Wednesday, July 5th, 2006
HOSTIAS COMO PANES (VI): Lionheart
Lionheart supone, en cierto modo, un paso sin vuelta atrás dentro de la carrera de Van Damme. Para el observador poco perspicaz, no es más que otra entrega de su larga serie de películas ambientada en campeonatos de lucha cuerpo a cuerpo más o menos ilegales, más o menos letales. Para quien sepa o quiera verlo (que a veces es suficiente con algo de voluntad) es un primer descenso del actor belga a los sótanos de la serie B con las trampillas de acceso más sutiles, aquellos sótanos que se abren a los pies del alma de toda película decente y que los necios y los viejos se despachan con el típico y facilón “Es tan mala que es buena”. Si fuera tan sencillo como eso, cualquier gilipollas se abriría un blog sobre cine de bajo presupuesto. Ehm, no, un momento…
Da igual, a lo nuestro: cuando una película comienza con un ajuste de cuentas callejero entre delincuentes que culmina cuando uno pega fuego a otro, y el espectador presencia la típica secuencia de stunt ardiendo y haciendo molinillos con los brazos, se espera que la secuencia acabe en fundido a la camilla de los ATS con el cadáver chamuscado y la policía tomando declaración a un par de testigos, o a una escena con un ambiente y temática lo más contrastada posible con lo que acabamos de ver (unos niños en un jardín o un parque de atracciones), y alguno de los presentes recibiendo la noticia del anterior suceso, noticia que le sacará de su mundo de ilusión e inocencia para meterle de un patadón directo a las cervicales en un submundo de violencia y venganzas del que a) ni había oido hablar, o b) salió hace mucho tiempo, y con gran esfuerzo, y de nada le va a haber servido el cambio de identidad y emigrar a la otra punta del estado. Pero no: Lionheart, como tantas otras películas posteriores de Van Damme, juega a la fascinante carta de disfrazar de película de presupuesto medio (el actor ya no es un secundario venido a más) lo que tiene que ser, por necesidad y por espíritu, puro derribo cultural. Así, Sheldon Lettich encadena el plano del delincuente ardiendo con un primerísimo primer plano del sujeto, en la cama del hospital, completamente chamuscado y supurando por flamantes orificios de la cara todo tipo de líquidos purulentos. Una imagen de la que no habría renegado el Fulci más light. El drama se convierte en tebeo y los sentimientos, en cuadro sinóptico de emociones, solucionados con ecuaciones de libro de aprendiz de guionista: en este caso, y basta de imágenes baratas, es “la ira lleva a la venganza”.
Van Damme da vida a un soldado de la legión extranjera francesa, Lyon, que se entera de que su hermano ha muerto (en efecto: el maleante flambeado en el párrafo anterior), y huye a Los Angeles para ayudar econónicamente a la reciente viuda. Una vez en la gran ciudad, se introduce no se sabe muy bien cómo en un circuito de peleas callejeras ilegales donde comienza, como era de esperar, a reventar mandíbulas a altas velocidades. ¿Les suena a Kickboxer o a Contacto Sangriento? Déjenme que les explique la diferencia. Las primeras películas de competiciones marciales de Van Damme eran sencillas, esenciales en su esquemática desnudez argumental. Adaptaciones del cine oriental de género, donde el combate es más bien un modo de hacer avanzar el argumento a base de metafísica de la hostia, donde no hay que dar explicaciones, redondear personalidades ni iconizar monsergas, porque ya viene todo iconizado de serie. Cuando entran en escena mierdas más propias del cine occidental del tipo “desarrollo de personajes”, “justificación argumental” e “interés amoroso para el protagonista”, pero sin que se vean modificadas las limitaciones presupuestarias, entramos en el apasionante mundo de la infraética del bajo presupuesto y el consiguiente delirio voluntario e involuntario. Que hay cosas de las que nunca puede uno estar seguro.
Por ejemplo: la secuencia de huida motorizada inicial es tan lenta que cuando Van Damme derriba a uno de sus enemigos, que intenta subir al jeep que está conduciendo, éste cae de pie y sigue corriendo al lado del coche, es decir, ni siquiera resulta posible fingir a golpe de montaje que la secuencia se desarrollaba a toda velocidad. Por ejemplo: Van Damme atraviesa un desierto andando, en secuencias que recuerdan, en lo visual y en lo simbólico, a la extraordinaria crucifixión de Cyborg. Por ejemplo: ya no hay una búsqueda de la fuerza interior, del chi que se abre paso a guantazos entre los pliegues del estómago ajeno para dar equilibrio al microcosmos de las competiciones de zurriagazos. Ahora, las peleas forman parte de un entramado de pasiones, deseos y conspiraciones en el que Van Damme es un elemento más, y no un detonante o ni siquiera un desestabilizador: es esa peste llamada argumento. Por suerte, nuestro hombre emite esas vibraciones innatas tan peculiares, capaz de poner patas abajo cualquier atisbo de convencionalismo con sólo acercarse de refilón (ya lo iremos viendo en ese monstruo de tres cabezas compuesto por Soldado Universal, Street Fighter y Double Team), y las peleas guardan en su núcleo argumental una maravillosa idea, muy propia del cine bajo mínimos: los pobres se pelean para entretener a los ricos. Apenas desarollada, apuntada sólo en lo visual y nunca de modo expreso, su contundencia teórica polariza aún más a combatientes y espectadores, de esa forma maravillosamente maniquea, sincera y esquemática que sólo posee el cine de bajo presupuesto.
La serie B no es una cuestión de presupuesto, sino de actitud. Una actitud, además, que no se busca ni se aprende: se tiene o no se tiene. La actitud que lleva a plantear en un contexto como el de esta película una secuencia de borrachera, perfectamente seria y supuestamente integrada en la trama. O frases en medio de una pelea como: “Eres muy guapo. No sé si quiero pelear contigo o follar contigo”. O uno de los grandes aciertos visuales del film, adelantándose años a los siempre dubitativos criterios estéticos de las superproducciones de acción: la atrevida absorción de decorados propios de videojuegos de lucha de la época. El fondo de una piscina medio vacía, un callejón bajo un puente, un círculo de coches con los faros encendidos delimitando un improvisado ring… Ya ven, a estas alturas y marcando tendencia con tanta, tan radical y tan desafortunada visión de futuro que el asunto no prosperó ni fue imitado en bastante tiempo.
Les iba a decir aquello de “Ah, los misterios de la serie B”, pero oigan… es que esto de misterioso no tiene nada. Es que es lo que se viene conociendo como sentido común.
Te-Emes de Van Damme: “Aaaaargh” de furia™, Apertura De Patas™, Peripecia Desértica™, Historias de la Legión Extranjera™, Nombre Inenarrable™, Pelo Horrible™, Patada Voladora al Ralentí™, Pantalones hasta el sobaco™, Incapacidad Para Colocar los Brazos en una Posición Normal™, Ruido Como “sshhhhhaaaahhhsss” con la Boca Después de Dar un Golpe™, Frase Muy Dramática Enunciada con Total Inexpresividad™, Sonrisa + Ojitos En Escena de Relleno™, Montaje Musical a Ritmo de AOR Resumiendo Progresión Dramática Injustificable™.
Calificación: Piscina mugrienta + peleas mugrientas + niña mugrienta + sidekick mugriento + villana engominada = OOOOO (cinco hostias sobre diez)
Más Hostias Como Panes:
- Retroceder Nunca Rendirse Jamás
- Contacto Sangriento
- Black Eagle
- Cyborg
- Kickboxer

Es un gusto hablar de películas como Kickboxer, pero también es un suplicio. Es un gusto por las razones obvias, y es un suplicio porque no sé muy bien cómo enfocarlo sin caer en el tópico desgastado. Kickboxer es, un poco, para el Focoblog, lo que un Ciudadano Kane debe ser para Spaulding o similares. Una obra mayúscula, de cierta grandeza insondable y, para qué negarlo, un pelín incomprensible. Particularmente, Contacto Sangriento me parece, en este tramo inicial de la Van Damme Opus, mejor y más divertida, pero Kickboxer posee la particular fortuna de ser completamente consciente de quién es su protagonista. Y cuando ese protagonista es Van Damme, amigos, estamos hablando de rubricar gramáticas fílmicas con la punta del pito. Es una diferencia muy similar, por citar otros dos hitos, a la que hay entre las entregas de Ace Ventura. Una sorprendida casi de sí misma y de sus logros, fruto de una reunión casi espontánea de talentos e instantes. La otra, intentando replicar lo irreplicable a fuerza de mayusculizar tanto lo obvio como lo subliminal, y dando como fruto una obra única.
Los misterios de la serie B son insondables, lo he dicho mil veces aquí, y se lo repito en la calle a quien quiera. Quédense con sus superproducciones que, a fin de cuentas, no son más que matemática filmada, en las que todo se rige por criterios predeterminados y, en la mayoría de los casos, caducos (dame una K, dame una I, dame una etcétera etcétera). Quien piense que el bajo presupuesto se ajusta demasiado a cánones genéricos y al abuso del tópico es porque no se ha capuzado en los abismos. Abismos desde los que la Cannon en general, y este Cyborg en particular, nos mandan un generoso corte de mangas.
Antes de nada, tengo que pedir disculpas. En las numerosas biografías de Van Damme consultadas aparece un dato que se va contradiciendo. Ahí, tontamente. Como casi todas chupan de la muy mediocre que hay colgada en la imdb, no sé hacia dónde tirar: Bloodsport y Black Eagle son del mismo año, 1988, pero la lógica impone que Black Eagle se rodó antes, ya que en ella Van Damme hace un papel secundario, muy remanente de la bestia parda, también némesis del héroe, que había interpretado en la magistral Retroceder Nunca, Rendirse Jamás. En esta ocasión vuelve a ser un esbirro del villano, de origen ruso y parco en palabras: Andrei a secas. Pero en todas las biografías aparece antes Bloodsport que Black Eagle. Yo creo que es, simple y llanamente, que por orden alfabético, Bla va antes que Blo, porque además, Bloodport es el principio de su fructífera colaboración con la Cannon. Conclusión: que vamos a lo que vamos.
Para cualquier estudioso de la filmografía de Van Damme (y nosotros, la última vez que miré lo éramos, ¿no?), Bloodsport (Contacto Sangriento) es una película esencial. Aunque, como tantas otras películas americanas de la época (vaaaa, como tantas otras películas de la Cannon de la época) se dedica a fusilar recursos argumentales y personajes tópicos del cine de artes marciales que estaba triunfando en Hong Kong desde hacía unos años (el combate de artes marciales entre competidores de varias nacionalidades y estilos, el honor del maestro defendido pese a quien pese), Contacto Sangriento resulta esencial para entender los posteriores derroteros que tomaría la filmografía del astro. Para empezar, y como pueden comprobar más abajo, sus constantes éticas y estéticas, sus Te-Emes del amor están prácticamente al completo en esta película. La Apertura De Patas se convierte más que en una muletilla visual, en un recurso lingüístico: se repite SIETE veces el despatarre. Hay ocasiones en las que la película no avanzaría si Van Damme no se abriera de patas, y en ese sentido, funciona con más fluidez que un plano-contraplano o que un flashback explicativo. Cuando la película no sabe hacia donde tirar, Van Damme se abre de patas. Y por eso es bello, y es justo, y es necesario. Bloodsport es un preámbulo, desde una perspectiva más global, desde lo fílmico, de los logros de Kickboxer. Pero desde un punto de vista meramente icónico, son igualmente imprescindibles. No se crean lo que se oye por ahí.
Yo insulto mucho, pero siempre acabo llegando a la misma conclusión, constructiva, pese a mis propias intenciones: de cualquier chufa se saca algo, siempre hay (en los tebeos, en los libros, en las películas, en las drogas y en los polvos de una noche) cositas que rascar, siempre hay derivaciones locuelas o, por lo menos, horrorosas moralejas que memorizar con la siempre saludable pretensión de esquivar cuidadosamente sus enseñanzas. Partiendo de una mierda sin paliativos (mírenme a los ojos: sin paliativos) como Karate Kid, por ejemplo, no cuesta encontrar unas cuantas piezas maestras que la inspiraron (miren a Oriente, al young Jackie Chan, cojones, que hay que darlo todo hecho) y unos cuantos disparates que la copiaron sin excesivo sentido de la medida. Retroceder Nunca, Rendirse Jamás (les aconsejo que repitan el título en alta voz, lo paladeen, lo palindromicen… y cuando acaben, empiezan con el original -No Retreat, No Surrender-, que también tiene una belleza plástica que puede producir un stendhalazo hasta en el más encallecido de sus criterios estéticos) es, junto a la longeva serie de Karate Kimura uno de esos disparates copiones, pero su origen, sus intenciones y sus resultado le colocan a mucha distancia de la categoría de simple clon.
En efecto, y gracias a sus votos, el legítimo ganador de nuestro nuevo estudio en profundidad de peculiaridades fílmicas es Jean-Claude Van Damme. Alguno de ustedes, ansiosillos, ya me ha preguntado en persona: “Pero… pero… ¿semejante personaje le da a usted para hacer cosillas como lo de Elm Street?”. Pues miren, les seré sincero: no. La devoción que tengo por Van Damme, como la que tengo, en general por cualquier saltimbanqui fílmico, es inaprehensible y, sobre todo, complicada de transmitir por escrito. Pero he pensado que podemos pasar un rato simpático repasando la opus magna de este bailarín metido a luchador, sus disparatadas epopeyas marciales de tres al cuarto, las inquietantes concomitancias de sus películas con la ultraestúpida biografía de la que presume (el muy titán). Hablaremos de los cantos de sirena del bajo presupuesto y de la predisposición de éstos (los cantos, digo) a colarse en las pulcras producciones de Hollywood, de los arrebatos de poesía malvada ocultos entre montañas de estiercol, de los inquietantes momentos de metafísica kamikaze (la resurrección y el döppelganger son, nada menos, los dos temas vectores de la filmografía del astro) que saltan a la jeta del respetable en infraproducciones como las suyas, casi siempre con un número detrás del título y diseñadas para su exhibición mayormente doméstica. Van Damme es, para muchos catadores de imbecilidades en celuloide con costra en el paladar a causa del desgaste, como un servidor, bastante más que un bailarín egomaniaco que enseña un pompis depilado en el noventa por ciento de sus películas (que eso también, ojito): es una mirada deliciosamente confusa hacia todo lo que nos gusta en esta vida, y sobre todo, lo que buscamos en las películas. Risas, hostias como panes, demencia sin innecesarias justificaciones. Lo mejor de Van Damme no es que nos fascine como lo hace, sino que siempre, indefectiblemente, película tras película (y ustedes que lo vean) lo hace por las razones correctas.












