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Jackie Chan (3): Half a Loaf of Kung Fu (1978)

Entrada publicada el 16 de Febrero de 2007 por John Tones

Half a Loaf of Kung Fu (El Que No Perdona cuando se estrenó en vídeo en los ochenta; El Aprendiz de Kung Fu en la más reciente edición de Manga Films; deplorables ambas), bombardea con una serie de sensaciones contradictorias al espectador desprevenido, sensaciones que en cierto sentido, pueden cambiarle para siempre. La película tiene momentos odiosos, momentos sublimes, momentos vergonzosos y momentos épicos. Es una supermierda y una joyita al mismo tiempo. Simultanea peleas extraordinarias con kung fu paralítico, y lo más curioso es que ella misma no parece darse cuenta de que cada cinco minutos hay un viraje de registros hacia zonas de densidad diametralmente opuesta, de mixtura imposible. El motivo del caos se llama, de nuevo, Lo Wei.

El productor que había intentado convertir a Chan en un clon de Bruce Lee se desesperó ante el nulo éxito de las películas que explotaban la imagen del Pequeño Dragón protagonizadas por Chan y rodadas en Taiwán. Renegó de su talento y le dejó más libertad, por cuestiones contractuales, en esta nueva película, dirigida por Chan Jeung-wa. Chan decidió multiplicar los toques de humor que ya habían aflorado en Snake and Crane Arts of Shaolin, y el resultado horrorizó a Lo Wei. Se cuenta que se hicieron varios montajes de la película, a cual más desequilibrado en su mezcla de acción y humor, y a cual más espeluznannte a ojos del productor. Archivó la película en el sótano de su oficina hasta que, obviamente, Jackie Chan se convirtió en una estrella internacional, momento en el que remontó de nuevo la película para potenciar las partes humorísticas. Y se reestrenó.

Half a Loaf of Kung Fu es irregular como una patada en los cojones de un espantapajaros. Comienza con una patochada de créditos que avergonzarían a unos Morancos intentando parodiar Operación Dragón, solo que aquí parodian a Zatoichi (y sin escatimar medios: imagen acelerada, efectos sonoros grotescos, gags mongólicos hasta extremos surreales, como el chiste del muñeco de madera enano). Súbitamente, se pone muy seria con la historia de un joven que decide suplantar a un experto en artes marciales al que ha visto como asesinan. Ocasionales chascarrillos mediocres y peleas decentes muy de cuando en cuando puntúan la acción, al estilo de las dos películas anteriores de Chan, e aparece una subtrama a la que le veríamos más chicha en el futuro (la del profesor de artes marciales zarrapastroso) está planteada con notable flaccidez. En algunos momentos, de hecho, los chistes son tan poco graciosos que poseen tintes vanguardistas… involuntarios. Todo es natural, relativamente, hasta aquí: el género comenzaba a entrar en una abierta decadencia que daba como único recurso narrativo la parodia. Sólo el genio de Jackie Chan podía llevarle a convertir eso en un lenguaje narrativo en sí mismo. En otro momento.

Y de repente… todo cambia. La película enloquece. No he visto un cambio de registro igual en mi vida. Solo que no se trata de una decisión autoral, sino industrial, debido al torpe remontaje de Lo Wei: los últimos veinte minutos de película, prácticamente una pelea incesante, son brillantes, con humor y acción integrados de una forma natural, asombrosa y fluida. Absolutamente inexplicable desde el punto de vista argumental, ya que hasta ese momento no ha habido ni muertes, ni juramentos de venganza, ni pasiones desbordadas, sólo anécdotas y caras de palo, comienza una pelea en la que el hasta entonces inútil personaje de Chan aprende a pelear rápido y furioso. Y de qué manera. Un auténtico torbellino de hostias inspiradas en (según sus propias palabras), “hacer el tonto“, idea que retomaría con bastante más acierto en películas posteriores como Fearless Hyena, pero que aquí le sirven, en efecto, para hacer el tonto. Y plantar una semilla. Su kung fu ya tiene ese toque desgarbado, carente de rigidez que todos llegaríamos a mar. Un interesante giro que, por desgracia, no viene acompañado de una progresión argumental pareja. Pero las peleas… qué peleas: uso heterodoxo de armas de doble filo, intercambio de manotazos a velocidades sobrehumanas, coreografías ingeniosas y nada menos que cuatro momentos que podríamos calificar de propios de un Jackie Chan Clásico.

Uno: coge a una chica y la usa como un arma, una especie de nunchako gigante que deja pasmados a los contrincantes (idea que retomaría, de nuevo con mayor fortuna, en City Hunter, pero cuyo germen está aquí). Dos: le arranca al villano una peluca, con trenza incluida, que usa como si fuera un nunchako… mientras suena el tema principal de Operación Dragón. Tres: empleo intensivo de la vestimenta del contrincante, sus pliegues, sus solapas, sus refuerzos, como arma ofensiva y defensiva. Y cuatro: en el tramo final de la pelea, cada vez más veloz y simbólica, usa trucos que va leyendo en un manual de kung fu. Pero el manual se deshace y las hojas caen al suelo; cuando las recoge, algunas de las páginas están al revés, y no se le ocurre otra cosa que ejecutar los golpes bocabajo. Una variante, sencilla, directa y audaz de las enseñanzas de Bruce Lee y su antifilosofía marcial, y que sentará las bases para el desarrollo del propio estilo de combate de Chan. Globalmente, Half a Loaf of Kung Fu es un sindiós confuso y desconcertante. Para el fan, es un delicioso picoteo, la primera película de artes marciales abiertamente cómica de un Chan que, a pesar de sus carencias, ya apunta una interesante orientación narrativa. El de la hostia más risa: las dos cosas más bellas que ha dado el cine.


Jackie Chan (2): Snake and Crane Arts of Shaolin (1976)

Entrada publicada el 1 de Octubre de 2006 por John Tones

snakeandcranegif.jpgLo Wei es uno de los nombres propios más odiados de la historia del cine de Hong Kong. Director de las dos primeras películas de Bruce Lee, Kárate a Muerte en Bangkok y Furia Oriental, no pudo rentabilizar al ciento por ciento el hecho de estar al frente del nacimiento del actor más importante del cine de acción oriental. Pronto la popularidad llevó a Lee a dirigir sus propias películas y a abandonar a Wei que, resentido hasta extremos cuyo límite nunca llegaremos a averiguar (su probada conexión con las triadas y su improbable relación con la misteriosa muerte de Bruce Lee le garantizan un puesto en el panteón de supervillanos de la rumorología relacionada con el deceso del actor), intentó encontrar a un nuevo Bruce Lee. Justo cuando el mundo, un mundo sin wikipedia ni fans sobreinformados, comenzaba a padecer la espectacular avalancha de Bruces Leungs, Lis, Laus, Les y demás, que aprovechaban que el auténtico Lee sólo había protagonizado cuatro películas y media. Lo Wei intentó que Jackie Chan se convirtiera en el clon definitivo de Bruce Lee.

Wei entró en la carrera de Chan en el momento justo. El actor se planteaba abandonar el mundo del cine, y Wei le proporcionó un cheque salvavidas y un contrato para protagonizar una larga ristra de películas rodadas en Taiwán. En ellas aún aparecería como Sing Lung en los créditos, un primer nombre artístico que ya ha sido sustituído por Jackie Chan en las copias actuales de las películas. El primer paso, el obvio: la apócrifa New Fist of Fury (Furia Oriental 2ª Parte, 1976), con Jackie imitando esforzadamente al maestro y haciendo suyos los fundamentos de un Jeet Kune Do también sumamente apócrifo. Le siguió Shaolin Wooden Men (El Despiadado, 1976, y cuidado con las versiones que caen en sus manos: circula una a la que le faltan veinte minutos), muy mediocre pero con una hermosa exhibición de estilos y armamento marcial, y unos supervillanos peculiares: un grupo de humanoides de madera, versión hórrida de los típicos maniquís de entrenamiento shaolin. The Killer Meteors (Meteoro Inmortal, 1977) pasa por la rareza oficial de esta etapa, acompañado Chan de un insólito Jimmy Wang Yu de extremidades intactas y argumento extrañamente carente de venganzas y clanes enemigos. Si quieren, pueden catar un fragmento aquí, y créanme, ya tienen bastante. To Kill with Intrigue (Matar a Traición, 1977), en fin, es otro churrete de peleas decentes y una absolutamente indecente orientación hacia el drama más rancio y el swordsplay más caduco.

Lo Wei comenzaba a pensar que había errado en la elección de su nuevo pupilo. A pesar de lo ínfimo de los costes de producción, ninguna de sus películas al servicio de Jackie Chan (o de Chan al servicio de él, según se mire) y rodadas en Taiwán había resultado ser un éxito. Casualidad o no, su retiro a labores exclusivamente de producción da pie a la primera película en la que podemos atisbar rasgos propios del Jackie Chan que más tarde se haría famoso: Snake and Crane Arts of Shaolin (Shaolin Kung Fu aka El Estilo de la Serpiente y la Grulla de Shaolin, 1978). Aquí, ocho maestros shaolin protegen las artes marciales de sus respectivas escuelas, y deciden combinarlas en un estilo de combate definitivo y devastador. Lo llaman Los Ocho Pasos de la Serpiente y la Grulla, y reflejan este nuevo arte marcial en un libro. Poco después, los ocho maestros desaparecen y el libro se convierte en un objeto muy buscado por los rufianes de la zona. Hsu Yin-Fung (Chan) es un misterioso luchador capaz de patear el culo sucesivamente a todos los que le amenazan, y acaba revelando una importante relación con el incunable. En Snake…, Jackie Chan pasa a tomar parte activa en labores de coreografía y dirección, y se nota.

Para empezar, Snake and Crane Arts of Shaolin es muy poco verbal: el argumento progresa gracias a la acción, no se detiene ésta para que empiecen las peleas. Si hay odio, venganza, rencor o amistad, se entiende y se da a entender gracias a las peleas, y no a pesar de ellas. El buen cine de acción es así, y Lau-kar Leung podría darle unas cuantas lecciones a Michael Bay en ese sentido, pero resulta más complicado, obviamente, cuando el presupuesto es más exiguo (lo que ensalza a Lau-kar y mediocriza a Bay, todo sea dicho). Por eso las grandes películas de artes marciales clásicas suelen proceder de la Shaw Brothers y no de las pequeñas productoras, que no se podían permitir una coreografía monstruosamente larga o una cantidad excesiva de extras peleones y propiedad pública que hacer astillas. Todo eso lo cambiaría el propio Chan con sus éxitos para la Seasonal, la popularización del formato videografico para la expansión del cine de kung fu por todo el mundo y otras cuestiones que revisaremos cuando llegue el momento. Ahora, quédense con esto: el hecho de que Snake and Crane Arts of Shaolin consista prácticamente en una pelea de hora y media, duplica su valor, precisamente por el hecho de que no aburre en ningún momento pese a la modestia de sus medios. Se acercan tiempos de abstracción y concisión extrema para el género.

Pero no sólo eso: desde su primera aparición, un Chan ya en plena forma (aquí, ni entrenamientos ni nada que se le parezca: en ese sentido la película tiene una raíz más clásica que sus posteriores éxitos; las artes marciales no se ven como un proceso escalonado, sino como un conocimiento que se adquiere instantáneamente, como un truco mágico cuyo grimorio, de hecho, guarda el protagonista) se burla de sus enemigos, frivolizando todo el concepto del duelo y los estilos animales. Su primera pelea, de hecho, es abiertamente cómica, y sobre todo, prima la velocidad y la potencia por encima de la técnica. Un Jackie Chan ambicioso y que imagino deseando salir del anquilosado esqueleto del kung fu clásico, debió fijarse en las películas que por aquel entonces rodaba Lau-kar Leung para una decadente Shaw Brothers, aún de ambiente dinástico pero decididamente influidas por el huracán Bruce Lee, y tomó prestadas unas cuantas ideas en cuanto a planificación concisa y contundencia extrema: no hay uso de trampolines, ni volteretas en el aire trucadas filmándolas a ras de suelo, ni zooms a las caras con cada golpe y cada herida. Se permite la marrullería y la mutación de los estilos clásicos en beneficio de la victoria. Ese “todo vale” en el que se convertiría el género en la década de los ochenta comienza a dar sus primeros pasos. El fan con ojo atento percibirá también un uso aún tímido, pero ya innegable, de los elementos del decorado para multiplicar el barbarismo destrozón y la versatilidad de los combates: en este caso, un restaurante (el gremio de la restauración, siempre tan maltratado en las películas de Jackie Chan) en el que cualquier utensilio puede ser usado como arma arrojadiza o protección improvisada. Sólo son apuntes, y Chan no lo explota al cien por cien: tendremos ocasión de hablar de este código de lucha cuando empecemos con las primeras películas de Jackie para la Seasonal.

Les dejo con el combate final de Snake and Crane Arts of Shaolin. Observen cómo imperan los aspavientos clásicos, pero con tímidas incursiones en la violencia desrazonada y en la marrullería porque sí. Disfruten de las extraordinaria capacidad atlética de Chan, y sobre todo, tengan en cuenta cómo vence a un villano claramente superior y que se pasa los diez minutos de duelo cascándole bien: con un truco sucio.


Jackie Chan: Intro

Entrada publicada el 12 de Septiembre de 2006 por John Tones

Hay dos tópicos acerca de Jackie Chan que en este repaso a su filmografía nos vamos a asegurar de esquivar cuidadosa y, al igual que todo lo que se hace en el Focoblog, graciosamente.

Primero: lo bueno de las pelis de Jackie Chan es que en ellas hay acción y comedia.

No sean zafios: eso es como decir que lo bueno de Woody Allen es que mezcla comedia y actores con gafas. Por supuesto que las películas de Jackie Chan tienen elementos de comedia y de acción, pero no superpuestas, sino entrelazadas. La gracia de sus combates no está en que el chino que está peleando pone caras raras y se cae de culo, sino a que esa caída procede de un túrmix único de influencias no exclusivamente orientales.

Segundo: lo bueno de Jackie Chan es que él hace sus propios stunts y escenas de riesgo.

¿Les digo que no sean zafios y me vienen con esta paletada? Independientemente de que las famosas tomas falsas de los créditos finales de las películas de Chan sean, en mucho de los casos, precisamente, falsas, este detallle no es más que una fantasía construida a medida de los fans que, de acuerdo, contribuye a cimentar la leyenda del actor (a la altura de Bruce Lee se aplicaba corrientes eléctricas para pelear más rápido”), pero hace perder la perspectiva. Como sabe cualquier espectador a quien se le hayan salido los ojos de las órbitas con alguna entrega de Ultraforce, lo importante no es si es realmente Jackie Chan o no el que salta desde lo alto de la torre, sino que alguien salta desde lo alto de la torre. Con esta nueva serie del Focoblog intentaremos explicar por qué es revolucionario para la narrativa del cine de acción que alguien se pegue la hostia de su vida en plano secuencia. El propietario de esa hostia es lo de menos.

jackiejuego.gifAntes de entrar en materia, algo de material biográfico. No se apuren. Sólo una pequeña dosis de infancia desgraciada y bullying oriental por aquí. Simplemente, antes de entrar en materia, vamos a repasar las primeras y menos interesantes películas de Chan, y vamos a lanzar algún dato vital de (vital) importancia.

Jackie Chan Kong-sang nació en 1954, retoño de una familia tan pobre que casi lo venden al doctor que ayudó a alumbrarle. En 1961 entró en la Ópera de Pekín, mazmorra de torturas, como saben, camuflada de academia para artistas marciales de la que entraban niños y salían bestias pardas perfectamente capacitadas para dejarse la piel en la interpretación, las artes marciales, la ópera china o lo que se terciara. Diez años pasó allí Chan bajo la tutela de Yu Jim-yuen, un anciano sádico que dejó marcados a todos los tiernos infantes que pasaban bajo sus garras. Si quieren hacerse una idea de cómo era aquello, con la tortura física y psicológica como perfecto aliento para convertir a los niños en actores de primera, acudan a Painted Faces, el amargo recuerdo de aquellos días que firmó Samo Hung, otro de los más destacados alumnos del profesor. Tienen otro modo de hacerse una idea: piensen en todas las películas de maestros sádicos de artes marciales, convencidos de que la kata con sangre entra. El primero fue el Maestro Borracho de El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, inspirado según el propio Chan en Yu Jim-yuen, y todos los posteriores se modelaron a su imagen, así que háganse cargo.

Curtidos y repletos de moratones, Chan y trece alumnos más formaron el grupo de coros y danzas Siete Pequeñas Fortunas (siete sobre el escenario, siete echando una mano entre bambalinas), con los que protagonizó varios espectáculos de variedades. Cuando en los años sesenta, la ópera china perdió terreno en los gustos del público frente al cine, los pequeños actores fueron, poco a poco, deslizándose hacia una carrera interpretativa, como secundarios en películas de artes marciales que, poco a poco, y gracias a la influencia de Bruce Lee y a la a veces ninguneada última ola de delirante cine de kung fu clásico, también empezaban a mutar y a dejar de ser simples espectáculos teatrales trucados y filmados.

Irónica o simbólicamente (según lo dados que sean ustedes a las ironías o a los simbolismos), en su primera película, Chan fue némesis en la sombra de Bruce Lee. Fue en Furia Oriental: además de recibir uno de los letales retortijones de pescuezo del Pequeño Dragón, también dobló al villano, Mr. Suzuki, en las secuencias de riesgo. Desde ahí, abundantes películas como secundario o de tercera categoría. Destaquemos, pero no mucho, Hand of Death (La mano de la muerte, 1975), que ha sido rescatada del olvido por haber sido dirigida por un jovencísimo John Woo, y también Young Tiger of Canton, una inanidad producida a principios de los setenta y remontada y reestrenada unos años después bajo el título Master with Cracked Fingers (La Furia de Jackie, 1979), cuando Chan se convirtió en la nueva estrella del cine de género. El responsable de esa insensatez remontadora fue Lo Wei, uno de los nombres propios más detestados del cine de acción de Hong Kong, y uno de los protagonistas de nuestro inminente análisis de la primera película con el sello inconfundible de Jackie Chan: Snake and Crane Arts of Shaolin (Shaolin Kung-Fu, 1978)

Muy pronto en el Focoblog…

Entrada publicada el 13 de Agosto de 2006 por John Tones



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