Entrada publicada el 25 de Marzo de 2010 por John Tones

(La liebre marcera es, como bien saben, el personaje de Alicia en el País de las Maravillas que comparte mesa con el Sombrerero Loco y el Lirón en la celebración del no-cumpleaños de Alicia y de cualquier imprudente que se pase por su mesa de té. El gran enigma acerca de este personaje es, indudablemente, qué traductor decidió llamar Liebre Marcera al personaje para aumentar la chifladura de la Liebre de Marzo -«estar tan loco como una liebre de marzo» es una expresión inglesa que hace referencia al periodo de celo de las liebres, entre febrero y septiembre, y en cuyo tramo inicial las hembras poco receptivas repelen a los machos a base de patadones-. Como homenaje a esa enloquecida e inspirada traducción absurda, titulamos Liebre Marcera a la serie del Focoblog que glosará las peripecias subterráneas de Alicia y sus imprevistas mutaciones. Feliz no cumpleaños, por cierto).

1.
El momento más escalofriante, para mal, de Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, está en su escena final. El Sombrerero Loco cumple una amenaza que lleva haciendo toda la película, y que aquí no voy a desvelar para que puedan recibir ustedes semejante montaña de estiercol con la capacidad de sorpresa completamente intacta. Y fue escalofriante por dos motivos: primero, por su naturaleza inadecuadísima e injustificable. El segundo motivo, que es por el que retomo la cuestión de Alicia, es que aunque yo me encontraba rodeado de vetustos carcamales como yo, críticos de cine quejumbrosos para distintos medios, vi muy claro que para un niño que asista a la película, esa se convertirá en una de sus secuencias favoritas. Es sencilla, payasa y, como digo, injustificable. Los niños saldrán del cine encantados, imitando al Sombrerero y dando codazos a los que saldremos farfullando maldiciones.
2.
Uno de los textos que más me ha influído como crítico (o como quieran llamarlo) de cine fue una reseña de Jesús Palacios en Fotogramas acerca de Los tres mosqueteros (1993). Aunque la película no salía mal parada, se detectaba cierta intención de Palacios de defender la película más por lo que suponía que por sus valores reales: una película de Los tres mosqueteros para los niños y jóvenes de entonces (con su banda sonora con baladista de moda y reparto a golpe de sex-symbol noventero). Especialmente impactado me dejó una atinada observación sobre el cambio generacional de espectadores, y que aunque no recuerdo con exactitud, venía a decir que es miserable, propio de cinéfilo amargado muy poco generoso, arrebatar a aquella generación de jóvenes el placer de tener su propia versión de la novela de Dumas. Con sus baladas insufribles, sus dartagnanes con flequillos y su violación de los preceptos impuestos por el original, pero qué demonios, seguían siendo Los tres mosqueteros, y si algún joven espectador vibró y se emocionó con los combates a espada y con las maquinaciones de Richelieu, ¿por qué nos ponemos tan pejigueros con los detalles?. Entre líneas, y aunque yo ya era entonces tan repelente como para preferir el D’artagnan de Gene Kelly al de Chris O’Donnell (miento: el que realmente me gustaba era el de Michael York), aquella inesperada defensa me hizo entender de forma intuitiva no solo por qué me excitaba más X-tro que Invasores de Marte, sino por qué mis mayores no iban a llegar a comprenderlo nunca.
3.
Ya ven por donde voy, ¿verdad? Con todo lo repulsiva y, sobre todo, reduccionista e imbécil que me pareció la visión de Tim Burton de la obra de Lewis Carroll, sigue siendo Alicia, es decir, siguen siendo caidas por túneles, personajes enloquecidos, cambios de tamaño y amenazas veladas. Todo feo, antipático y abotargado, pero la esencia está ahí. Y con tanto movimiento que ningún niño saldrá aburrido del cine. Y Lewis Carroll himself me daría una buena colleja si se enterara de que estoy poniéndole peros en su nombre a un vehículo de diversión infantil descerebrada. De acuerdo, como fan adulto y analítico (sobreanalítico, diría yo) de Alicia en el País de las Maravillas, la bobada de Burton es decididamente insultante, pero esta generación, como pasó con Los tres mosqueteros, merece su propia Alicia, y Tim Burton la está proporcionando. Y al fin y al cabo, quién soy yo para ponerle pegas a algo tan sencillo y necesario.
Entrada publicada el 21 de Marzo de 2010 por John Tones

(La liebre marcera es, como bien saben, el personaje de Alicia en el País de las Maravillas que comparte mesa con el Sombrerero Loco y el Lirón en la celebración del no-cumpleaños de Alicia y de cualquier imprudente que se pase por su mesa de té. El gran enigma acerca de este personaje es, indudablemente, qué traductor decidió llamar Liebre Marcera al personaje para aumentar la chifladura de la Liebre de Marzo -«estar tan loco como una liebre de marzo» es una expresión inglesa que hace referencia al periodo de celo de las liebres, entre febrero y septiembre, y en cuyo tramo inicial las hembras poco receptivas repelen a los machos a base de patadones-. Como homenaje a esa enloquecida e inspirada traducción absurda, titulamos Liebre Marcera a la serie del Focoblog que glosará las peripecias subterráneas de Alicia y sus imprevistas mutaciones. Feliz no cumpleaños, por cierto).

Alice in Wonderland
Tim Burton
2009
La maniobra de adaptación de Alicia en el País de las Maravillas es tan obvia y previsible que da algo de vergüenza entonar el «ya lo dije» de rigor. La cuestión es que lo dije antes de que pudiéramos ver la primera imagen de la película, pero que nadie piense que me las estoy dando de listo. No hay que estar más despierto que la pobre Alicia para haber predicho los males que han acabado aquejando a esta versión de los libros de Carroll, sobre todo conociendo al Burton de los últimos tiempos, obcecado en actualizar las fuentes de las que bebe su indiscutible pero limitado universo personal. Era lógico que le llegara el turno a Lewis Carroll, y también era lógico que la versión burtoniana de las aventuras de Alicia se quedara en la epidermis de la narración original. El problema de esta Alicia es que, en el caso del libro de Carroll, quedarse en la epidermis es traicionar el fondo de la cuestión.
Es decir, en la Alicia de Burton hay una reina roja que exige el rebanamiento de cabezas (identificando como una sola a la Reina de Corazones decapitadora del País de las Maravillas y a la Reina Roja de A través del espejo, pero tampoco nos ensañemos con lo que en el fondo es solo un detalle), un gato de Cheshire que desaparece progresivamente, un Sombrerero Loco y una Liebre Marcera. Pero también hay un argumento racional, que divide en buenos y malos a los habitantes del País de las Maravillas, y que utiliza esos soporíferos recursos de la narrativa de fantasía (el héroe, el destino, la profecía, la amnesia y demás) tan mal heredados de las narraciones canónicas y sin el más mínimo ánimo de corromperlos. Solo con eso, dotando al libro de Carroll de un esqueleto narrativo consistente, Burton se ha cargado el gran logro de Carroll: la imprevisibilidad del País de las Maravillas y de sus habitantes. Carroll estaba orgulloso de haber creado un cuento que no tenía moral, y se distanciaba así de los irritantes cuentos con enseñanza que se producían destinados a los niños de su época, pero un Burton que se ha cuidado más de afilar los colmillos y estirar las sombras de los personajes que de potenciar sus genuinas tinieblas internas, se ha olvidado de ese primordial detalle, y entre los bandos con una moral muy clara que se disputan la supremacía del País de las Maravillas y los personajes que antes eran locura en estado esencial y ahora ganan hasta una biografía traumática (¡y un nombre propio!), Burton ha atravesado con un puñal envenenado el mismo corazón de Wonderland: no se ha dado cuenta que ha creado un nuevo cuento con moral partiendo de los libros que estaban intentando acabar de una vez por todas con los dichosos cuentos con moral. La obsesión de Burton en convertir a Alicia en una mujer adulta, madura y protofeminista no sólo desecha alguna idea interesante (ese canto a la inmadurez militante con el que parece que va a arrancar la película), sino que consigue despreciar lo que en el fondo es Alicia en el País de las Maravillas: la historia de una niña aterrorizada porque un grupo de adultos de maneras, vocabulario e intenciones completamente incomprensible la quieren zarandear, agredir y controlar sus palabras, comportamientos y destino.
El problema de la película de Burton es que quiere adaptar a los cauces del cine mainstream (porque Burton es cine mainstream, como las comedias románticas de Jennifer Anniston o las secuelas de Saw, independientemente de nuestras preferencias) una obra literaria que desde su misma concepción es anárquica y amiga de la improvisación. No es de extrañar que cuando el propio Carroll intentó domar al País de las Maravillas le saliera una secuela, A través del espejo, que aún siendo magistral, carece de la capacidad para sorprender e inquietar de su precedente (y por ello no resulta nada raro que los mimbres argumentales de la película de Burton procedan de esa secuela especular, aunque por supuesto, prescindiendo de los juegos de reflejos, la imaginería filopagana y el ritmo ajedrecístico). De hecho, si se contemplan las mejores adaptaciones al cine de la obra de Carroll (digamos un par: la versión Disney de 1951 y la versión de 1988 de Jan Svankmajer), podemos calificarlas de películas, en cierto sentido, fallidas: arrítmicas, perturbadoras, con una estructura imprevisible… es decir, tan enloquecidas y sorprendentes como los libros de Carroll. Pero es que por desgracia ni como reescritura personal de la obra de Carroll (el guión de Linda Woolverton saquea abundantes ideas del videojuego American McGee’s Alice y de los gamberros comics sobre Wonderland de la editorial americana Zenescope) ni como propia película de Burton (visualmente, quizás por culpa de la reverencia a las 3D, es la película menos inspirada del director desde El planeta de los simios) funciona esta Alicia en el País de las Maravillas. El fan de Carroll puede encontrar detalles aquí y allá que le mantengan alerta: el diseño y plasmación en pantalla de determinados personajes (el gato de Cheshire, la Liebre Marcera, la baraja de cartas-soldado de la Reina Roja, el Jabberwocky antes de que se ponga a parlotear) son interesantes y adecuadamente aterradores, pero no es suficiente. Por cada detalle de elegancia (el Sombrerero le pregunta a Alicia varias veces cual es la solución al mítico «¿En qué se parecen un cuervo y una mesa de escribir?», y he de confesar que respiré aliviado cuando recibe la mejor respuesta posible), hay unas cuantas irritantes torpezas (desde el horrendo diseño de personajes como el Dodo, el Lirón o el Conejo Blanco a la abierta cobardía de Burton, que no se atreve a dejar desvalida a Alicia en la escena inicial de cómemes y bébemes, e inserta comentarios a pie de imagen por parte de unos inadecuados espectadores ocultos). Y así, esta Alicia viaja al país de las Maravillas en versión de negativo perfecto: por mucha devoción que sintamos por su iconografía, es una pena y un dolor.
Entrada publicada el 14 de Marzo de 2010 por John Tones

(La liebre marcera es, como bien saben, el personaje de Alicia en el País de las Maravillas que comparte mesa con el Sombrerero Loco y el Lirón en la celebración del no-cumpleaños de Alicia y de cualquier imprudente que se pase por su mesa de té. El gran enigma acerca de este personaje es, indudablemente, qué traductor decidió llamar Liebre Marcera al personaje para aumentar la chifladura de la Liebre de Marzo -«estar tan loco como una liebre de marzo» es una expresión inglesa que hace referencia al periodo de celo de las liebres, entre febrero y septiembre, y en cuyo tramo inicial las hembras poco receptivas repelen a los machos a base de patadones-. Como homenaje a esa enloquecida e inspirada traducción absurda, titulamos Liebre Marcera a la serie del Focoblog que glosará las peripecias subterráneas de Alicia y sus imprevistas mutaciones. Feliz no cumpleaños, por cierto)

No puedo dejar de hacerme el interesante
A partir del minuto 12: 40 me tienen deambulando como un alma en pena por la reciente exposición sobre la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, machacando una y otra vez qué hace que una película funcione como adaptación de Alicia, lo sea realmente o no. La televisión, ya saben, lima las asperezas y te hace quedar un poco tonto, y han quedado fuera del reportajillo algunas cosas que habría estado bien que hubieran entrado, como las referencias a los tebeos de Zenescope o el videojuego de American McGee, que creo que son los que realmente han inspirado (argumentalmente al menos) la película de Burton. Pero bueno, han quedado en pie las referencias a Labyrinth o, sorprendentemente, a ¡Jo, qué noche!, por desgracia sin que haya abundado demasiado en el tema, con lo que su mención parece más una boutade murciana que otra cosa. Al menos ahí queda mi acento sureño, orgulloso, perfecto para que mis supervillanos habituales en los foros me recomienden visitar el logopeda cuando se quedan, pobreticos, sin recursos dialécticos en cualquier discusión escrita.
Mientras visitaba la exposición (que no tiene demasiado interés si no se está interesado en la película de Burton aunque, lo reconozco, el pajero de Alicia no puede evitar cierto cosquilleo de placer al sentarse en la mesa de té o introducirse por la madriguera del Conejo Blanco), oí cómo una de las responsables de guiar a los periodistas señalaba una reproducción gigantesca de Mia Wasikowska en una habitación que supongo que será en la que Alicia crece y decrece de tamaño. «Fíjate», le dijo a una jovencita atolondrada, «esto es de un trozo de la peli en la que Alicia se hace muy grande y no cabe en la habitación, y luego se hace pequeña al beber de una botella. A mí es que me encanta Tim Burton, tiene una imaginación desbordante». El facepalm en ese momento no me lo quitó nadie, pero eh, si este vídeo sirve para que esta u otra acompañadora de periodistas deje de hacer el ridículo, misión cumplida.
Entrada publicada el 8 de Enero de 2009 por John Tones

Esta inquietante obra de Joshua Hoffine es parte del siniestro blog Bunnylicious, dedicado a compilar una indeseada galería de imágenes de conejos. Pero no conejos monos y como nubes de algodón, sino monstruos a menudo con un escabroso componente humano o sexual (o ambos) y que, como no podía ser de otro modo, recuerdan en cierto sentido a algunas encarnaciones del Conejo Blanco carrollniano.
Entrada publicada el 31 de Diciembre de 2008 por John Tones

No se me ocurre mejor forma de despedir el año que con esta galería de churriguerescas alicias niponas que se ha currado Chisami T en su espacio de Deviantart. Disfrútenlas, reciban mis mejores deseos para el 2009 y piensen en estos cromitos como una posible filosofía vital para lo que se nos viene encima.
Es decir, que hay que interpretarlo todo, leche: por muy raro y complicado que se esté poniendo todo, recuerden que siempre se puede poner más. Pero tengan en cuenta que al final, no se trata más que de viejos que venden sombreros, lirones qeue duermen en teteras, barajas de naipes con idiocia y pesadas con delirios de grandeza que gritan insensateces de turbio metaforismo sexual. Ningún problema que no se pueda solucionar desperezándose, ¿verdad?
Pasen un año en continua caída libre. Y recuerden que si la botella pone “Bébeme”, lo suyo es beber.