películas “Brick Bardo”, Pyun es responsable de clásicos de la necedad directa al vídeo como Alien from L.A., Captain America o la maravillosa Dollman. Junto a la cejijunta Sueños Radioactivos, Cyborg debe ser una de sus escasas producciones estrenada en cine, aunque no abandona en ningún momento ese agridulce regustillo a subproducto que a cualquier fan de Van Damme nos ha hecho callo ya.

Van Damme es en Cyborg Gibson Rickenbacker (sí, YA, ahora hablaremos de eso), una especie de soldado de fortuna que en un futuro en el que la población ha sido diezmada por una terrible peste asume un encargo suicida: conducir hasta Atlanta a una cyborg por voluntad propia que tiene en su cerebro artificial la cura para la plaga y el futuro del género humano. A él se opondrán Fender Tremolo (sí, SI) y su banda de piratas post-Mad Max (dos películas post, de hecho: Fender da un aire al inolvidable Golpeador de Más Allá de la Cúpula del Trueno), que quieren detener a la cyborg porque… euh… porque son malos. Me gustaría que entendieran que toda esta cosa tan sintética se explica a lo largo de la película con tres líneas de diálogo. Pero tres. Eso y que Fender y Gibson (CUÑAAAAAAOO) se conocen de tiempo atrás. El guión no debe de pasar de quince páginas, estoy convencido.

A eso me refería antes: no hay ni fondo ni techo en el bajo presupuesto, y Cyborg exhibe una economía expresiva casi experimental: tres líneas de diálogo y un combate final como yo no he visto en mi vida. Posiblemente, la mayor acumulación de gruñidos, bufidos y berridos del cine de acción moderno. Fender: “¡¡AAAAAAARGH!!”. Gibson: “¡¡WHOUAAAAAARGH!!”. Y sin dar explicaciones, hostia va, hostia viene, dos titanes atizándose con la mano abierta en el segmento de celuloide más inarticulado verbalmente desde En Busca del Fuego. Curiosamente, Cyborg fue concebida como una secuela de Masters del Universo, una película que supongo que no hace falta subrayar que todos amamos, pero reconozcamos también que por razones tirando a tangenciales. Debe ser una de las películas más plomizas de la Cannon por mero exceso de diálogo y de dispersión argumental. Todo lo contrario que este Cyborg (que en algún punto de su concepción abandonó su naturaleza de secuela), puro movimiento y gesto somero (para que se hagan una idea, Van Damme llega a ser el actor más expresivo del reparto) y carente de cualquier atisbo de verosimilitud argumental (los saltos espaciales y temporales sin cuento ni excusa son de una agresividad portentosa).

Lo más curioso, más allá del sorprendente desafío involuntario a todos los puntos básicos de Las Diez Leyes Del Buen Guionista es que Cyborg tiene indiscutibles aciertos en lo formal. De esos, de esos. Por ejemplo, la azulada y andrajosa ambientación postnuclear, indiscutiblemente robada de las portadas más agresivas de Metal Hurlant, y que justifica las abundantes secuencias de gore extremo y el macarrismo de andar por casa (nombres de personajes: Gibson Rickenbacker, Nady Simmons, Fender Tremolo, Marshall Strat, Pearl Prophet… robados a marcas y fabricantes, muchos de ellos agresivamente icónicos, de instrumentos y material del r-o-c-k-a-n-d-r-o-l-l-l-l-l). Más allá del simple cromito para fans, Cyborg va también más allá en la cuidadísima fotografía, curiosamente diurna la mayor parte del tiempo, y en la gustosa elección de decorados, básicamente solares y edificios abandonados. Puede dar la impresión de, con estos mimbres, Cyborg simplemente roba ideas visuales a Mad Max y 1997: Rescate en Nueva York, pero atiendan a esto: donde la película de Pyun tiene puesto el ojo es en los plagios italianos de principios de los ochenta. Es decir, en cosas como 1990: Los Guerreros del Bronx o Puño de Hierro (Hands of Steel) , réplicas mediterráneas y über-violentas de los fundacionales pero ocres ejemplos norteamericanos (sin despreciar al siempre recurrente Leone, al que por entonces estaba peor visto que ahora replicar con orgullo, pero que con su estructura de sucesión de duelos, sus innumerables personajes silentes y su gusto por la planificación expresionista, Cyborg cumple un tetrapléjico y sentido homenaje). Carentes de cualquier sentido de la medida o de la contención, estas películas italianas abundaban en exteriores caracterizados por una solana de justicia (esas maravillosas epopeyas de zombis diurnos… hay una asombrosa conexión estética, que a mí me tiene mareado, entre Cyborg y la desprestigiada Zombi 3…) y un batiburrillo conceptual de ideas robadas que aún hoy, sigue pasmando por su falta de prejuicios. Sólo así se pueden parir secuencias como la de la crucifixión del héroe (punteada por flashbacks que homenajean, agárrense, a Centauros del desierto de Ford), bella y simbólica tontería para cuya concepción hay que tener unos arrestos muy especiales y muy desviados.

Porque Cyborg es la primera película de la filmografía de Van Damme en la que el astro hace un uso funcional de su sempiterna apertura de patas. Si eso no es tener claritos los conceptos del bien y el mal…

Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Pelo Horrible™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Patada Voladora al Ralentí™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™

Calificación: Minimalismo post-futurista + Personaje del Título aparece tres minutos de metraje + Solana + Enemigos mudos en un 95% de los casos = OOOOOOOOO (Nueve hostias sobre diez)

Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle

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Thursday, December 8th, 2005

HOSTIAS COMO PANES (III): Black Eagle

Antes de nada, tengo que pedir disculpas. En las numerosas biografías de Van Damme consultadas aparece un dato que se va contradiciendo. Ahí, tontamente. Como casi todas chupan de la muy mediocre que hay colgada en la imdb, no sé hacia dónde tirar: Bloodsport y Black Eagle son del mismo año, 1988, pero la lógica impone que Black Eagle se rodó antes, ya que en ella Van Damme hace un papel secundario, muy remanente de la bestia parda, también némesis del héroe, que había interpretado en la magistral Retroceder Nunca, Rendirse Jamás. En esta ocasión vuelve a ser un esbirro del villano, de origen ruso y parco en palabras: Andrei a secas. Pero en todas las biografías aparece antes Bloodsport que Black Eagle. Yo creo que es, simple y llanamente, que por orden alfabético, Bla va antes que Blo, porque además, Bloodport es el principio de su fructífera colaboración con la Cannon. Conclusión: que vamos a lo que vamos.

Nos encontramos, chavales, ante la peor película de Van Damme. ¿He oído risas al fondo? Ah, me parecía. No se rían, porque en esta santa casa a todo le podemos sacar punta, y Black Eagle no es una excepción. Verán: el protagonista de este paupérrimo festival de acción post-guerra fría es el retaco oriental Sho Kosugi, cabecilla de la über-necia saga sobre ninjas formada por la fundacional La Justicia de Ninja, la ultraviolenta La Venganza de Ninja, la infrahumana Ninja III y la futura y ansiadísima The Return of the Ninja, dirigida por otro titanaco del que hablaremos más adelante, Steven E. de Souza.

Por desgracia, Black Eagle no posee ni el desparpajo ni la saludable insensatez de las películas de la Cannon (o sea, cannónicas) sobre guerreros orientales subidos en cometitas: Kosugi interpreta aquí a Ken Tami, un letal agente de la CIA que es llevado a Malta para que recupere un arma a la que a estas alturas podemos llamar láser potentísimo, que estaba siendo transportado en un avión militar accidentado. Tras el laser potentísimo también van unos maquiavélicos agentes de la KGB, Andrei entre ellos, y armando bulla por Malta y dando pataditas con volantines andan ese terror cerval de toda persona de bien: los hijos del protagonista (interpretados por los genuínos retoños de Kosugi, tan inexpresivos como él y que dan una nota inquietante a la película… como decía una reseña en Amazon de un fan anónimo, lo extraño no es la ausencia del más mínimo atisbo de química entre padre y retoños, sino que esa frialdad exista siendo sus hijos de verdad). Detrás de este argumento de saldo no hay nada que rascar, no se hagan ilusiones: ni ironía, ni espectáculo, ni el descaro propio de ese estilo de serie B del que Van Damme acabaría convirtiéndose en semidios (aparte de ese cuadro de Lenín tirado por impresora que cuelga de la sala de ordenadores �claro- del barco ruso). Las peleas, coreografiadas por Kosugi, son rancias y mediocres, el argumento se desarrolla a velocidad de crucero, y hay diálogos de infecto politiqueo mediterráneo que parecen durar años.

Sin embargo, fíjense: es una extraña sensación ver la gracilidad, la letal potencia de Van Damme en un marco casi de telefilm, es decir, en una obra en la que, por definición, el armatoste narrativo está construído a partir de la elefantiasis expresiva. Pero cuando aparece Van Damme (en su primera y breve pelea liquida al que parecía el bueno de la película), su gracilidad �el joven Van Damme, éramos todos tan jóvenes…- contrasta tanto con el resto de elementos de la película que sus secuencias parecen casi oníricas. Que semejante bailarín marcial aparezca en una película en la que todo se desarrolla al ralentí, desde los diálogos hasta las persecuciones, tiene como fruto que su presencia sea excesiva e hipnótica. Esto ya no pasa en la vandammegrafía, porque ahora, hasta sus peores películas tienen cierto empaque visual. Pero aquí parece que el ruso Andrei, con su forzada inexpresividad y su forma de comunicarse con sus enemigos, exclusivamente a base de ondonadas de hostias, pertenece a otra película.

Supongo que los responsables del guión se dieron cuenta del extraño carisma que irradiaba Van Damme, capaz de saltar seis veces más alto y, posiblemente, moverse diez veces más rápido que cualquier persona del equipo de especialistas (incluído el propio Kosugi), y le atizaron a su personaje varias secuencias que normalmente solo se reservan a los héroes. Claro, que el héroe nominal, entre que es padre de familia, y esa compostura suya que tiene… pues en fin… Andrei, por ejemplo, se beneficia a una de las oficiales del barco, y es el único romance en condiciones que vemos en lontananza. Incluso le salva la vida, sacrificando la suya, en el apocalipsis final. Porque esa es otra: Andrei es una bestia parda a quien sólo se puede liquidar echándole encima un transatlántico, porque a hostias no hay manera. La pelea más o menos climática entre Van Damme y Kosugi es claramente lo mejor (desde un punto de vista ortodoxo) de la película, en dos asaltos y con abundancia de te-emes: varias aperturas de patas, griterío, con sus pausitas para lamerse las heridas, rápida y contundente. Acaba con el japonés huyendo con el rabo entre las piernas, raro en el cine de acción vulgar, pero no muy raro para un standard de película oriental, donde las peleas se van posponiendo hasta que el héroe está preparado para El Combate.

Bueno, bueno. Y parecía que no había nada que decir. Ya ven… y eso que ahora es cuando vienen las buenas. Permanezcan en sintonía.

Te-Emes de Van Damme: Pelo Horrible™, Apertura de Patas™, Aaaaargh De Furia™, Patada Voladora al Ralentí™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™

Calificación: No protagonismo de Van Damme + peculiares vaivenes de focalización argumental del héroe + láser potentísimo™ + peleas chuerriguerescas + niño dando patada voladora = OOO (tres hostias sobre diez).

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Friday, October 28th, 2005

HOSTIAS COMO PANES (Interludio)

Uno.- eunice linkaba el otro día un bello spot foráneo creado para concienciar a la muchachada acerca de los peligros del consumo de cocaína. El problema, creo yo, es que el spot mola, y claro, el mensaje se dispersa un poco. La sensación es de “agggg”, claro, pero sobre todo es de “woooooo”, y claro, así no vamos a ninguna parte.

Dos.- Sir Chancla me enviaba ayer un notición: Van Damme y Wesley Snipes juntos en una película. Bien por ellos, y por nosotros (que lo veamos). Pero al pie, del texto, allá al fondo de la noticia, encontré el link a un clip sobrecogedor: ESTE. Jamás había visto una aparición pública de alguien con un comportamiento tan desatado por culpa del abuso de la necia droga, y lo dice un fan de Coto Matamoros. Reconozco el valor del ultragore existencialista neozelandés, pero yo, lo que se dice yo, he quedado muchísimo más concienciado acerca de los daños cerebrales irreversibles que producen las sustancias malvadas gracias a Jean-Claude Van Damme.

Ergo tres.- Van Damme debería recibir una subvención.

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Tuesday, October 18th, 2005

HOSTIAS COMO PANES (II): Contacto Sangriento

Para cualquier estudioso de la filmografía de Van Damme (y nosotros, la última vez que miré lo éramos, ¿no?), Bloodsport (Contacto Sangriento) es una película esencial. Aunque, como tantas otras películas americanas de la época (vaaaa, como tantas otras películas de la Cannon de la época) se dedica a fusilar recursos argumentales y personajes tópicos del cine de artes marciales que estaba triunfando en Hong Kong desde hacía unos años (el combate de artes marciales entre competidores de varias nacionalidades y estilos, el honor del maestro defendido pese a quien pese), Contacto Sangriento resulta esencial para entender los posteriores derroteros que tomaría la filmografía del astro. Para empezar, y como pueden comprobar más abajo, sus constantes éticas y estéticas, sus Te-Emes del amor están prácticamente al completo en esta película. La Apertura De Patas se convierte más que en una muletilla visual, en un recurso lingüístico: se repite SIETE veces el despatarre. Hay ocasiones en las que la película no avanzaría si Van Damme no se abriera de patas, y en ese sentido, funciona con más fluidez que un plano-contraplano o que un flashback explicativo. Cuando la película no sabe hacia donde tirar, Van Damme se abre de patas. Y por eso es bello, y es justo, y es necesario. Bloodsport es un preámbulo, desde una perspectiva más global, desde lo fílmico, de los logros de Kickboxer. Pero desde un punto de vista meramente icónico, son igualmente imprescindibles. No se crean lo que se oye por ahí.

Aparte de la poderosa carga visual, de esta fabulosa imposición a hostias de la Redundancia Como Alternativa Narrativa, Contacto Sangriento ofrece un atractivo extra: se trata, en una etapa tan temprana de su filmografía de La Primera Flipada de Van Damme. Es decir, de la primera película en la que Van Damme hace lo que mejor sabe: convertir un simple espectáculo marcial en un paraíso para flipados. Como nosotros. Quienes imitamos a Bruce Lee delante del espejo… quienes siempre hemos soñado con liberar a una rubia tetona del ataque de unos asesinos callejeros y, por ende, malvados, a golpe de nunchako… quienes pensamos en lo durísimos que estaríamos con la cabeza afeitada, sin caer en la cuenta de que, la mayoría de nosotros, con esta estructura ósea que dios nos ha dado, con la cabeza rapada parecería que tenemos el síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

Al grano: Contacto Sangriento cuenta una historia real, y lo hace de forma, como suele pasar, poco realista: miren si no Una Mente Maravillosa, El Exorcista o Hulk. Frank Dux fue el primer campeón internacional de full contact nacido en occidente, y participó en el controvertido torneo conocido como Kumite, una competición ilegal de artes marciales en la que todo valía, . En ella permaneció invicto durante cinco añazos gracias a sus conocimientos de ninjitsu, las artes marciales ninja que él adaptó en una disciplina que llamó Dux Ryu, y que yo prefiero llamar Ninjitsu Re-Dux porque soy un gracioso. Se comenta que Dux es, en realidad, otro flipado, y que se ha inventado todo esto para sacarle pasta a la siempre catamañanil fascinación occidental por los grititos y los volantines de chinos locos. Contacto Sangriento fue el inicio de una fructífera relación profresional entre Van Damme y Dux que acabó abruptamente en 1996, cuando Van Damme comenzó a rodar un remake bastante indisimulado de Contacto Sanriento llamado Kumite (ya he dicho que era indisimulado), y diferencias de criterio y, supongo, económicas, condujeron a unas cuantas palabras gruesas y a dejar de compartir las generosas compras de cocaína que ambos llevaban a cabo. El resultado fue The Quest, una película, si cabe, más flipada aún que Bloodsport. Ya llegaremos.

Contacto Sangriento forma parte de esa época legendaria, que algunos hemos vivido y podemos recordar con lágrimas en los ojos, en la que las peleas se veían, porque los actores sabían luchar y no había que disimular a hachazos la ineptitud de los combatientes. Déjenme que recalque esto: las películas occidentales de artes marciales, por muy malas que fueran (que ahí habria que entrar en el tema de si existe alguna película mala de artes marciales, porque yo no conozco ninguna, pero me imagino que, por definición, por equilibrar la balanza con los dramas de época, que se encuentran justo en la tesitura opuesta, pues alguna mala habrá) tenían las peleas bien montadas, bien rodadas, todo estaba clarito, las hostias eran no ya como panes, sino como deliciosos pastelitos de crema, al ralentí y con profusión de mugidos de los combatientes a cámara lenta (MMMOOUUUUUUOOOOOHHHH!!!!!), y mogollon de gotitas de sudor salpicando al respetable. Contacto Sangriento es uno de los mejores ejemplos fuera de Hong Kong, sobre todo porque es una de las películas más Van Damme de Van Damme. Es vandammer than Van Damme. En ese sentido, me gustaría saber cuántos autores alcanzan tal plenitud creativa en tan poco tiempo (chúpate esa, Cahiers du Cinema). Aquí, el actor belga está en plena forma, mostrando esa aproximación Netamente Flipada al combate que decíamos, haciendo el truquito de partir el ladrillo de debajo de una torre golpeando sólo el que está arriba, o con el gesto ese tan Van Damme en el que pone las cejas raras y se queda con la boca abierta al estilo Bruce Lee. Van Damme provocando una cámara lenta con cada puñetazo y cada patada: por su condición de Eminencia Flipada, Van Damme se entrega a fondo hasta con el más nimio movimiento, aunque sea un puñetazín sin envergadura, lo que hace que cada puñetera cámara lenta PAREZCA que tiene importancia dramática, lo cual se corresponde narrativamente con las peleas, que son un subrayado constante: todo ralentís, todo planos de la cara de Van Damme después de golpear, todo reacciones de los espectadores. Si Retroceder Nunca, Rendirse Jamás vaticinaba una filmografía presidida por el delirio, Bloodsport predice una carrera dominada por el flipe y la hipersensibilidad.

Te-Emes de Van Damme: Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Pelo Horrible™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Apertura de Patas™, “Aaaaargh” De Furia™, Culo™, Patada Voladora al Ralentí™ -innumerables; a la décima perdí la cuenta; sólo en el combate final, media docena de veces, a menudo combinada con otros Te-Emes-, Secuencia de Entrenamiento de Ribetes Sádicos™, Salto Inhumano™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™ (TRES VECES)

Calificación: Estilo de combate inspirado en un simio + Bolo Yeung + Entrenamiento disparatado + Peleas supremas + Logo de la Cannon = OOOOOOOOO (nueve hostias sobre diez)

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Thursday, September 8th, 2005

HOSTIAS COMO PANES (I): Retroceder Nunca, Rendirse Jamás

Yo insulto mucho, pero siempre acabo llegando a la misma conclusión, constructiva, pese a mis propias intenciones: de cualquier chufa se saca algo, siempre hay (en los tebeos, en los libros, en las películas, en las drogas y en los polvos de una noche) cositas que rascar, siempre hay derivaciones locuelas o, por lo menos, horrorosas moralejas que memorizar con la siempre saludable pretensión de esquivar cuidadosamente sus enseñanzas. Partiendo de una mierda sin paliativos (mírenme a los ojos: sin paliativos) como Karate Kid, por ejemplo, no cuesta encontrar unas cuantas piezas maestras que la inspiraron (miren a Oriente, al young Jackie Chan, cojones, que hay que darlo todo hecho) y unos cuantos disparates que la copiaron sin excesivo sentido de la medida. Retroceder Nunca, Rendirse Jamás (les aconsejo que repitan el título en alta voz, lo paladeen, lo palindromicen… y cuando acaben, empiezan con el original -No Retreat, No Surrender-, que también tiene una belleza plástica que puede producir un stendhalazo hasta en el más encallecido de sus criterios estéticos) es, junto a la longeva serie de Karate Kimura uno de esos disparates copiones, pero su origen, sus intenciones y sus resultado le colocan a mucha distancia de la categoría de simple clon.

Para empezar, es una película producida por la hongkonesa Seasonal Films, con lo que hay, entre líneas pero con tono firme, una bella reivindicación de los orígenes estructurales de la historia-tipo del joven aguerrido e impulsivo pero carente de técnica marcial que atraviesa, por hache o por zeta, un entrenamiento durísimo y de tintes sádicos (a ser posible a manos de un maestro carismático y contradictorio) que le convierte en una máquina de hacer picadillo al contrincante. La Seasonal popularizó y sentó las bases de este subgénero (del que me declaro oficial y ciegamente fanático) con Drunken Master, más conocida por aquí como El mono borracho en el ojo del tigre, y protagonizada por el embrionario Jackie Chan que les decía más arriba. Aún le quedaba al puñetero mucho por maravillarnos y mucho por decepcionarnos. Pues bien, la Seasonal recupera, con todo el derecho del mundo, el filón que inventó (y que ya había explotado ella misma a base de bien a principios de los ochenta), copiando a su copia, pero delirándola como sólo es capaz de lograr un equipo hongkonés filmando en Seattle con un reparto íntegramente caucasiano.

Para seguir, presenta una curiosa paradoja: Jean-Claude Van Damme es el villano de la película, pero Retroceder Nunca, Rendirse Jamás adelanta elementos nucleares de su futura filmografía. Esto es como estar hablando de las obras primerizas de Antonioni, ya ven: “rasgos puntuales que ya apuntan intenciones y resultados de su obra ulterior”. ¿Quién ha dicho “ulterior”? ¿He sido yo? Miren, sigamos. Para empezar, sobre este argumento de joven aguerrido e impulsivo pero etc. etc. volvería Van Damme en una de las cumbres de su filmografía, Kickboxer, pero dando vida al protagonista. Para seguir, los dos temas vectores de la filmografía del astro, el Doble De Aquella Manera y la Resurrección Sin Dar Muchas Explicaciones aparecen así, como quien no quiere la cosa, centrando la historia desde su segunda mitad y propiciando un inaudito giro argumental.

Éste: el protagonista de la historia es Jason Stillwell (el mazacote Kurt McKinney, en su primera y única película como protagonista), un joven estudiante de kárate que tiene que mudarse a Seattle cuando su padre es amenazado por los matones locales para hacerse con su gimnasio. Allí sigue las enseñanzas pacifistas de su padre, que es lo que en términos de combate viene a llamarse “un mierda”, hasta que los matones acaban llegando a Seattle, y entonces (sujétense aquí) Jason convoca por casualidad al espíritu de Bruce Lee para que le entrene y le convierta en una máquina de matar. Vamos, casi lo mismo que Kárate Kid. Así, el clon de Bruce Lee, aunque no se parece en nada al modelo, es a la par doble y resurrecto, y encima, parodia involuntaria, palabras mágicas que vertebran casi toda la filmografía de Van Damme. Aquí, el sensei Lee de pacotilla (Kim Tai Chong) reproduce todos (pero todos, señora) los tics del fenecido kungfuteka. Que si la manita detrás, que si el gritito, que si la colleja… ¿Se acuerdan del principio de Operación Dragón? Pues así… ¡media hora! Créanme si les digo que no han visto nada similar en sus aburridas vidas delante de una pantalla.

La película es una mezcla absolutamente contranatura de orígenes: la producción de la Seasonal (y de su legendario jefazo, Ng See Yuen), la dirección de un Corey Yuen inspiradísimo (por la misma época rubricaba en Hong Kong algunas de las mejores secuencias de acción de la historia del género), la estructura argumental, el humor imbécil y el estilo con el que están rodadas las secuencias de lucha (levemente acelerado, a base de planos generales, con un montaje que explica, no oculta) son cien por cien orientales. Viendo sólo las escenas de combate, uno juraría que está ante una película de chinos protagonizada por… uhm… belgas, pero no. O sí. No, esperen, ES una película de chinos protagonizada por belgas, pero contaminada por el éxito de Kárate Kid, y con unas gotitas de lo peor de la estética Chuck Norris. Los villanos, por ejemplo: el chuloputas engominado, el mostrenco barbudo y el sádico silencioso. O el sidekick negro, que tenía que serlo para poder marcarse un rap del kung fu que se encuentra, sin ninguna duda lo digo, en uno de los mayores altares a la desvergüenza con los que he tenido la suerte de toparme. En general, todo el sentido del humor parece sacado de los alivios cómicos (¡los verbales!) de una película de Jackie Chan. Es inquietante. Es raro.

En cuanto a nuestro héroe, hace de supernémesis en una línea muy similar a la de otros mazas como Dolph Lundgren (Rocky IV), Schwerzenegger (Terminator) o, vaya, Mr. T (ese Rocky), que debutaron �o casi- con diálogos compuestos de gruñidos y el típico planito en el que hacían chocar los puños. Los propios. Aquí Van Damme es el esbirro mudito pero letal, el elemental Krashinski El Ruso, al que describen sin reparos como “Awesome Machine of Annihilation” y que se presenta para el rompedor combate final cargado de maquillaje (¡los eyelines del amor! ¡ya ganando puntos para su futura consagración como icono gay!) y flanqueado por cuatro hispanos que le hacen masajitos y llevan la camiseta por dentro. Un poema. Una puta oda.

Vamos, que como se suele decir en estos casos, “ustedes verán”.

Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™
Calificación: Bruce Lee redivivo con otra cara + peleas extraordinarias + rivalidades territoriales + break dance + el mejor actor de todo el reparto es Van Damme = OOOOOOOO (ocho hostias sobre diez)

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Sunday, August 21st, 2005

Hostias Como Panes 0: Centrémonos

En efecto, y gracias a sus votos, el legítimo ganador de nuestro nuevo estudio en profundidad de peculiaridades fílmicas es Jean-Claude Van Damme. Alguno de ustedes, ansiosillos, ya me ha preguntado en persona: “Pero… pero… ¿semejante personaje le da a usted para hacer cosillas como lo de Elm Street?”. Pues miren, les seré sincero: no. La devoción que tengo por Van Damme, como la que tengo, en general por cualquier saltimbanqui fílmico, es inaprehensible y, sobre todo, complicada de transmitir por escrito. Pero he pensado que podemos pasar un rato simpático repasando la opus magna de este bailarín metido a luchador, sus disparatadas epopeyas marciales de tres al cuarto, las inquietantes concomitancias de sus películas con la ultraestúpida biografía de la que presume (el muy titán). Hablaremos de los cantos de sirena del bajo presupuesto y de la predisposición de éstos (los cantos, digo) a colarse en las pulcras producciones de Hollywood, de los arrebatos de poesía malvada ocultos entre montañas de estiercol, de los inquietantes momentos de metafísica kamikaze (la resurrección y el döppelganger son, nada menos, los dos temas vectores de la filmografía del astro) que saltan a la jeta del respetable en infraproducciones como las suyas, casi siempre con un número detrás del título y diseñadas para su exhibición mayormente doméstica. Van Damme es, para muchos catadores de imbecilidades en celuloide con costra en el paladar a causa del desgaste, como un servidor, bastante más que un bailarín egomaniaco que enseña un pompis depilado en el noventa por ciento de sus películas (que eso también, ojito): es una mirada deliciosamente confusa hacia todo lo que nos gusta en esta vida, y sobre todo, lo que buscamos en las películas. Risas, hostias como panes, demencia sin innecesarias justificaciones. Lo mejor de Van Damme no es que nos fascine como lo hace, sino que siempre, indefectiblemente, película tras película (y ustedes que lo vean) lo hace por las razones correctas.

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